La verdadera esperanza en Medio Oriente

 

Sergio I. Moya Mena

La Prensa Libre  23-1-2005

 

La elección de Mahmoud Abbas como Presidente de la Autoridad Palestina trae algo de  brisa fresca al convulsionado Medio Oriente. En primer lugar, es encomiable la consolidación de la democracia palestina como una excepcionalidad en casi todo el mundo árabe, plagado de regímenes despóticos o democracias de fachada. Una democracia ocupada militarmente por los israelíes, una democracia sin libertad, es cierto, pero al fin una democracia. En segundo lugar, la designación de Abbas, un moderado que ha rechazado la militarización de la Intifada y  prometido controlar a las milicias que acosan a Israel, implicaría que las negociaciones de paz con ese país se puedan replantear positivamente en el marco de la Hoja de Ruta, patrocinada por Estado Unidos, Rusia, la Unión Europea y Naciones Unidas. Con la muerte de Yasser Arafat, a quien Ariel Sharon y George W. Bush consideraban un “obstáculo para la paz”, no se podrá seguir alegando que “no existe interlocutor” para negociar.

El panorama no obstante, no es tan alentador y exige mucha cautela a la hora de anticipar los acontecimientos. Los palestinos pueden haber dado un paso significativo abriendo una nueva era en su conducción política, que eventualmente podría consolidar la unidad y la convivencia nacional. Incluso Abbas podría tener éxito controlando a las milicias que luchan contra la ocupación militar, pero lamentablemente todo esto puede resultar insuficiente para la consecución a mediano plazo de un Estado Palestino. 

El elemento clave e imprescindible para la paz sigue siendo el fin de la ocupación. ¿Tenderá Sharon la mano a los palestinos y será capaz de comprometerse a negociar una paz sólida? Es posible que los EE.UU. sean consecuentes y apoyen sinceramente dicho proceso? Nada nos indica que así será, pues ni el Primer Ministro ha dado pasos significativos en ese sentido, ni la coyuntura internacional es la más idónea.

Veamos los hechos concretos: Sharon ha proseguido durante los últimos meses con la construcción del muro que divide unilateralmente a los dos pueblos, que constituye la anexión de facto de territorio palestino por medios forzosos y que fue declarado por la Corte Internacional de Justicia -el más importante órgano judicial de la ONU- como contrario a la ley internacional.

 La controversial retirada unilateral de la Franja de Gaza que Sharon ha propuesto, no debe verse como un paso de buena voluntad hacia la paz. Como lo ha reconocido, Dov Weisglass, un cercano asesor de Sharon, el objetivo del retiro es congelar el proceso político y cerrar la discusión sobre el establecimiento de un Estado Palestino, sobre el retorno de los refugiados o el status de Jerusalén. De manera que dicha “retirada” constituiría más bien una estrategia para confundir y anexar a Israel las mejores tierras de Judea y Samaria, dejando a los árabes en media docena de enclaves aislados: Gaza, Hebrón, Ramallah, Nablus, Jenin y sus alrededores. El resultado como lo afirma el pacifista judío Uri Avneri, será la anexión de 58% de Cisjordania a Israel, lo cual Sharon ha ambicionado desde siempre. Precisamente en Cisjordania los campos de cultivo palestinos se siguen destruyendo para ampliar los asentamientos judíos, se construye una red de carreteras “exclusiva para judíos”, el “muro de la vergüenza” se extiende devorando territorio árabe y los niños siguen muriendo por disparos del ejército israelí. Ya han muerto 323, de acuerdo a Gideon Levy del diario israelí Ha’aretz.

En el plano internacional la situación no es más alentadora. En su segundo mandato, el apoyo incondicional de Bush a Sharon continuará en sus dimensiones económica y militar (5 billones de dólares al año), todo lo cual cuestiona a los EE.UU. como garante imparcial de la paz. Medio Oriente es más que nunca un espacio clave en la geopolítica de la potencia y la necesidad de “aliados” como Sharon o las corruptas monarquías árabes es vital. Además, Bush tiene una gran deuda post-electoral con la derecha cristiana norteamericana, algunos de cuyos sectores más fundamentalistas son sionistas. La Unión Europea por su parte, timorata y sin dirección, parece haberse resignado a Sharon y finalmente, los Estados árabes parecen enfrascados en una incapacidad crónica para resolver cualquier problema diplomático.

¿Qué esperanza queda? Ninguna solución real puede esperarse de la unilateralidad del gobierno de Sharon. Se requiere necesariamente de mucha presión internacional, pero también de un cambio de actitud, especialmente en los israelíes, que deben entender que nunca vivirán completamente libres y seguros mientras sigan negando la libertad a los palestinos y se les someta al apartheid en que viven. De esto depende el futuro de la democracia israelí.

Ese cambio de actitud no se puede esperar del establishment, es decir, los grandes partidos Likud y Laborista, unidos ahora en una gran coalición. El cambio deberá de surgir de la propia sociedad israelí, de voces como Yesh Gvoul (“Hay un Límite”), organización conformada por soldados que se han negado a cumplir el servicio militar en los territorios ocupados; de ejemplos como el de Yhonatan Shapira, que junto a otros treinta pilotos de guerra, se ha negado ha participar en operaciones de asesinatos dirigidos o ataques a civiles árabes, y acusa a la ocupación de “corromper a toda la sociedad israelí”; o como la Iniciativa de Ginebra, que reúne a pacifistas israelíes y palestinos que han decidido ir más allá que sus propias elites políticas en la búsqueda de la paz.

Cuando estas voces se multipliquen, cuando la injusticia deje de ser combatida con la injusticia, entonces se abrirá el camino a la verdadera esperanza. De saber que, lo único a lo que los dos pueblos están condenados por la historia, es a convivir en armonía: una tierra dos Estados.

 

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