América
Latina, la Unión Europea y los Estados Unidos: las nuevas
polaridades
James Petras
Rebelión
Estos últimos años, una nueva
serie de polaridades sociales y nacionales complejas ha dominado
la vida política del hemisferio occidental. A comienzos del
nuevo milenio, la confrontación nacional se produjo entre Cuba y el tándem EE
UU/UE, mientras que las confrontaciones sociales oponían a los movimientos rurales-indígenas
y urbanos-desempleados contra toda una serie de regímenes
neoliberales que abarcaban todo el continente. Esta polaridad fue
el resultado del anterior cuarto de siglo (1975-2000), la Edad de oro
del saqueo imperial. Transferencias masivas de propiedades, riqueza,
beneficios, intereses y pagos por regalías fluyeron de América
Latina hacia Estados Unidos y la Unión Europea. Las más
lucrativas empresas públicas, de un valor superior a los
350.000 millones de dólares, se privatizaron sin tener en
cuenta sutilezas constitucionales, y acabaron más tarde en
manos de corporaciones multinacionales y bancos estadounidenses,
españoles y de otros países europeos. Los decretos
presidenciales obviaron a los respectivos parlamentos y electores,
y otorgaron un lugar privilegiado al capital extranjero. Las protestas
de los citados parlamentos, cuerpo electoral y auditores nacionales
se ignoraron totalmente. La Edad de oro del capital multinacional
coincidió con el reinado de los regímenes cleptocráticos
electos, alabada en los círculos políticos europeos
y estadounidenses, y jaleada en los medios de comunicación
como “la era de la democracia y el libre mercado.” El saqueo llevado
a cabo por las empresas y los bancos transnacionales entre 1975
y 2000 asciende a más de 950.000 millones de dólares.
El saqueo sin desarrollo condujo inevitablemente a una crisis socioeconómica
general y puso al borde del colapso el modelo centrado en el imperio
de acumulación capitalista de Argentina (1998-2002), Ecuador
(1996-2006) Bolivia (2002-2005), y Brasil (1998-2005). Desde comienzos
de la década de 1990, se produjeron en toda América
Latina movimientos extraparlamentarios sociopolíticos masivos,
acompañados por alzamientos populares a gran escala que llevaron
al derrocamiento de diez presidentes neoliberales clientes de EE
UU/UE: tres en Ecuador y Argentina, dos en Bolivia y uno en Venezuela
y Brasil.
Visto en retrospectiva, es evidente que una nueva oleada de movimientos
sociopolíticos potencialmente revolucionarios alcanzó
su máxima expresión en 2002. Dotados de apoyo masivo
y de legitimidad generalizada, opuestos a una clase política
corrupta, desacreditada e internamente dividida, y a economías
en crisis, los movimientos sociopolíticos estaban en situación
de iniciar una serie de cambios estructurales profundos, siempre
que consiguieran transformar el poder social en poder estatal.
Sin embargo, los movimientos de masas titubearon y sus líderes
se detuvieron ante las puertas de los palacios presidenciales. En
cambio, fueron en busca de una nueva clase de políticos electoralistas
de centro-izquierda nuevos y reciclados, que reemplazase a los
viejos partidos desacreditados y a los líderes de la derecha
neoliberal. En 2003, los movimientos sociales masivos comenzaron
a replegarse, a medida que muchos de sus líderes eran cooptados
por la nueva oleada de políticos autotitulados de centro-izquierda.
Las promesas de realizar transformaciones sociales se limitaron
al patronato, las subvenciones y las políticas macroeconómicas
ortodoxas, según el mismo dogma neoliberal. No obstante,
en algunos países, las luchas populares que se producen desde
la década de 1990 hasta 2002 llevaron al poder a gobiernos
nuevos que ni eran clientes de Estados Unidos ni estaban exentos
de influencias neoliberales, como por ejemplo en Venezuela y Bolivia.
