Immanuel Wallerstein*
El año 1968
marcó el comienzo de un desmoronamiento rápido de
todo lo que los poderosos han erigido en el sistema-mundo con la
geocultura liberal después de 1945. Dos elementos concurrían.
El alza fenomenal de la economía-mundo alcanzó sus
límites e íbamos a entrar en la fase-B de nuestro
ciclo Kondratieff actual. Políticamente, habíamos
llegado a la cima de los esfuerzos antisistémicas mundiales
Vietnam, Cuba, el comunismo con rostro humano en Checoeslovakia,
el movimiento de poder negro en los Estados Unidos, los inicios
de la revolución cultural en China, y tantos otros movimientos
no previstos en los años cincuenta. Eso culminaba con las
revoluciones de 1968, revoluciones sobre todo estudiantiles, pero
no exclusivamente, en muchos países. Vivimos después
las consecuencias de la ruptura histórica generada por esta
segunda revolución mundial, una ruptura que ha tenido sobre
las estrategías políticas un impacto tan grande como
el impacto de la primera revolución mundial, que fué
esa de 1848. Sin embargo, 1968
dejó heridas y agonizantes dos víctimas: la ideología
liberal y los movimientos de la Vieja Izquierda. Para la ideología
liberal, el golpe el más serio fué la pérdida
de su rol como la única ideología imaginable de la
modernidad racional. Entre 1789 e 1848, el liberalismo existía
ya, pero sólamente como una ideología posible, confrontado
por un conservadurismo duro y un radicalismo naciente. Entre 1848
e 1968, a mi juicio, como vengo de afirmar, el liberalismo llegó
a ser la geocultura del sistema-mundo capitalista. Los conservadores
y los socialistas (o radicales) se han convertido en avatares del
liberalismo. Después de 1968, los convervadores y los radicales
han retrocedido a sus actitudes anteriores a 1848, negando la validad
moral del liberalismo. La Vieja Izquierda, comprometida con el liberalismo,
hizo esfuerzos valientes para cambiar de piel, adoptando un barniz
de Nueva Izquierda, pero no lo logró en realidad. Más
bien, ha corrompido los pequeños movimientos de la Nueva
Izquierda, mucho más de lo que ellos misma pudieran realmente
convertir la Vieja Izquierda. Seguía inevitablemente el declinio
global de los movimientos de la Vieja Izquierda. Al mismo tiempo, sufríamos
los azares de una fase-B de un ciclo Kondratieff. No es necesario
rememorar ahora los itinerarios en detalle. Recordemos únicamente
dos momentos. En 1973 la OPEP lanzó el alza de los precios
del petróleo. Observemos las varias consecuencias. Fué
una bonanza en renta para los países productores incluso
en América Latina, Mexico, Venezuela y Ecuador. Fué
una bonanza para las empresas transnacionales de petróleo.
Fué una bonanza para los bancos transnacionales en los cuales
fué depositada la renta no gastada en seguida. Ayudaba, por
un cierto tiempo, a los Estados Unidos en su competencia con la
Europa Occidental y con el Japón, porque los Estados Unidos
era menos dependiente de la importación de petróleo.
Fue un desastre para todos los países del Tercer Mundo y
del bloque comunista que no fueran productores de petróleo.
Los presupuestos nacionales cayeron en déficits dramáticos.
Complicó las dificultades de los países centrales
reduciendo aún más la demanda global para sus productos.
¿Cuál
fue el resultado? Hubo dos etapas. Primeramente, los bancos transnacionales,
con el apoyo de los gobiernos centrales, ofrecían energéticamente
empréstitos a los gobiernos pobres en situaciones desesperadas,
e inclusive a los propios gobiernos productores de petróleo.
Claro que los gobiernos pobres cogieron este salvavidas para mantenerse
contra la amenaza de tumultos populares y los gobiernos productores
de petróleo se aprovecharon de la oportunidad de "desarrollarse"
rápidamente. Al mismo tiempo, estos empréstitos redujeron
los problemas económicos de los países centra-les
aumentando su posibilidad de vender sus productos en el mercado
mundial. El segundo expediente
resultó del hecho que un aspecto fundamental de toda fase-B
de los ciclos Kondratieff, es la dificultad acentuada de obtener
grandes beneficios en el sector productivo. O para ser más
precisos, la fase B se caracteriza, se explica, por la restricción
de beneficios. Eso no llega a ser un obstáculo para un gran
capitalista. Si no hay un márgen suficiente de beneficios
en la producción, se vuelve hacia el sector financiero para
sacar ganancias de la especulación. En las decisiones económicas
de los años ochenta, vemos que esto se traducía en
el fenómeno del súbito control (takeover) de grandes
corporaciones por medio de los llamados "junk bonds" o
bonos ilícitos. Visto desde el exterior, lo que sucede es
que las grandes corporaciones se están endeudandos, con la
misma consecuencia, en el corto plazo, para la economía-mundo,
una inyección de actividad económica que constituye
una lucha contra el estancamiento. Pero luchan con las mismas limitaciones.
