Sobre transiciones y socialismo
Guillermo
Almeyra
Cuando Bismarck estatizó el correo prusiano, Federico Engels
acuñó tempranamente el término de capitalismo
de Estado. El papel, incluso mayoritario, de éste en la economía
(lo que no es el caso ni en China ni en Vietnam ni en Venezuela,
países en que el sector privado pesa más que el estatal)
no es, por lo tanto, indicio de cambio de régimen social,
sino simplemente de la existencia de una política social
y de un sector que la aplica, pero en el marco del funcionamiento
capitalista. En cuanto a la prioridad político-económica
que se otorgue al mercado interno y a la industrialización
nacional para satisfacer las necesidades de la población
(en vez de a las exportaciones para conseguir divisas, del pago
de la deuda externa o al lucro de las empresas) es sin duda indispensable
para la preparación de condiciones propicias para la transición
al socialismo. También lo son el desarrollo al máximo
de la educación, la investigación científica,
la defensa del ambiente, la sanidad y la cultura (que no pueden
depender de si son o no lucrativas). Pero todas estas políticas
no son por sí mismas socialistas ya que pueden también
formar parte del arsenal político de un capitalismo de Estado
distribucionista y democrático. El socialismo no
puede nacer del Estado, aunque en la primera fase de la transición
hacia el socialismo un Estado fuerte sea indispensable. En primer
lugar porque, aunque no puede haber socialismo en la miseria, el
mismo no es el resultado de transformaciones puramente económicas.
O, como decía Nikita Jruschov, meramente de la superación
en la producción de bienes y servicios al país capitalista
más avanzado o de "dar más goulash" a los
trabajadores. En efecto, la historia ha probado que la tecnología,
el tipo de productos y de consumos, y la filosofía productiva
del capitalismo, todos los cuales no reparan en los costos ambientales
y sociales, no pueden ser imitados sin reproducir el capitalismo
y sus valores. Por eso quien crea que la tecnología es neutra
y resuelve todo, prepara un "capitalismo sin capitalistas"
con los burócratas estatales como capitalista colectivo,
o sea un régimen transitorio que necesitará cada vez
más a los capitalistas de carne y hueso para desarrollarse.
En segundo lugar, el Estado es por definición una relación
social nacional y el socialismo no puede nacer y desarrollarse en
un solo país, por grande y rico que éste sea, ni ver
la luz en forma gradual y pacífica, sino que nacerá
del conflicto social mundial prolongado y de la superación,
también en escala global, del capitalismo más desarrollado
(entendiendo por desarrollo no sólo la producción
y la tecnología, sino también la cultura social y
los valores civilizatorios). Porque el socialismo será, antes
que nada, resultado del desarrollo cultural, de la mayor conciencia
colectiva, del crecimiento de las relaciones solidarias consolidadas,
de la superación del egoísmo y el individualismo,
todo lo cual sólo se puede lograr en el conflicto social,
ese aprendizaje colectivo que vuelve a amasar y reubica los esfuerzos
individuales y los sentimientos a partir de las viejas bases comunitarias
semienterradas por el capitalismo y el colonialismo. Al
socialismo no lo construirá jamás un aparato estatal
paternalista, por bien inspirado que sea en sus comienzos la dirección
del mismo, ni tampoco ésta podrá construir las bases
de aquél, que son sobre todo políticas y sociales.
El paternalismo sustituivista del capitalismo de Estado, por el
contrario, podría infectar a los trabajadores, haciéndolos
depender de salvadores y cegándolos ante el surgimiento y
desarrollo de una capa de burócratas y carreristas que inevitablemente
pretenderán ser los únicos dirigentes e intérpretes
con patente oficial de la revolución y que, por lo tanto,
frenarán la creatividad política y reprimirán
las ideas revolucionarias no oficiales. Para crear condiciones sociales
para el socialismo los trabajadores deben adquirir conocimientos,
confianza en sí mismos; deben formular proyectos, controlarlos,
ejecutarlos por sí mismos, aprender las complejidades de
la sociedad, convertirse todos en "técnicos" iguales
entre sí, aunque con distintas funciones y capacidades. La
participación decisiva e independiente de los trabajadores
en la autoría de los proyectos y en el establecimiento de
las prioridades es la condición para la acumulación
básica de conciencia colectiva y solidaria sin la cual no
podría haber socialismo. Ahora bien, eso no existe
en los países que con su "socialismo de mercado"
marchan de cabeza hacia la homogenización con los otros países
capitalistas, y existe sólo muy parcialmente en Cuba y en
Venezuela, aunque las "misiones" y los "poderes populares",
así como el solidarismo cubano, tienen hoy elementos que
apuntan en esa dirección. Además, la planificación
administrativa a la soviética es imposible y la planeación
de tipo chino fija grandes orientaciones socioeconómicas,
pero deja espacio a formas de mercado. Porque los planes no eliminan
el mercado, que es intercambio de mercancías sobre la base
de la ley del valor, y mucho menos aún la subordinación
al mercado mundial, ni anulan el peso de los valores culturales
y políticos que éste trae consigo con su tipo de consumos.
De ahí el papel esencial de la formación y la educación
política y cultural a partir de valores solidarios y de la
movilización, participación e independencia de los
trabajadores. Esto nos lleva al problema del "modelo"
chino y al de las formas consejistas y autónomas de poder
que surgen de la lucha cotidiana, dando origen a nuevos dirigentes
y a una nueva subjetividad, y también al del movimiento plural,
abierto, libertario (de ninguna manera un partido único excluyente
y centralizado), que las ayude a organizar y aplicar. Pero sobre
esto hablaremos el domingo próximo...
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