En 2006 surge una nueva y compleja configuración en la que
las polaridades nacionales dejaron en segundo plano en gran medida a
las divisiones por clases sociales. La nueva divisoria internacional
produjo un nuevo terreno de juego en el que estaban colocados, a
un lado, Estados Unidos y la Unión Europea, y, al otro, Venezuela
y Bolivia. Esta polaridad primaria halla su mejor expresión
en América Latina, entre, por una parte, la nueva
derecha neoliberal liderada
por ex izquierdistas y pseudopopulistas en América Central
y del Sur, y, por otra parte, los gobiernos nacional-populistas
de Bolivia y Venezuela. Entre ambos grupos, hay un gran grupo de
países que pueden evolucionar en cualquiera de las dos direcciones.
Entre los promotores de la nueva derecha y el libre mercado figuran
el gobierno de Luis Inázio Lula da Silva, en Brasil; el presidente
saliente de México, Vicente Fox; los cinco gobiernos centroamericanos;
el gobierno de Tabaré Vázquez, en Uruguay; el gobierno
de Álvaro Uribe, en el Estado
terrorista de Colombia; y los
gobiernos de Michelle Bachelet, en Chile, y el gobierno próximamente
saliente de Alejandro Toledo, en Perú.
En un punto intermedio se encuentra el gobierno de Néstor
Kirchner, en Argentina, que refleja un deseo de profundizar los
vínculos comerciales con Venezuela, neutralizar las presiones
nacional-populistas internas y promover una alianza capitalista
nacional-extranjera con Estados Unidos, la Unión Europea
y China. Ecuador, los países del Caribe, Nicaragua y posiblemente
Perú son lugares en disputa. Debido al petróleo subvencionado
que reciben, toda la cuenca del Caribe (con excepción de
la República Dominicana) ha negado su apoyo político
al tándem EE UU/UE contra Venezuela/Bolivia, aun cuando los
países que la componen hacen lo posible por promover el acceso
a los mercados del Norte. Al margen de Europa y América del
Norte, el grupo de países no alineados, China, Rusia, Irán
y algunos países árabes productores de petróleo
se han alineado, abierta o discretamente, con la alianza nacionalista
cubano-boliviana-venezolana.
Entrecruzándose con las divisiones nacionalistas, están
las polaridades de clase. Los principales puntos de inflexión
se hallan en Ecuador, Venezuela, Colombia, Costa Rica, México,
Bolivia, Paraguay y, más recientemente, Brasil. En Ecuador,
la CONAIE [1] ha reconstruido su base de masas (tras la debacle
producida por su apoyo a la presidencia del pseudopopulista Gutiérrez,
en 2002) y su alianza con los sindicatos urbanos ha sido efectiva
para la derrota del Acuerdo de libre comercio ALCA, respaldado por
EE UU, y la cancelación de los contratos de hidrocarburos
de Occidental Petroleum, una compañía petrolera estadounidense.
En Venezuela se vive una doble polaridad: por una parte, la clase
trabajadora y los pobres urbanos contra los terratenientes pro estadounidenses,
las élites de los negocios y los medios de comunicación;
y, por otra parte, dentro del amplio espectro de seguidores de Hugo
Chávez, los ricos directores de empresas estatales, burócratas
de alto nivel, empresarios nacionales y generales de la Guardia Nacional, y los
sindicatos, los agricultores sin tierras, los habitantes de los
ranchos
[2] urbanos
y los trabajadores informales subempleados. En Bolivia, las contradicciones
de clase siguen en gran parte latentes debido a la polaridad
nacional, pero hallan su expresión
en el conflicto entre las políticas macroeconómicas
ortodoxas del régimen de Evo Morales y los modestos aumentos
salariales de los trabajadores públicos de la educación
y la salud, entre otros sectores.
En los países en que la polaridad entre el nacionalismo latinoamericano
y el imperialismo EE UU/UE es más fuerte, la lucha de clases
ha remitido, al menos por ahora. En otras palabras: la lucha nacionalista
toma el lugar de la lucha de clases con la promesa de que un mayor
control nacional tendrá por resultado más recursos
estatales y por consiguiente nuevas medidas redistributivas.