Deben pagar las deudas. Cuando eso se muestra imposible, la empresa
va a la bancarrota o entra un "FMI privado" que impone
la restructuración, es decir, el despido de empleados. De estos acontecimientos
tristes, casi indecentes, de los años 1970-1995, ¿qué
conclusiones políticas han sacado las masas populares? Me
parece obvio. La primera conclusión que han sacado es que
la perspectiva de reformas graduales que permitirían la eliminación
del foso rico-pobre, desarrollado-subdesarrollado, no es posible
en la situación actual. La revolución
de 1968 ha sacudido la fe en el reformismo, incluso el tipo de reformismo
que se llamaba revolucionario. Los veinticinco años posteriores
de eliminación de las ganancias económicas de los
años 1945-1970, destruyeron las ilusiones que aún
persistían. País trás país, el pueblo
dió un voto de no-confianza a los movimientos herederos de
la Vieja Izquierda, sea populista, sea de liberación nacional,
sea social-demócrata, sea leninista. El derrumbe de los comunismos
en 1989 fué la culminación de la revolución
de 1968, la caída de los movimientos que pretendían
ser los más fuertes y los más militantes. Su pérdida
de apoyo popular fué ultra-dramático y para muchas
personas, incluso evidentemente para muchos intelectuales de las
Américas, fué un desarreglo de toda una vida mental
y espiritual. Los coyotes del capitalismo
han gritado victoria. Pero los defensores más sofisticados
del sistema actual sabían mejor. La derrota del leninismo,
y es una derrota definitiva, es un catástrofe para los poderosos.
Eliminó el último y mejor escudo político,
su única garantía, como fue el hecho de que las masas
creyeran en la certidumbre de un éxito del reformismo. Y
en consecuencia, ahora esas masas no están más dispuestas
a ser tan pacientes como en el pasado. La caída de los comunismos
es un fenómeno muy radicalizante para el sistema. Lo que
se derrumbó en 1989 fué precisamente la ideología
liberal. Lo que proporcionaba
el liberalismo a las clases peligrosas fué sobre todo la
esperanza, o mejor la seguridad del progreso. Fué una esperanza
muy materialista, todo el mundo finalmente tendrá un nivel
de vida confortable y saludable, una educación, una posición
honorable para sí mismo y sus descendientes. Lo fue prometido
si no para hoy, pues en un próximo mañana. La esperanza
justificaba las demoras, a condición de que hubiera ciertas
reformas gobernamentales visibles y alguna también visible
actividad militante de parte de los que esperaban. Mientras tanto,
los pobres trabajaron, votaron, y sirvieron en los ejércitos.
Es decir, hicieron funcionar el sistema capitalista. Perdida esta esperanza,
¿qué harían las clases peligrosas? Lo sabemos,
porque lo vivimos actualmente. Renuncian a su fe en los estados,
no únicamente en el estado en manos de los "otros,"
sino en todo estado. Llegan a ser muy cínicos en lo que concierne
los políticos, los burócratas y también respecto
de los líderes llamados revolucionarios. Empiezan a abrazar
un anti-estatismo radical. No es algo menor.
Es un terremoto en el sistema histórico del cual somos participantes.
Estos grupos a los cuales nos sometemos representan una cosa muy
distinta de las naciones que construíamos en los dos últimos
siglos. Los miembros no son "ciudadanos," porque las fronteras
de los grupos no son definidos jurídicamente sino míticamente,
no para incluir sino para rechazar. Pienso que el colapso
de la fe popular en la inevitabilidad de una transfomación
igualizante es el más serio golpe para los defensores del
sistema actual, pero seguramente no es el único. El sistema-mundo
capitalista está desagregándose a causa de un conjunto
de vectores. Podríamos decir que esta desagregación
es muy sobredeterminada. Voy a discutir brevemente algunos de estos
vectores inquietantes para el funcionamento del sistema-mundo. Antes de hacerlo,
debo decir que no se presenta como un problema de tecnología.
