Sharon y la trampa de Gaza Sergio I. Moya Mena La Prensa Libre 5-10-2005
El espectáculo es inusual: decenas de policías desarmados irrumpen en la sinagoga Kafr Darom para desalojar a unos doscientos extremistas israelíes que se niegan a abandonar Gaza de acuerdo con la resolución sobre la “desconexión”, aprobada por el gobierno israelí el verano pasado. Llanto, gritos, desesperación. El Primer Ministro Ariel Sharon afirma que la resistencia de los extremistas constituye un acto criminal, pero en el fondo no puede ocultar su satisfacción: el mundo contempla “el gesto doloroso que su gobierno ha adoptado en pro de la paz”. Esto calma las presiones internacionales y sobre todo, desvía la atención de lo que acontece en Cisjordania. En realidad se trata de un espectáculo más histriónico que trágico. De los doscientos atrincherados en la sinagoga, apenas un porcentaje mínimo son colonos. En su mayoría se trata de jóvenes religiosos de ultraderecha que lograron “evadir” los controles de seguridad para cruzar la frontera entre Israel y Gaza con el fin de provocar actos de desobediencia civil. La mayoría de los auténticos colonos ha dejado ya Gaza con la promesa de una jugosa indemnización de, al menos, 150.000 dólares. Estos jóvenes fanáticos pretenden conmover a la dividida sociedad israelí apelando a un tema tabú como lo es la tierra. Sus lemas son “un judío no expulsa a otro judío” y “un judío nunca mata a otro judío, lo cual demuestra una pobre memoria histórica: fue precisamente un judío de ultraderecha quien asesinó al primer ministro Yitzhak Rabin en noviembre de 1995. La polémica orden de la retirada ha emanado nada menos que de Sharon, el “halcón” por excelencia de la derecha israelí. El mismo que, apenas unos meses atrás, rechazaba el retiro de Gaza. ¿Es que el Primer Ministro se ha pasado súbitamente al campo de la paz? De ninguna manera. La retirada unilateral de los asentamientos ilegales de Gaza es apenas una razón de cálculo y conveniencia. La permanencia de los colonos es simplemente insostenible desde el punto de vista demográfico: es imposible seguir manteniendo a 7400 colonos en medio de 1.3 millones de palestinos. La lectura entre líneas supone más bien que se trataría de una estrategia israelí a largo plazo para librarse de tantos palestinos como sea posible, reteniendo tanta tierra palestina como sea posible. Una estrategia que con incuestionable claridad reconocía hace algún tiempo en el diario Haaretz, el propio Ehud Olmert, Viceprimer ministro: “Aumentar al máximo el número de judíos; minimizar el número de palestinos; no retirarse a la frontera de 1967 y no dividir Jerusalén." Se trata por lo tanto de un exiguo paso hacia la paz. Veamos: En primer lugar, al tratarse de un acto unilateral, al margen de una negociación con los árabes, la retirada carece de fortaleza política y contradice además el cumplimiento del Derecho Internacional. En segundo lugar, no se trata de una retirada total. Israel mantendrá tropas en la frontera entre Gaza y Egipto; por lo que seguirá controlando quién entra y sale de Gaza; solo se permitirá a los palestinos tener tres millas de aguas territoriales; además Israel seguirá controlando el espacio aéreo de Gaza. Se trata por consiguiente de una retirada sui generis; pues como lo afirma un informe del Programa Harvard de Investigación sobre Política Humanitaria y Conflicto, "El repliegue parcial de la presencia militar israelí dentro y alrededor del territorio no es el factor dominante según el Derecho Internacional para determinar el final de la ocupación... El fin de la ocupación descansa esencialmente en el fin del control militar del poder ocupante sobre los asuntos del gobierno de la población ocupada que limita el derecho del pueblo a la autodeterminación". La Franja de Gaza seguirá siendo una prisión empobrecida y aislada. En tercer lugar, la “retirada” desvía la atención de lo que acontece en Cisjordania, donde permanecen 240.000 colonos ilegales y donde en los últimos meses se ha producido una vertiginosa construcción de nuevos asentamientos judíos. Hace pocos días el gobierno anunció la intención de añadir 3.500 unidades habitacionales al asentamiento Maale Adumim, al este de Jerusalén. Por otro lado, la construcción del muro del Apartheid -declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia- ha proseguido: en todo el perímetro de Jerusalén Oriental, tanto en torno al Monte de los Olivos como en Qalandia , (paso obligado desde Jerusalén hasta Ramalah) las obras han avanzado considerablemente desde julio, dividiendo unilateralmente la tierra palestina. Más allá del razonable júbilo de los palestinos, la “retirada” de Gaza difícilmente puede verse como una antesala de lo que ocurrirá en Cisjordania. Allí es incuestionable la voluntad de Sharon de mantener el statu quo de la ocupación ilegal. El mundo y en especial la Unión Europea, deben exigir a Israel que deje de seguir evadiendo su responsabilidad en la construcción de una paz sólida. Una paz que sólo podrá florecer con el fin de la soberbia, la injusticia y el fanatismo.
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