En Brasil, los conflictos de clase han disminuido como resultado
de la subordinación de la confederación sindical tradicional,
y en menor medida del Movimiento de los Sin Tierra (MST), al gobierno
neoliberal de Lula da Silva. No obstante, dada la drástica
reducción de las pensiones de los funcionarios y su oposición
a unos incrementos sustanciales de los salarios, incluyendo el salario
mínimo, los sindicatos representantes de los funcionarios,
los metalúrgicos y los trabajadores de la construcción
fundaron, los días 5 y 7 de mayo de este año, una
nueva y dinámica confederación de sindicatos denominada
CONLUTA. Con más de 2.700 delegados de 22 estados, que representan
a 1.800.000 trabajadores, CONLUTA representa un polo social alternativo
a las decenas de millones de trabajadores y brasileños pobres
abandonados tras el paso de Lula da Silva al campo de los banqueros,
la agroindustria y las transnacionales. En su estructura operativa,
CONLUTA ha adoptado una organización de tipo movimiento social,
del que forman parte organizaciones de trabajadores empleados y
desempleados, movimientos de trabajadores rurales y asociaciones
de vecinos, estudiantes, mujeres, ecologistas y organizaciones de
trabajadores sin tierra. La representación en su congreso
se basó en elecciones directas realizadas en asambleas democráticas.
La emergencia de una nueva confederación de trabajadores
representa la primera ruptura importante con el gobierno neoliberal
de centro-izquierda de Lula da Silva, y como tal presagia la revitalización
de las políticas de la clase obrera, a la vez que plantea
una alternativa real al poder decreciente de la confederación
sindical pro oficial.
Realidades y mitos en las
tensiones internacionales
Existe un gran número de interpretaciones incorrectas y una
gran confusión, tanto en la derecha como en la izquierda,
en relación con la naturaleza de los conflictos entre los
nacionalistas latinoamericanos y los Estados y compañías
transnacionales de EE UU/UE. El primer punto que merece aclararse
es la naturaleza de las medidas nacionalistas adoptadas por el presidente
Chávez, en Venezuela, y el presidente Morales, en Bolivia.
Sus respectivos gobiernos no han abolido los principales elementos
de la producción capitalista, es decir, los beneficios privados,
la propiedad extranjera, la repatriación de beneficios, el
acceso al mercado de suministro de gas, energía y otros bienes
primarios, ni tampoco han vetado por ley futuras inversiones extranjeras.
De hecho, los inmensos yacimientos petrolíferos del Orinoco,
en Venezuela, que son las mayores reservas del mundo, siguen estando
en manos del capital extranjero. La controversia en relación
con las radicales medidas económicas del presidente Chávez
gira en torno a un incremento en los impuestos y las regalías
que va del 15% al 33%, porcentajes que siguen siendo inferiores
a los devengados por las compañías petroleras en Canadá,
Oriente Próximo y África. Lo que produjo una avalancha
de envenenados artículos de los medios de comunicación
estadounidenses y británicos (The Wall Street Journal, Financial
Times, etc.) no fue un análisis comparativo de los tipos
de interés y de regalías utilizados en la actualidad,
sino una comparación retrospectiva con un pasado virtualmente
libre de impuestos. De hecho, tanto Hugo Chávez como Evo
Morales están simplemente modernizando y poniendo
al día las relaciones
en sus países productores de hidrocarburos con los estándares
mundiales actuales. En cierto sentido, están normalizando
las relaciones contractuales ante unos beneficios inesperados excepcionales
por parte de las empresas, que son posibles gracias a acuerdos fraudulentos
conseguidos por mediación de altos funcionarios corruptos.
La brutal reacción de los gobiernos de EE UU y la UE, y de
sus transnacionales de la energía, es el resultado de un
hábito de pensamiento que concibe sus excepcionales privilegios
como una norma del desarrollo
capitalista y no el resultado
de sus tratos con funcionarios venales. Por consiguiente, se resistieron
a la normalización de las relaciones capitalistas en Venezuela
y Bolivia, en las que empresas conjuntas comparten sus beneficios
entre el sector público y los inversores privados, práctica
común en la mayor parte de los países. No ha causado
sorpresa que el presidente de Royal Dutch Shell, Jeroen van der
Veer, aconsejase a sus colegas petroleros que la posición
nacionalista de los países productores de petróleo
y la renegociación de los contratos constituye una nueva
realidad que las compañías internacionales de la energía
deben aceptar. Van der Veer, el realista, pone en contexto las reformas
nacionalistas: “En Venezuela, fuimos una de las primeras compañías
en renegociar y, dadas las actuales circunstancias, estamos muy
satisfechos de nuestras perspectivas operativas en ese país.
