Una oportunidad más a la diplomacia

Sergio Moya Mena

La prensa Libre, 29 de septiembre

Una tormenta diplomática desataron las declaraciones del Ministro de Asuntos Exteriores francés Bernard Kouchner respecto a que el mundo debería “prepararse para lo peor”, es decir, la posibilidad de una guerra con Irán, país que pretende desarrollar un programa de energía nuclear.  Más allá del tema iraní, lo que revela esta temeraria declaración del ministro galo, es el deseo del nuevo presidente francés Nicolás Sarkozy de congraciarse con los neoconservadores de la Administración Bush y ocupar el papel de “principal aliado europeo” de su política exterior, que había asumido en el pasado el ex primer ministro inglés Tony Blair. Se trata de un giro ideológico interesante para la derecha francesa, pues representaría una ruptura con la tradición gaullista, que en política exterior representaba cierta independencia frente a los EE.UU.

En todo caso, se trata de un golpe más en el tambor de la guerra que viene retumbando desde hace meses, auspiciado en Washington por los mismos sectores neoconservadores que espolearon la guerra en Irak. Este es el aspecto medular de la cuestión. El Gobierno de George W. Bush es un campo de batalla entre esos sectores encabezados por el vicepresidente Dick Cheney, que simpatizan con un ataque militar y un cambio de régimen en Teherán y la facción más inclinada a soluciones diplomáticas, encabezada por la Secretaria de Estado Condoleezza Rice. Un pulso político que podrían estar ganando los neoconservadores.

La retórica guerrerista podría no ser más que una bravata para presionar al gobierno iraní a ceder en su propósito de desarrollar su programa nuclear. Después de todo, el gobierno de Bush -debilitado por las deserciones y la impopularidad- difícilmente estaría en condiciones de abrir un tercer frente de batalla adicional al de Irak y Afganistán, el ataque no tendría el apoyo de aliados regionales como Arabia Saudita o Egipto y sería rechazado por Rusia y China. Se incrementarían espectacularmente los precios del petróleo y posiblemente se activaría una ola de reacciones terroristas incontrolable. A esto habría que agregar la represalia de los iraníes, que incluiría el uso de misiles capaces de llegar hasta Europa.

Según muchos expertos, un ataque militar enfocado a destruir la mayoría de las instalaciones nucleares iraníes en Natanz Saghand y Isfahan, no sería tan complicado como afrontar el escenario que vendría después, lo que hace cuestionarse si el peligro de una confrontación militar con Irán no es más grande que convivir con un Irán con capacidad nuclear.

Por ello, la posibilidad de un ataque a Irán no se puede descartar. Algunos como Zbigniew Brzezinski, ex consejero de Seguridad Nacional en la administración de James Carter, lo ven como algo inminente. Después de todo, la insensatez tiene más cabida en la política internacional de lo que solemos pensar. Cuando se invoca la posibilidad de una guerra cuyas consecuencias serían catastróficas para la región, pues repercutiría de manera nefasta en otros focos de conflicto como Líbano e Irak y en la economía mundial (incluso en un país como Costa Rica altamente dependiente de las importaciones de petróleo), parece replantearse la “teoría del loco”, atribuida a al ex-presidente norteamericano Richard Nixon. Dicha teoría establecía que: “nuestros enemigos deben ser conscientes de que la “superpotencia agresora” es peligrosa, impredecible, que está presta a defender lo que más valora. Entonces se doblegarán a nuestra voluntad, conscientes de nuestra irracionalidad y capacidad de venganza”.

              Desde el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, los EE.UU. han afrontado el desafío del régimen teocrático con políticas que han resultado incoherentes y contraproducentes. No se ha  entendido que el sistema político iraní es sumamente intrincado y que en su interior operan corrientes ideológicas muy diversas, y en algunos casos antagónicas a la retórica radical del presidente Mahmoud Ahmadinejad, cuya estrella política ha empezado a opacarse desde hace algún tiempo, por la crisis económica y el ascenso de rivales como Hashemi Rafsanjani, recientemente designado presidente de la Asamblea de Expertos y a quien se considera más moderado y con voluntad de negociar con EE.UU.

                El diálogo diplomático -para el cual todavía hay mucho espacio político- es la única forma racional de resolver las diferencias entre Irán y los EE.UU., pero mientras tanto, en nombre de la convivencia y la paz, es preciso rechazar los llamados a la guerra, que no haría sino complicar más las cosas en esta conflictiva región.

              Las recientes guerras que se han justificado en nombre de la “libertad y la democracia”, no sólo han hecho del mundo un lugar más inseguro y violento, sino que no pueden ocultar su verdadero interés geopolítico. Así lo afirma incluso Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal de los EE.UU., quien en sus memorias recientemente publicadas reconoce que la guerra de Irak es en gran parte por el petróleo. “Bandoleros del mundo, siembran la desolación y la llaman paz” (Cornelio Tácito).

 

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