Un nuevo pacto político para Líbano
Sergio I. Moya Mena La Prensa Libre 14 de dicembre de 2006 El asesinato hace unas semanas del ministro cristiano Pierre Gemayel enciende de nuevo los rencores entre las diversas comunidades religiosas del Líbano y replantea la necesidad de un nuevo pacto político. Ha sido el último de una serie de asesinatos de personajes libaneses opuestos a la poderosa influencia siria en el país. Siria, que ocupó militarmente el Líbano a partir de 1976, debió retirar sus tropas en el 2005 después de las multitudinarias protestas por el asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri conocidas como “Revolución del Cedro”. Una comisión internacional nombrada por Naciones Unidas señaló al régimen de Damasco como el gran poder detrás del homicidio. A partir de esto, Siria se vio aislada de la comunidad internacional, Estados Unidos acusó al país de desestabilizar Medio Oriente, demandó un “cambio de régimen” y la aplicación de la resolución 1701 de la ONU que exigía del desarme de sus aliados chiítas de Hezbollah. Pero esto no sucedió y la guerra de cinco semanas que protagonizaron este año Israel y Hezbollah, cambió sustancialmente el panorama político de la región. Hezbollah emergió como la única fuerza militar en el mundo árabe capaz de resistir al poderoso ejercito israelí. Ese “prestigio” le granjeó el apoyo del 90% de la población libanesa en los momentos más intensos de la guerra, y benefició también a sus dos grandes patrocinadores: Irán y Siria. Tras el asesinato de Gemayel casi todos los dedos acusadores apuntan de nuevo a Siria. A muchos les parece la conclusión más obvia, después de todo, su presidente Bashar al-Assad está empeñado en seguir ejerciendo su hegemonía en la política libanesa. Sin embargo, cabría ser más cauteloso a la hora de sacar conclusiones. La política libanesa no siempre es lo que parece. El crimen pudo ser más bien obra de alguno de los muchos enemigos de Siria, deseosos de incriminarla y de paso perjudicar a Hezbollah. No hay que perder de vista que esta extraña muerte ocurre justo después de que Hezbollah y sus aliados han retirado a seis de sus ministros del gabinete del Primer Ministro Fouad Siniora, presionando por una nueva distribución del poder político. Los chiítas son la comunidad más grande, pero han sido históricamente discriminados y oprimidos. Ahora, envalentonados por lo que llaman “Victoria Divina” frente a Israel, exigen la renuncia de Siniora, elecciones y un nuevo reparto del poder. La coalición anti-siria integrada por sectores cristianos maronitas que cuentan con el apoyo de los EE.UU., las comunidades sunitas (apoyadas por Arabia Saudita y Egipto) y los drusos, no se vería beneficiada con un reajuste de las cuotas de poder a favor de los chiítas. Esto tampoco convendría a los EE.UU., que ven detrás del avance de Hezbollah el largo brazo de Irán y su presidente Mahmoud Ahmadinejad. Los EE.UU. se han apresurado a manifestar su "apoyo incondicional al gobierno de Siniora y a la democracia en Líbano". Una afirmación que a muchos libaneses les suena “hueca”, pues cuando Siniora clamaba con lágrimas en los ojos que la comunidad internacional detuviera los despiadados bombardeos israelíes, el gobierno de Bush guardó absoluto silencio. Aunque algunos de los elementos que propiciaron el inicio de la guerra civil en 1975 se repiten inquietantemente ahora: relaciones precarias entre las comunidades religiosas, un gobierno en crisis y la interferencia de poderes foráneos de gran alcance como Siria, EE.UU. e Irán, cada vez más impacientes por apoyar a sus aliados respectivos; ninguna de las comunidades tiene mucho que ganar provocando una nueva guerra civil. Lo que sí queda claro es que el sistema político libanés, basado en la construcción de consensos en una sociedad multiconfesional se ha roto. No solo el tema de la influencia siria divide a chiítas de cristianos, sunitas y drusos, los propios cristianos están divididos: el influyente general Michel Aoun, líder del Movimiento Patriótico Libre Cristiano se ha unido a las demandas por nuevas elecciones. El país requiere un nuevo acuerdo político nacional que propicie un reparto del poder realista, reconozca el peso demográfico y político de todas las comunidades religiosas y resguarde los intereses y seguridad de todo los libaneses. En este sentido, resulta ineludible reconocer el renacimiento político de los chiítas, que al igual que en otras zonas de Medio Oriente como Irak, Kuwait o Arabia Saudita, exigen mayor participación política. El problema estriba en que reivindicaciones excesivas de esa comunidad pueden llegar a amenazar la integridad de todo el Líbano. Hezbollah se comporta frecuentemente como “un Estado dentro de otro Estado” y su desarme parece más lejano que nunca. ¿Estarán dispuestos los chiítas a asumir con responsabilidad un mayor protagonismo? ¿Pueden convertirse en un genuino movimiento nacional independiente de los intereses geopolíticos de Damasco y Teherán? Esto plantea serias dudas, pero se trata de riesgos que la negociación de un nuevo acuerdo nacional debe asumir como única alternativa a una nueva guerra civil.
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