Mantenemos relaciones armoniosas con el gobierno, lo que es muy
importante. Y en Bolivia espero que lleguemos a una solución.”
(Financial Times, 13.5.2006, p. 9). Del mismo modo, Pan Andean
Resources (PAR), una compañía irlandesa de gas y energía
ha realizado declaraciones públicas afirmando su intención
de seguir operando en Bolivia, tras las declaraciones nacionalizadoras
de Morales. David Horgan, presidente de la citada PAR, al explicar
la creación de una empresa mixta dedicada al gas boliviano
afirmó: “No nos importa realmente los precedentes que nuestro
acuerdo con el gobierno boliviano pueda crear. Donde las grandes
compañías petroleras ven un problema, nosotros vemos
una oportunidad.” (Ibíd.)
De hecho, el 29 de mayo de 2006, el gobierno boliviano anunciará
la oferta ganadora, de entre las presentadas por principales compañías
mineras del mundo, en el concurso de adjudicación de la explotación
del yacimiento del Mutún, de propiedad estatal, con 40.000
millones de toneladas mineral de hierro. Las nuevas condiciones
establecidas por el gobierno boliviano, tal como las expuso su principal
ideólogo, el vicepresidente Álvaro García Linera,
ofrecen garantías judiciales estables para todas las inversiones,
a cambio de un reparto de los beneficios y de programas de gestión
conjunta. Es evidente que las grandes corporaciones mineras forman
parte de la escuela realista que opta por conseguir altos beneficios de
las materias primas estratégicas que actualmente se cotizan
a precios elevados, a cambio de pagar más impuestos y de
incluir a los tecnócratas del gobierno boliviano en sus equipos
de gestión.
Los principales puntos de conflicto no son la aversión capitalista
al socialismo, ni tampoco la oposición entre propiedad privada
y propiedad nacionalizada, y mucho menos la revolución social
conducente a una sociedad igualitaria. Los principales conflictos
se concentran en 1) los incrementos de los impuestos, los precios
y los pagos por regalías, 2) la conversión de las
empresas en empresas conjuntas, 3) la representación en las
juntas directivas, 4) la distribución accionarial entre los
ejecutivos nombrados por las empresas extranjeras y los nombrados
por el Estado boliviano, 5) el derecho legal a revisar los contratos,
6) los pagos compensatorios por supuestos activos, y 7) la gestión
de la distribución y la exportación.
Las normativas y las reformas propuestas pueden incrementar las
reservas y la influencia del Estado, pero en ningún caso
implican la transformación revolucionaria de la propiedad
o de las relaciones sociales de producción. Los cambios propuestos
son reformas que traen ecos de las políticas desarrolladas
por los partidos socialdemócratas europeos entre 1946 y 1960,
en la década de 1970, por los países productores de
petróleo, entre otros las monarquías árabes
y las repúblicas islámicas o seculares. De hecho,
los anteriores gobiernos tanto de Venezuela, en 1976, como de Bolivia,
en 1952 y 1968, adoptaron medidas mucho más radicales con
la nacionalización del petróleo y de algunos sectores
mineros.
Venezuela ha aumentado las regalías y los impuestos que devengan
las compañías petroleras internacionales porque antes
estaban por debajo de los niveles mundiales. Excepto algunas explotaciones
de pequeño tamaño que rechazaron las nuevas reglas
del juego y fueron expropiadas, ninguna de las grandes firmas sufrió
expropiación, ni tampoco se modificaron las relaciones laborales
entre empresarios y trabajadores en la empresa estatal Petróleos
de Venezuela (PVDSA) o en ninguna de las empresas extranjeras. Las
estructuras verticales convencionales siguen intactas, lo que motiva
las quejas de muchos sindicalistas de a pie. En estos últimos
tres años, todas las empresas estadounidenses o europeas
que operan en Venezuela han obtenido cifras récord de beneficio
que superan en miles de millones de dólares, o de euros,
sus anteriores beneficios máximos. A pesar del discurso revolucionario
bolivariano, ninguna de las principales empresas petroleras ha manifestado
el menor interés en abandonar sus lucrativos acuerdos con
el Estado de Venezuela, a pesar de las inflamadas invectivas provenientes
de Washington o de Bruselas.