Algunos sostienen que el proceso continuo de mecanización
de la producción resultará en la eliminación
de empleos posibles. No lo creo. Podemos todavía inventar
otras tareas para la fuerza de trabajo. Otros declaran que la revolución
informática acarreará un proceso de globalización
que en sí hace caduco el rol de los estados. No lo creo tampoco,
porque la globalidad ha sido elemento esencial de la economía-mundo
capitalista desde el siglo XVI. No es nada de nuevo. Si estos fueron
los únicos problemas de los capitalistas en el siglo XXI,
estoy seguro que podrían hacer lo necesario a fin de mantener
el impulso de la acumulación incesante de capital. Hay cosas
peores. Primeramente, para
los empresarios hay dos dilemas que son casi imposibles de resolver:
la desruralización del mundo y la crisis ecológica.
Los dos son buenos ejemplos de procesos que van de cero a ciento
por ciento y cuando llegan cerca de la asíntota, pierden
valor como mecanismos de ajuste. Esto constituye la fase última
de una contradicción interna. ¿Cómo
ocurrió que el mundo moderno se haya desruralizado progresivamente?
Una explicación tradicional es que la industrialización
exige la urbanización. Pero no es verdad. Todavía
quedan industrias localizadas en las regiones rurales y hemos ya
notado la oscilación cíclica entre la concentración
y la dispersión geográfica de la industria mundial.
La explicación es diferente. Cada vez que hay estancamiento
cíclico en la economía-mundo, uno de los resultados
al fin de estos períodos es una mobilización acrecentada
de los proletarios urbanos contra la declinación de su poder
de compra. Así se crea una tensión que los capitalistas
resisten, por supuesto. Sin embargo, la organización obrera
aumenta y comienza a ser peligrosa. Al mismo tiempo, las reorganizaciones
empresariales alcanzan un momento en que podrían relanzar
la economía-mundo sobre la base de nuevos productos monopolizados.
Pero falta un elemento, la demanda global suficiente. Frente a esto, la
solución es clásica: alzar los ingresos de los proletarios,
sobre todo de los obreros calificados, incluso facilitar para algunos
el ingreso en esas categorías. Del mismo golpe, resuelven
los problemas de la tensión política y de la falta
de demanda suficiente. Pero hay una contrapartida. El porcentaje
de plusvalía que corresponde a los proprietarios ha disminuido.
Para compensar esta caída de plusvalía relativa, de
nuevo existe una solución clásica: transferir algunos
sectores de actividad económica que no son más muy
rentables, hacia zonas donde hay una población rural importante,
una parte de la cual podría ser atraída a nuevas localidades
urbanas de producción, por salarios que representan para
ellos un aumento de sus entradas familiares, pero que en la escena
mundial representan costes de trabajo industrial mínimos.
En efecto, a fin de resolver las dificultades recurrentes de los
estancamientos cíclicos, los capitalistas fomentan cada vez
una desruralización parcial del mundo. Pero, ¿y si
no hay más poblaciones a desruralizar? Hoy nos acercamos
a esta situación. Las poblaciones rurales, todavía
hace no mucho fuertes en la propia Europa, han desaparecido enteramente
de muchas regiones del mundo y disminuyen en todas partes. Probablemente,
son menos de 50% mundialmente hoy y dentro de 25 años la
cifra va ser menos de 25%. La consecuencia es clara. No habrá
nuevas poblaciones de bajo pago para compensar los salarios más
elevados de los sectores proletarizados anteriormente. En efecto,
el coste de trabajo aumentará mundialmente, sin que los capitalistas
puedan evitarlo. Lo mismo pasa con
la ecología. ¿Por qué existe hoy una crisis
ecológica? No es complicado explicarlo. A fin de maximizar
los beneficios, hay dos recursos principales para un capitalista:
no pagar demasiado a los obreros y no pagar demasiado por el proceso
de producción. ¿Cómo hacer ésto? De
nuevo es obvio: hacerlo pagar en gran parte por "otros."
Se llama "la externalización de costes." Hay dos
métodos principales de externalizar costes. Uno es esperar
que el estado pague por la infraestructura necesaria por la producción
y la venta de los productos. La desagregación de los estados
representa una amenaza aguda para esto. Pero el segundo y más
importante método es no pagar los costes dichos ecológicos:
por ejemplo, no reemplazar los bosques cortados o no pagar por la
limpieza de desperdicios tóxicos. Mientras existían
otros bosques, o zonas aún no utilizadas, luego no tóxificadas,
el mundo y los capitalistas podían ignorar las consecuencias.
