Los riesgos del realismo Sergio Moya Mena La Prensa Libre, 11 agosto 2007 Ninguna política exterior es monolítica, mucho menos cuando se trata de una potencia como los Estados Unidos. Aunque los cambios de dirección son procesos normales, no están exentos de riesgos. A mediados del siglo XX el destacado teórico realista Hans J. Morgenthau, señalaba lo falaz que resultaba igualar las políticas exteriores de un estadista con sus simpatías filosóficas o políticas y deducir las primeras de las últimas. Un buen estadista, decía, debe distinguir entre su deber oficial, que consiste en pensar y actuar en función del interés nacional y su deseo personal, que tiende a la corporización en todo el mundo de los propios valores morales. El mundo es lo que es y no lo que debería ser, afirma tajantemente el credo realista, la misma conclusión a la que habría llegado el gobierno de los Estados Unidos en su perspectiva hacia Medio Oriente. En una alocución en la Universidad Americana del Cairo en junio de 2005, la Secretaria de Estado Condoleezza Rice, reconoció que durante muchos años, “los EE.UU. habían buscado la estabilidad de Medio Oriente a expensas de la democracia” (léase apadrinando a dictaduras y monarquías autoritarias). El balance de esta política, decía la Secretaria, simplemente no había dado buenos resultados. Ahora, los EE.UU. apoyarían las aspiraciones democráticas de la gente. Este mea culpa histórico representaba un breve giro idealista en el enfoque hacia Medio Oriente. En una región en la que, según la organización Freedom House, que monitorea la situación de las libertades en el mundo, solo siete de los 18 países son libres o parcialmente libres, la declaración de Rice despertó muchas expectativas. La intención de promover la democracia y la libertad se constituía en uno de los pilares del proyecto de un Nuevo Medio Oriente que la Administración Bush espera llevar adelante. Pero más allá de los cálculos de la potencia, las victorias electorales de Hamas en Palestina, Hezbollah en Líbano, la Hermandad Musulmana en Egipto o de las facciones radicales shiítas en Irak, demostraron que, precisamente la democracia que ahora promovían los EE.UU., podría ser el mecanismo de ascenso al poder de grupos antagónicos a sus intereses en la región. Hasta ahí llegó la cruzada democrática de Rice y con ella la esperanza de millones de árabes que viven sometidos bajo regímenes autocráticos. El cambio de políticas se empezó a ver pronto. En una posterior visita a Egipto a principios de este año, Rice destacó el “carácter estratégico” de las relaciones entre su país y Egipto y omitió cualquier observación sobre la situación de la democracia y las libertades en ese país que, de acuerdo a Human Rights Watch, sigue siendo marcada por una fuerte represión gubernamental de los grupos políticos disidentes, detenciones arbitrarias, tortura, etc. El giro hacia el realismo en la política exterior norteamericana parece confirmarse con el anuncio de la venta de 46 mil millones de dólares en armas a Israel, Egipto y varios países del Golfo Pérsico. El proyecto de un Nuevo Medio Oriente modifica su estrategia y privilegia ahora factores como la seguridad y el poder, por encima de la promoción de la democracia y la libertad, lo que concretamente implica rearmar a los aliados regionales ante una eventual retirada militar de Irak y de cara a amenazas como la de Irán, que se empeña en desarrollar un programa de energía nuclear. A pesar de que esta proyección de ventas representa un excelente negocio para los EE.UU. (según el International Peace Research Institute, 40 empresas de la industria militar de ese país acaparan el 63% de la venta mundial de armas), el giro realista proyecta una nueva escalada armamentista que difícilmente contribuirá a la estabilidad de la región y plantea muchas dudas respecto al carácter autoritario de algunos de los regímenes a los EE.UU. apoya. Uno de los eslabones más débiles de la estrategia es reforzar la alianza con Arabia Saudita, que formalmente se considera uno de los socios más sólidos en la región, pero que es más bien un aliado problemático y ambiguo, especialmente en el tema de Irak. El Rey saudí Abdullah ha afirmado que la ocupación militar de Irak es “ilegal” y su gobierno ha estado apoyando a varias facciones armadas sunitas en Irak, que desestabilizan al gobierno predominantemente chiita apoyado por los EE.UU. Según el New York Times, entre 50 y 80 combatientes cruzan mes a mes la porosa frontera saudí-iraquí para integrarse a las milicias sunitas. Otro aspecto que pone en entredicho esta alianza es el carácter fundamentalista del régimen saudí. A menudo, la prensa occidental hace referencia al “peligro” que representa el modelo fundamentalista de la República Islámica de Irán, pero poca referencia se hace a Arabia Saudita, una monarquía absolutista en donde las mujeres ni siquiera pueden manejar automóviles y la flagelación pública es un castigo habitual. Aunque desde el realismo, la estrategia hegemónica de los EE.UU. requiera apuntalar militarmente la región, Washington no puede obviar el hecho de que estimular el armamentismo y reforzar el statu quo del autoritarismo y la violación de los derechos humanos en Medio Oriente, tendrá un costo político alto. Ninguna otra potencia tiene la capacidad de hacer que las cosas realmente cambien en esta parte del mundo. Lamentablemente el camino escogido parece ser el opuesto.
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