El conflicto entre el tándem EE UU/UE y Venezuela tiene que
ver con la política y la ideología, tanto como con
el poder y los beneficios de sus compañías petroleras.
La preocupación proviene del modelo de economía mixta
y mayores impuestos que sustituye al modelo desregulado, de bajos
impuesto, privatizado y desnacionalizado preponderante en América
Latina desde la década de 1970, y que se está intentando
promover en otros lugares, como Libia, Irak, Indonesia, Brasil y
México. El problema central reside en que el presidente Chávez,
a partir de una base económica y política nacional
fuerte derivada de los recursos provenientes del petróleo,
propone una mayor integración regional, libre de la dominación
de Estados Unidos y Europa. Esto ha provocado las iras de Washington
y Bruselas, por cuanto temen que una mayor integración latinoamericana
puede limitar la futura penetración de mercados e inversiones.
En el marco de las políticas mundiales, la adopción
y la defensa de la autodeterminación de todas las naciones
que propone Chávez lo ha colocado en situación de
oposición a la intervención militar de EE UU en Irak,
la ocupación EE UU/UE en Afganistán, y sus amenazas
conjuntas de guerra contra Irán. La posición de Chávez
se debe, en parte, a la participación estadounidense en el
frustrado golpe militar que sufrió su país en 2002.
En resumen, el conflicto se produce entre, por una parte, líderes
nacionalistas democráticamente elegidos que defienden una
economía mixta que les permita financiar los servicios sociales,
y, por otra parte, la construcción imperial de EE UU y la
UE y sus políticas intervencionistas destinadas a prolongar
la Edad de oro del saqueo de economías privatizadas
y no reguladas, y sus privilegios consistentes en un bajo nivel
fiscal en la explotación de los recursos energéticos.
Los conflictos nacientes entre Bolivia y Brasil, España y
Argentina, y sus defensores en EE UU/UE siguen un patrón
similar al conflicto de Venezuela con Estados Unidos. En primer
lugar, los propagandistas de las grandes corporaciones petroleras
transnacionales intentan presentar al presidente Morales como un
discípulo seguidor de Hugo Chávez, y presentan sus
políticas nacionalistas como una simple subordinación
a las proyecciones de poder del presidente venezolano. Pero estas
acusaciones de maquinaciones externas carecen de base. Hubo huelgas
promovidas por la oposición y huelgas generales en Bolivia
durante el proceso de privatización de 1996, dos años
antes de la elección de Chávez. La oposición
a los acuerdos de privatización del gas se intensificó
en 2003 mediante un alzamiento popular que derrocó al presidente
Sánchez de Losada y exigió la nacionalización
del gas y el petróleo. En 2004, el 80% del electorado aprobó
un referéndum en el que se pedía el aumento de los
impuestos y las regalías y el control estatal de los recursos
energéticos. A diferencia de Venezuela, Evo Morales se halla
ante una fuerte presión interna por parte de sindicatos y
organizaciones de masas para que lleve a cabo sus promesas electorales.
Los programas de reforma socioeconómica, la estabilidad política
y la legitimidad del gobierno de Evo Morales dependen de la posibilidad
de conseguir ingresos fiscales adicionales de las compañías
transnacionales. Teniendo en cuenta que heredó un déficit
presupuestario muy importante y una deuda exterior sustancial (que
se considera obligado a pagar) y que esta sujeto a un programa de
austeridad del estilo de los del FMI, su única solución
consiste en conseguir más ingresos por el petróleo
y el gas. Pero el aspecto más importante, teniendo en cuenta
que Evo Morales fue elegido para “traer dignidad al pueblo indio”,
no puede ignorar la arrogancia con la que las compañías
petroleras y de gas recibieron sus propuestas iniciales de negociar
nuevos tipos de impuestos y nuevas empresas mixtas. Con el respaldo
financiero y político de Venezuela, Morales decretó
la nacionalización como táctica de presión para
forzar a las compañías a negociar. Del mismo modo
que el presidente Chávez radicalizó sus políticas
socioeconómicas a raíz del golpe militar apoyado por
EE UU y del lockout de los altos ejecutivos de la industria petrolera,
Evo Morales ha radicalizado sus tácticas para conseguir concesiones
económicas y llegar en situación de fuerza a las negociaciones
con las transnacionales de la energía. El objetivo del presidente
Morales es negociar de buena fe y garantizar algún tipo de
reparto de beneficios y de incremento fiscal. La intransigencia
continuada de las compañías de la energía y
una política de “todo o nada” podría radicalizar la
base electoral de su gobierno. “Los que hacen imposibles las reformas,
hacen inevitables las revoluciones.” Por supuesto, Bolivia bajo
Morales está muy lejos de adoptar un programa revolucionario
anticapitalista. Incluso el incremento fiscal de hasta el 82% es
una medida transitoria que habrá de negociarse. Sin embargo,
ha demostrado su buena disposición a movilizar el Estado
y ampliar su influencia sobre las operaciones de las grandes empresas,
a la vez que ha dejado claro que los actuales contratos de hidrocarburos
son inconstitucionales. A mediados de mayo, las principales compañías
de gas y petróleo seguían sin caer en la cuenta de
que tienen más que ganar de la negociación con el
gobierno de Evo Morales que de la excitación de los movimientos
sociales. Como máximo, las negociaciones probablemente desembocarán
en un incremento de impuestos y regalías de en torno al 50%.