Pero hoy tocan los límites de la externalización de
costes. No hay más muchos bosques. Los efectos negativos
de una toxificación excesivamente aumentada de la tierra,
implican impactos serios y multíples que nos anuncian los
científicos avisados. Por eso han surgido movimientos verdes.
Desde un punto de vista global, hay únicamente dos soluciones:
hacer pagar los costes por los capitalistas; y/o aumentar los impuestos.
Pero esto último es poco probable, dadas las tendencias de
reducir el rol de los estados. Y lo primero implica una reducción
seria en las ganancias de los capitalistas. La consecuencia es
fácil de prever. Habrá un fuerte aumento de la migración
Sur-Norte, legal o ilegalmente. No importa. No hay mecanismos posibles
para terminarlo y aún limitarlo seriamente. Las personas
que querrían venir al Norte son reclutadas entre los más
capaces del Tercer Mundo y están determinadas a llegar. Habrá
muchos empleos insuficientemente pagados para ellos. Por supuesto,
habrá una oposición política xenófoba
contra ellos, pero no bastará para cerrar las puertas. Si al mismo tiempo
el rol de los estados disminuye (y esto servirá también
para permitir el aumento del número de migrantes), la integración
económica de estos inmigrantes será limitada. Si la
oposición política no logra frenar la entrada, probablemente
logrará limitar los derechos políticos y sociales
de los inmigrantes. En este caso, preveo lo siguiente: el número
verdadero de inmigrantes "sureños" y sus descendientes
inmediatos en los países del Norte será entre 10-35%
por ciento de la población, si no más. Y esto no sólo
en América del Norte y Europa Occidental, sino también
en Japón. Al mismo tiempo, este 10-35% de la población
más joven, mucho más pobre, y ubicado en barrios urbanos
segregados de hecho, será una población obrera sin
derechos políticos o sociales. Retornaremos a la situación
de la Gran Bretaña y la Francia en la primera mitad del siglo
XIX, aquella de proletariados que son clases peligrosas. Así
se deshace doscientos años de recuperación liberal
y esta vez sin posibilidad de repetir el guión. Preveo que
las zonas de conflicto social las más intensas en el siglo
XXI, no serán las Somalias y las Bosnias, sino las Francias
y los Estados Unidos. ¿Las estruturas estatales ya debilitadas
van a sobrevivir ese tipo de guerra civil? Y si esto no fuera
bastante, hay el problema de la democratización. ¿Problema,
digo yo? ¡Sí, problema! La democratización no
es una mera cuestión de partidos múltiples, sufragio
universal y elecciones libres. La democratización es una
cuestión de acceso igual a las verdaderas decisiones políticas
y a un nivel de vida y a una seguridad social razonables. La democracia
no puede coexistir con una gran polarización socio-económica,
ni al nivel nacional, ni al nivel mundial. No obstante, existe una
ola de sentimiento democratizador que se fortalece enormemente estos
días. ¿Cómo se traduce ella? La prensa y los
últimos heraldos del liberalismo anuncian que la democratización
se muestra en la caída de varias dictaduras a través
del mundo. Sin duda, esto representa un esfuerzo de democratizar
estos países. Pero estoy un poco desengañado del éxito
efectivo de estos cambios. Lo que es más interesante es la
presión continua, no únicamente en el Sur, sino inclusive
de modo más fuerte en los países del Norte, para aumentar
los gastos para la salud, la educación, y la vida de los
retrazados. Pero esta presión agudiza, y muchísimo,
los dilemas fiscales de los estados. La ola de democratización
será la última clave en el ataúd ("nail
in the coffin") del estado liberal. Vemos lo que pasa estos
días en los Estados Unidos. Para todas estas razones,
el período frente a nosotros, los próximos 30-40 años,
será el momento de la desintegración del sistema histórico
capitalista. No será un momento agradable de vivir. Será
un período negro, lleno de inseguridades personales, incertidumbres
del futuro y odios viciosos. Al mismo tiempo, será un período
de transición masiva hacia algo otro, un sistema (o unos
sistemas) nuevo(s). Al decir esto, sin duda se preguntan Vds. porque
les hé dicho que les traigo un mensaje de esperanza.
1 Conferencia magistral en el XX° Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, México, 2 al 6 de octubre de 1995 |