Medio Oriente, ninguna paz con ocupación

Sergio Moya Mena

El Heraldo  5-4-2002

En medio de un recrudecimiento sin precedentes de la violencia en los territorios palestinos ocupados, la propuesta de paz del príncipe saudita Abdalá Ben Abdel Aziz ha sido recibida con entusiasmo en algunos sectores y escepticismo en otros. Dicho plan implica básicamente, el reconocimiento de Israel por la comunidad árabe a cambio de la  retirada de los territorios  palestinos ocupados y de las Alturas del Golán en Siria, así como el acatamiento de las resoluciones de Naciones Unidas sobre Medio Oriente.

Estados árabes moderados como Líbano, Jordania y Egipto han manifestado su apoyo, mientras se espera que dicha iniciativa va a contar con la oposición de naciones como Siria, Libia e Irak que mantienen una posición más dura frente a Israel. En realidad la propuesta saudita es una reedición de los planes presentados por el Rey Fahd en 1982; el Secretario de Estado norteamericano George Shultz en 1988 y la Conferencia de Madrid en 1991, todas iniciativas que terminado boicoteadas por Israel.

La iniciativa saudita es sin duda positiva, pero a la luz de los acontecimientos históricos, es claro  que cualquier propuesta por bien intencionada que sea, estará condenada al fracaso sino implica el fin de la ocupación. Esta es la raíz del problema entre palestinos e israelíes. Jamás podrá haber una paz duradera y seguridad para Israel, mientras persista la ocupación ilegal y bárbara de los territorios palestinos. Como cualquier ocupación militar y colonial, la ocupación genera violencia y respuestas desesperadas. Este es el verdadero dilema al que se enfrentan no solo el gobierno de Ariel Sharon sino toda la sociedad israelí: condenarse a vivir un miedo perpetuo o dar un paso definitivo y valeroso hacia la paz poniendo  fin a esta  ocupación que lleva ya 35 años.

Lamentablemente  es muy difícil esperar algo  del actual liderazgo israelí. Ariel Sharon prometió paz a su pueblo y solo ha provocado una espiral de violencia incontenible, demostrando cínicamente hasta donde puede llegar su fanatismo y desprecio por la vida humana. En realidad no se podía esperar otra cosa de alguien cuya vida entera ha sido impulsada por el odio.   Es el mismo Sharon que esta siendo juzgado en una Corte Judicial belga por crímenes de guerra debido a  su responsabilidad en las matanzas de  Sabra y Chatila en 1982. El mismo que también es investigado en Egipto por la ejecución de prisioneros de guerra de ese país durante la Guerra de los Seis Días, cuando era comandante de la Novena Brigada del Ejército Israelí en el Sinaí. El mismo Sharon cuyo ejército asesinaba hace pocos días a seis miembros de la Media Luna Roja (Cruz Roja en los países islámicos) en Jenin y Tulkarem.

De toda esta responsabilidad criminal tampoco se excluyen los laboristas, que integran el gobierno de “unidad nacional” junto a Sharon. Ya no existen diferencias entre el Partido Laborista y el Likud en materia de paz. Desde la caída de Ehud Barak, el laborismo ha entrado en un proceso de derechización que lo ha convertido solo en una sombra de lo que fue en tiempos de David Ben Gurion,  Golda Meir o Moshe Dayan. Incluso el tibio impulso pacifista que Isaac Rabin lanzó al final de su vida,  ha sido mancillado por el oportunismo de Simón Peres, Ministro de Exteriores de Sharon y Benjamín Ben Eleazar, Ministro de Defensa y líder del Laborismo, cuya complicidad con la barbarie de Sharon  es una vergüenza para la tradición humanista del socialismo hebreo.

Gran parte de la sociedad israelí también ha experimentado un proceso de radicalización bastante preocupante.  Según el periódico Yediot Aharonot, el 74% de los israelíes apoya la política de asesinatos de Sharon. A lo largo y ancho de Israel proliferan carteles y graffitis que propagan eslóganes como “sin árabes no habrá ataques” o “los criminales de Oslo deberán sentarse ante la justicia”.

Sin embargo, frente a este dilema histórico que enfrenta  la sociedad israelí, no se han acallado   aquellos que han desafiado al espíritu bélico y xenófobo del gobierno y los medios de comunicación.  Levantando su voz contra lo que sin duda es una política criminal y que resulta contraproducente para la seguridad del país, cada vez son más los israelíes que condenan los ataques militares que provocan decenas de víctimas palestinas. Más de 250 oficiales de las Fuerzas de Defensa de Israel se han rehusado a prestar servicio en los territorios ocupados, afirmando en un documento: “no continuaremos luchando del otro lado de nuestras fronteras con el fin de ocupar, deportar, destruir, impedir el libre movimiento, eliminar a sospechosos, hambrear a la población y humillar a la totalidad del pueblo palestino”.

También el movimiento pacifista -que había entrado en crisis al final del gobierno de Barak- empieza a recuperarse. Organizaciones como Paz Ahora o Gush Shalom (cuyo emblema entrelaza las banderas de Israel y Palestina) han protagonizado multitudinarias manifestaciones exigiendo el retiro de los territorios ocupados,  negociaciones con los árabes y el reconocimiento del derecho de los palestinos a un Estado independiente y soberano con su capital en Jerusalén Oriental. A esta heroica resistencia hay que agregar el trabajo de organizaciones como Rabinos por los Derechos Humanos, la Coalición de Mujeres por la Paz o el Comité Israelí Contra la Demolición de Casas.

Estas muestras de  coraje merecen el reconocimiento y la solidaridad de todos aquellos que anhelan una solución justa a los problemas de Medio Oriente.  Sin embargo, esto no basta. El pueblo israelí, más allá de la miopía y el fanatismo de sus dirigentes políticos, debe reconocer que la vía de la violencia y la represión contra el pueblo palestino no ha solucionado nada. La Intifada Al-Aqsa ya contabiliza casi 1500 muertos. ¿Cuántos más son necesarios? Querer sinceramente la paz implica indefectiblemente poner fin a la ocupación.

 

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