El precio de venta del gas se incrementará modestamente,
y se firmará algún tipo de acuerdos de gestión
conjunta Estado-sector privado, a la vez que los líderes
políticos de Brasil y la UE podrían pasar de una etapa
de enfrentamiento a una de negociaciones y cooptación. En
cambio, la propuesta de Morales de favorecer la creación
de empresas mixtas y establecer una economía también
mixta debe hacer frente a presiones del FMI, de Pedro Solbes, ministro
español de Hacienda, y de Celso Amorin, ministro brasileño
de Asuntos Exteriores, de pagar las acciones al precio de mercado,
lo que podría llevar a la bancarrota del Estado. Las amenazas
judiciales y de ruptura diplomática siguen utilizándose
a fin de limitar un controlo estatal efectivo de las empresas de
gas. Entretanto, Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno
español, y Lula da Silva, presidente de Brasil, tienen el
papel de policía bueno y confían en las negociaciones, las
presiones interiores y las ayudas estatales para rebajar aún
más las reformas de Morales.
Sea cual sea el acuerdo general, la clave estará en los detalles.
Más concretamente en los procedimientos operativos específicos,
el control de la información, la producción y los
procesos de comercialización, donde cabe esperar que los
ejecutivos titulares hagan todo lo que esté en su mano para
socavar un control efectivo por parte del Estado boliviano. Al tiempo
que las polaridades políticas y económicas a escala
internacional se intensifican, en el interior de Estados Unidos
se está larvando una crisis. La debacle militar en Irak ha
dejado sólo dos opciones: por una parte, una retirada que
permita reconstituir el poder imperial y, por otra parte, planes
para una guerra aérea contra Irán, a fin de reivindicar
el poder imperial. Existe una coalición liderada por las
principales organizaciones pro Israel, los militaristas civiles
del Pentágono, la mayor parte de los medios de comunicación
y una minoría de la opinión pública, que apoya
un ataque militar. Se oponen a esta opción un gran porcentaje
de altos oficiales retirados, los líderes de la industria
petrolera, la mayor parte de las organizaciones cristianas y musulmanas
y una mayoría del pueblo estadounidense.
Las múltiples guerras de Oriente Próximo y Asia Septentrional
y el creciente descontento interno por los costes de la guerra han
debilitado sustancialmente la capacidad de Estados Unidos de meterse
de lleno en una intervención a gran escala en América
Latina. En cambio, está obligado a confiar en sus regímenes
clientes latinoamericanos y sus aliados europeos para aislar y debilitar
a los presidentes nacionalistas Chávez y Morales, y para
contener la creciente oposición popular y electoral en México,
Nicaragua, Ecuador, Colombia, Perú y Brasil. El problema
de Washington es que, actualmente, sus presidentes-clientes latinoamericanos
están en posición de debilidad o bien a punto de dejar
la presidencia. A finales de 2006, casi todos los más serviles
presidentes-clientes de Washington habrán abandonado su cargo.
En algunos casos, serán reemplazados por clones políticos,
pero en otros los nuevos líderes electos pueden resultar
menos dados a provocar conflictos con sus vecinos nacionalistas.
