Perdiendo la guerra contra el terrorismo Sergio Moya MenaLa Prensa Libre, 3 de mayo de 2007
Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, la Administración Bush mantiene como su principal objetivo de política exterior la lucha contra el terrorismo. Dentro de esta estrategia, la guerra en Irak se ubica como la prioridad suprema. Según las encuestas, esta campaña, que cuesta unos US$100.000 millones al año y ya ha causado 3320 bajas militares, es apoyada por apenas el 45% de los norteamericanos, pero ¿qué dicen los expertos?. La revista Foreign Policy junto al Center for American Progress, han llevado a cabo una encuesta entre 100 expertos en política exterior, asuntos militares e inteligencia, a quienes han consultado -entre otras cosas- sI los EE.UU. están ganando la guerra contra el terrorismo. La respuesta es un enfático no: el 75% considera que EE.UU. no está ganando la guerra y un 81% considera que el mundo es hoy día mucho más inseguro y peligroso para los EE.UU. Algunos de los hechos que sustentan el pesimismo de los analistas han sido la guerra entre Israel y Hezbollah el año pasado, los tests nucleares llevados a cabo por Corea del Norte, el resurgimiento de los Talibanes en Afganistán y el recrudecimiento de las luchas sectarias en Irak. El gobierno de George W. Bush no solo estaría conduciendo mal la guerra contra el terrorismo, sino que estaría equivocando las prioridades estratégicas, cifrando demasiado interés en la guerra de Irak. Apenas el 10% opina que este conflicto es la amenaza más grande para la seguridad nacional de los EE.UU., frente a un 25% que opina que la amenaza más directa son las armas nucleares o un 14% que piensa que son las propias políticas de la Administración Bush, las que representan la mayor amenaza. Se cuestiona igualmente el aumento de tropas en Irak, aunque se recomienda incrementarlas en Afganistán, donde los Talibanes amenazan de nuevo con desestabilizar Asia Central. Tanto los Talibanes como al Qaeda, Hamas y Hezbollah (organizaciones que el Departamento de Estado considera terroristas), se perciben como más fuertes respecto al año pasado. Entre los pocos avances positivos que se le reconocen al gobierno de Bush, están la identificación y eliminación de santuarios terroristas y la labor de bloqueo de las redes de financiamiento terroristas, medida que es apoyada y reconocida como efectiva por el 95%. Dos alcances pírricos, teniendo en cuenta la extrema versatilidad de las redes terroristas, capaces de evadir los controles y operar con muy pocos recursos económicos. Para muestra un botón: los atentados en el metro de Londres en julio de 2005 costaron menos de $2.000. El aspecto fundamental al que apuntan todos estos datos, es que la estrategia seguida por los EE.UU. ha sido altamente contraproducente y el terrorismo no se ha debilitado. La prueba más evidente ha sido precisamente la aventura en Irak, que ha terminado creando más problemas de los que ha resuelto. Según otro estudio llevado a cabo por los especialistas en terrorismo Peter Bergen y Paul Cruickshank, con datos del gobierno norteamericano y de la Rand Corporation, la invasión iraquí ya multiplicó el terror por siete veces. En algunas regiones del globo las redes terroristas también se han fortalecido. Tal es el caso del Magreb, en donde el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, GSPC, responsable de los atentados terroristas del 11 de abril en Argel, ha pasado a denominarse Al Qaeda del Magreb Islámico, operando ahora como una verdadera multinacional, con capacidad operativa en más de quince países. La lucha contra el terrorismo llevada a cabo por los EE.UU. ha estado caracterizada por un contumaz unilateralismo que ha erosionado severamente su imagen internacional. Dieciséis países se han retirado de la coalición militar encabezada por EE.UU. que invadió Irak, denotando un grave problema de credibilidad. El discurso oficial que hace referencia a la defensa de las libertades, los derechos humanos y la democracia, contrasta escandalosamente con episodios vergonzosos como las violaciones a los derechos humanos en Abu-Ghraib o Guantánamo, o la condescendencia norteamericana con gobiernos autoritarios como el de Pervez Musharraf en Pakistán o Hosni Mubarak en Egipto. La integridad de la lucha “sin cuartel” contra el terrorismo se ve absolutamente cuestionada cuando el gobierno de los EE.UU. deja en libertad a un terrorista confeso como Luis Posada Carrilles, responsable entre otros hechos de la detonación en 1976 de un avión comercial de Cubana de Aviación, en el cual murieron 73 personas inocentes. En el orden internacional que ha sucedido a la Guerra Fría y que algunos, de forma simplista, han denominado “Guerra contra el Terror”, nadie -ni siquiera las superpotencias- puede pretender imponer sus políticas al margen de la concertación y el multilateralismo, sin correr el riesgo de verse aislado de la comunidad internacional. La estrategia anti-terrorista de los EE.UU. ha fracasado estrepitosamente y ha comprometido aún más la seguridad nacional de ese país. ¿Hasta cuando se va a insistir en combatir el fuego rociando más gasolina?
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