¿Fin al impasse político en Líbano?

Sergio I. Moya Mena

La Prensa Libre  6-12-07


              El humo de los cañones de la guerra de los 33 días entre Israel y Hezbollah el año pasado se disipó hace mucho tiempo, pero el conflicto político persiste de manera endémica en este pequeño país mediterráneo, amenazando ahora con una nueva conflagración sectaria. Líbano vive una crisis política estructural cuyo último capítulo es la imposibilidad de elegir un nuevo presidente, después que el pasado viernes 23 de noviembre, Emile Lahoud dejara el Palacio de Baabda sin que el parlamento -polarizado entre la Coalición 14 de Marzo, encabezado por Saad Hariri, que apoya al gobierno del primer ministro Fuad Siniora y la oposición de Hezbollah y sus aliados cristianos de la Corriente Patriótica Libre, CPL, liderada por el general Michel Aoun- hayan podido elegir un sucesor. La elección del presidente de la república -que según el tradicional reparto de poder entre los grupos religiosos debería ser un cristiano maronita- se ha postergado ya en seis ocasiones y la imposibilidad de arribar a un compromiso político ha creado un vacío de poder que ha sido llenado -preliminarmente y de acuerdo a la constitución- por el gabinete de Siniora, cuyo gobierno es considerado “ilegítimo” por la organización chiíta Hezbollah y el partido de Aoun, después de que sus seis ministros abandonaron el gabinete hace un año.

             De nuevo, esta crisis política refleja también los intereses de las potencias y vecinos del país. Estados Unidos, Francia y Arabia Saudita se han colocado firmemente detrás del gobierno de Siniora y su aliado Hariri, ambos musulmanes sunitas. Por otro lado, Siria sigue ejerciendo una poderosa influencia en el Líbano. A pesar de que crecientemente se ve a Siria como un actor clave para la paz en Medio Oriente, un presidente abiertamente pro-sirio resultaría intolerable para los intereses de Washington y París. Hay que recordar que el Gobierno de Siria ha sido señalado por una investigación preliminar de las Naciones Unidas como responsable del asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri en 2005. Además, se acusa a Siria de tolerar el tráfico de armas proveniente de Irán para las milicias de Hezbollah.

           La imposibilidad de salir de este impasse político estimula las divisiones sectarias. Según el diario Al-Akhbar, el líder druzo Walid Jumblatt ha estado repartiendo armas en Tariq Jdeeda, un bastión de Hariri y su partido, que estaría planificando reclutar a 14.000 milicianos entre las fuerzas privadas de seguridad. El mismo diario, también ha informado sobre adiestramientos militares llevados a cabo por las Fuerzas Libanesas lideradas por el cristiano Samir Gaegea. Estos grupos sectarios estarían tratando de alcanzar un “balance estratégico” con Hezbollah, que recientemente llevó a cabo unas impresionantes maniobras militares en el sur de Líbano. Su líder, el sheik Hassan Nasrallah, todavía envalentonado por la que llamó “victoria divina” frente a Israel el año pasado, afirma que su organización, “está preparada para repeler otra invasión israelí”. Hezbollah culpa a la interferencia de los EE.UU. por la parálisis parlamentaria que impide elegir al presidente y demanda que el nuevo jerarca deberá apoyar su lucha contra Israel, lo que en realidad significa impedir el desarme de esta milicia chiíta, tal y como lo exigen las resoluciones 1559 y 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU.

           Una luz al final del túnel se vislumbra con la posibilidad de elegir a un candidato de consenso, que podría ser el Jefe del Ejército, general Michel Suleiman, a quien se le reconoce haber mantenido el ejército unido y es considerado una figura política “neutral” en un país en el que casi todos los políticos son considerados anti o pro sirios. Políticos de todos los sectores han manifestado su anuencia a esta designación, incluidos Michel Aoun y Hezbollah. Sin embargo, es necesario enmendar la actual constitución que prohíbe a un jefe militar en activo ejercer la presidencia del país.

           Aunque este impasse político pueda eventualmente resolverse por un candidato de consenso, esta crisis demuestra la fragilidad del sistema político. Nadie garantiza que la elección pueda efectivamente apaciguar los encendidos ánimos sectarios. La necesidad de un acuerdo político comprehensivo, que establezca un marco de reconciliación nacional que trascienda definitivamente las divisiones sectarias (como lo propusieron los Acuerdos de Taif de 1989 que pusieron fin a la guerra civil) y una nueva ley electoral, se constituyen en pasos necesarios para estabilizar al país.

         Una abrumadora mayoría de los libaneses aman intensamente la vida. La pluralidad de etnias y religiones hace de este pequeño país, apenas más grande que Guanacaste, un crisol cultural único en el mundo. Sin duda alguna los libaneses, joviales y hospitalarios como los costarricenses, merecen vivir en paz.
 

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