Contrariamente a la euforia de la izquierda estadounidense y europea
occidental, los nuevos gobiernos nacionalistas y Cuba se hallan
ante graves retos internos provenientes de sus propias poblaciones.
Aunque han conseguido enfrentar con éxito las presiones imperialistas
e incrementar sus ingresos fiscales provenientes de los capitales
extranjeros, han descuidado llevar a cabo reformas sociales de máxima
urgencia para sus seguidores. Tanto Venezuela como Cuba, a pesar
de las promesas gubernamentales, se retrasan en cubrir los enormes
déficit de alojamiento y transporte, y sus esfuerzos por
diversificar sus economías son muy insuficientes, en particular
en la agroindustria (transformación del azúcar en
etano, y producción de alimentos en Cuba; carne, aves, pescado
y cereales en Venezuela), la manufactura (en particular armas, bienes
duraderos, tecnología de la información y electrónica)
y el procesado de minerales. Además, en Venezuela hay importantes
sectores, quizás el 50% de la fuerza de trabajo, que tienen
un acceso mejorado a los servicios sociales gratuitos, pero que
están empleados en el sector
informal, de salarios muy bajos.
En Bolivia, Morales ha anunciado un programa de reforma agraria
basado en la expropiación de tierras subutilizadas, que excluirá
las grandes propiedades agroindustriales, productivas y provechosas,
de los fértiles llanos de Santa Cruz. En cambio, se propone
distribuir tierras estatales menos fértiles y alejadas de
los mercados y las carreteras. La clave del éxito de esta
reforma agraria dependerá del método de llevar a la
práctica y de adjudicación, así como de la
disponibilidad de crédito y asistencia técnica. Además,
las políticas salariales y de ingresos de Morales son sólo
marginalmente mejores que las de sus predecesores liberales: los
incrementos salariales de los maestros y otros trabajadores del
sector público están por debajo del 5% de crecimiento
real por encima de la inflación. Su promesa de doblar el
salario mínimo de 50 a 100 dólares al mes ha sido
reemplazada por un incremento de sólo 6 dólares. En
otras palabras, si la polaridad internacional no cuenta con el respaldo
de políticas internas redistributivas que afecten a la riqueza
y las propiedades de los más ricos, tanto en Venezuela como
en Bolivia, sectores populares estratégicamente importantes,
necesarios para dar sostén en caso de confrontación
internacional, podrían desvincularse. Algunos gestos internacionales
grandilocuentes, la solidaridad humanitaria y las políticas
antiimperialistas no pueden sustituir la profundización de
los cambios estructurales internos y satisfacer las demandas interiores
esenciales en materia de alojamiento, empleo y mejores salarios.
Polaridad y crisis social
y regional en Bolivia
Si, como venimos afirmando,
la polaridad emergente en América Latina se produce entre
los regímenes neoliberales centrados en el imperio y los
regímenes populistas, nacionalistas y reformistas, se sigue
que la resolución exitosa de este conflicto depende en parte
de las premisas de los estrategas reformistas y su creencia de que
las reformas socioeconómicas son compatibles con el desarrollo
capitalista nacional. En el caso del presidente Morales, puede decirse
que su estrategia política electoral y programática
dictaba su análisis político y socioeconómico.
Las políticas reformistas de Morales se basan en algunas
premisas dudosas: en primer lugar, la creencia de que el capital
productivo puede separarse del capital improductivo, y por consiguiente
que una reforma agraria limitada a las tierras no explotadas o a
las “tierras sin una función socioeconómica” no va
a generar la oposición de las élites y va a ser compatible
con una coalición electoral interclasista. Esta premisa ha
demostrado ser incorrecta: los grandes terratenientes productivos
se oponen con toda firmeza a la reforma agraria y cuentan con el
apoyo de las élites de negocios y bancarias, especialmente
en Santa Cruz, porque tienen diversos holdings de inversión
transectoriales, que incluyen bancos, industria, tierra productiva
destinada a la exportación y tierra improductiva mantenida
con fines de especulación.
La segunda falsa premisa de su estrategia consiste en un diagnóstico
erróneo de la dicotomía entre capital extranjero y
capital nacional. El presidente Morales que mediante la nacionalización,
o más concretamente la conversión de las compañías
extranjeras de la energía en empresas de propiedad conjunta
pública y privada, podrá financiar el desarrollo capitalista
nacional y con ello ganar su apoyo. Este análisis subestima
radicalmente los vínculos económicos y políticos
entre las grandes y medianas empresas y las empresas de propiedad
extranjera. Muchas firmas bolivianas son suministradoras, subcontratistas
e importadoras que dependen de los mercados, el crédito y
la financiación extranjeros provenientes de las empresas
transnacionales y de los gobiernos extranjeros. No es sorprendente
que tanto la oposición política en el Congreso como
los principales grupos de negocios bolivianos se hayan opuesto a
las reformas de Morales, aun cuando sean sus futuros beneficiarios.
La tercera falsa premisa de la estrategia reformista-nacionalista
de Morales es la idea de que los gobiernos considerados de centro-izquierda
de Brasil, Argentina y España van a estar dispuestos a negociar
y aceptar modificaciones de los contratos de explotación
de sus multinacionales y aceptarán unos aumentos modestos
de los precios de compra del gas. Morales sobrestima la efectividad
de su diplomacia personal y su afinidad ideológica con Lula
da Silva, Kirchner y Rodríguez Zapatero, y subestima completamente
sus poderosos y duraderos vínculos con sus respectivas empresas
transnacionales. Como resultado, el gobierno de Lula ha rechazado
todas las propuestas de Morales, entre otras su oferta de negociar
un incremento de dos dólares en el precio del gas, y más
aún su propuesta de crear una empresa mixta con Petrobras.
Del mismo modo, el gobierno de Kirchner ha pospuesto varias reuniones
en las que se debía discutir un aumento similar del precio
del gas, y su representante no ha fijado una nueva fecha, ni siquiera
para discutir la propuesta. Rodríguez Zapatero, con el apoyo
del FMI, ha insistido en que se compense total y rápidamente
a las empresas españolas (REPSOL y BBVA), tarea imposible
teniendo en cuenta las limitaciones presupuestarias bolivianas.
Es realmente irónico que mientras que los presidentes de
centro-izquierda (Kirchner, Lula da Silva y Rodríguez
Zapatero) rechazan la propuesta de Morales de incrementar los ingresos
fiscales a costa de sus transnacionales, el reaccionario Congreso
de Estados Unidos aprobó una ley para aumentar la parte del
gobierno de EE UU en los beneficios petroleros hasta 20.000 millones
de dólares (Financial
Times, 20-21.5.2006, p. 3).
Además, mientras que EE UU paga seis dólares por mil
metros cúbicos de gas, Lula y Kirchner han puesto objeciones
al aumento del precio hasta cinco dólares por mil metros
cúbicos. Con amigos del pueblo boliviano como éstos,
¿quién necesita imperialistas explotadores del país
más pobre de América del Sur?
En resumen, todos los supuestos políticos de Morales se basan
en datos imaginarios que no corresponden a las realidades económicas
y políticas en las que se proyectan. La falta de análisis
empíricos serios de las realidades estructurales ha dado
como resultado la imposición de una estrategia electoral
basada en alianzas interclasistas, en un mundo polarizado por el
imperio y los conflictos de clase. La ideología reformista
de Morales ha creado una visión ilusoria del mundo político,
en el que se ve capaz de unir a capitalistas productivos, gobiernos
amigos de centro-izquierda, trabajadores y campesinos frente a terratenientes
improductivos y transnacionales corruptas, en busca de una economía
mixta, un presupuesto equilibrado y mayores reformas sociales.
El actual impasse en que se halla Morales, impuesto por sus
involuntarios socios, plantea un serio dilema a su gobierno y a
sus aliados internacionales Venezuela y Cuba: si el programa reformista
no es viable, ¿debería diluir aún más
su programa nacionalista y mantener el aspecto de un gobierno
de progreso, o bien debería
radicalizar su programa y recabar el apoyo de sus aliados internacionales
en una confrontación continental más acentuada?
NOTAS DEL TRADUCTOR
[1] Confederación de Nacionalidades Indígenas
del Ecuador.
[2] En España, chabola; en América Latina, villamiseria,
favela.
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