Nueve
tesis y una premonición sobre la otra política zapatista
Después
de casi un año, la Otra Campaña culminó su
primera fase el 10 de diciembre con la celebración de una
consulta nacional sobre las definiciones programáticas que
se enarbolarán en las siguientes fases. Un balance más
a fondo todavía está por hacerse, pero después
de 45 mil kilómetros recorridos ya hay algunos logros evidentes:
la conformación de una red nacional de defensa de los presos
políticos; la creación de una red nacional de trabajadores/as
sexuales, el fortalecimiento del Congreso Nacional Indígena,
el reagrupamiento de los jóvenes punk-anarquistas, la conformación
de la Conferencia de Organizaciones Políticas Anticapitalistas
de Izquierda, etc. Como el mismo Delegado Zero lo señaló:
la base fundamental de la Otra Campaña son los pueblos indios,
los jóvenes y las mujeres. No está mal en un país
cuyo sistema político menosprecia, fundamentalmente, a los
pueblos indios, a los jóvenes y a las mujeres. A continuación:
un artículo que busca establecer algunos aspectos teóricos
del significado de la Otra Campaña. 1. El defecto
fundamental de la política tradicional, sea de derecha o
de izquierda, es que concibe la actividad política como algo
exclusivo de lo estatal. Por lo tanto, como algo que solamente puede
ser entendido a cabalidad por un puñado de especialistas,
ya que el ciudadano común y corriente no sólo no tiene
capacidad para participar y decidir sino que si se le deja en total
libertad, normalmente lo que va a hacer es matar a su vecino.
Así lo planteaba Nicolás Maquiavelo: “Es necesario
que quien disponga de una República y ordene sus leyes presuponga
que todos los hombres son malos, y que pondrán en práctica
sus perversas ideas siempre que se les presente la ocasión
de hacerlo libremente”1. En la práctica, de lo que se trataba
era de ejercer una especie de “monopolio de la decisión política”
que tenía como respaldo fundamental “el monopolio de la violencia
legítima”. Es decir, el control de los cuerpos policíacos
y militares. En la visión de la democracia representativa,
el parlamento o el presidente piensan por el conjunto de la sociedad
y la única prebenda de ésta es sancionar, de tiempo
en tiempo, por medio de su voto, el mantenimiento o no de tal o
cual partido o de tal o cual individuo. La política se convierte
en una actividad reservada para un puñado de iniciados que,
para complicar aún más el asunto, cada vez más
dependen directamente del poder económico, ya sea en su forma
“legal” o en la forma de crimen organizado o, más comúnmente,
en una combinación de ambos, que eso y no otra cosa es el
capitalismo en la actualidad. La propuesta zapatista desde
el origen, pero más claramente ahora, representa la búsqueda
por devolverle a la gente, en especial a los trabajadores del campo
y la ciudad (a la mayoría), lo que por derecho les corresponde:
el monopolio de la decisión política, que parte del
presupuesto que los políticos profesionales (volteando a
Maquiavelo) son malos, y que pondrán en práctica sus
perversas ideas siempre que se les presente la ocasión de
hacerlo libremente. 2. El problema de si la única
forma de expresión política es por medio de un partido
político no es un problema teórico, sino sobretodo
práctico. La nueva forma de desorganización que ha
generado el neoliberalismo ha creado su contrario: la nueva forma
de organización de lo social y lo político, como dos
esferas que no están separadas, sino que se intercomunican
y muchas veces significan lo mismo. Al romper el muro que separa
esas dos actividades humanas, el resultado es la emergencia de muchos
movimientos, que ocupan el espacio de la política frente
al desagrado de los políticos profesionales y de algunos
intelectuales de izquierda, que se sienten violentados por la existencia
de personas sencillas que reflexionan sobre su práctica y
elaboran teorías que ponen en jaque las viejas concepciones,
y que buscan imponer sus tiempos de la confrontación. La
aparición de esta especie de sin papeles de la teoría,
los indocumentados del espacio de la política, permite la
existencia de un gran descontrol inicial tanto para el poder, como
para algunos partidos, militantes y teóricos de izquierda.
Las preguntas desde el poder se multiplican: ¿Cómo
se negocia con tanta gente? ¿Cómo se pactan las alianzas?
¿Cómo se establece la hegemonía? ¿Cómo
se establece el orden? ¿Cómo se restablecen las jerarquías?
¿Cómo se hace respetar a las instituciones?
El movimiento, por su parte, tiene otras preguntas más trascendentales
y comienza su asedio buscando la creación de algunas respuestas.
En especial frente a la terrible cuarteta—explotación, despojo,
represión y desprecio—ya tiene algo que enfrentar: justicia,
reapropiación, solidaridad y dignidad. Estamos en
medio de la primavera de los pueblos. Es verdad que puede dar vértigo,
pero vivir a plenitud esa experiencia es lo único que puede
resolver ese vértigo. Hace solamente unos años, parecía
que el capitalismo no tenía enemigo al frente. Hoy, en las
grandes calles de las megápolis se desafía el tiempo
y el espacio del poder; por ejemplo, el NO a la constitución
europea tal y como sucedió en Francia. O en Bolivia, donde
una multitud tira presidentes y busca reorganizarse a sí
misma. O en México, donde decenas de miles ya forman parte
de la Otra Campaña. 3. La otra política busca
establecer sus marcos político-teóricos en relación
con su práctica. En ese sentido, por ejemplo, la discusión
sobre quién y cómo se elabora un programa es ilustrativa:
En la otra política, e l programa deja de ser un cúmulo
de demandas y pasa a ser seña de identidad común.
Un programa, por más correcta que sea su elaboración,
no deja de ser un texto dirigido al poder, si no es elaborado por
un sujeto (muchos sujetos) social (sociales). El programa no existe
antes del sujeto. En la otra política la autocreación
del sujeto es la creación del Programa (ahora si con mayúsculas).
Y el espacio de su creación ya no es el parlamento o la campaña
electoral o la reunión de “sabios” que forman comisiones
ad-hoc, o las reuniones de líderes sociales, sino el lugar
donde la gente vive, trabaja, se junta, se divierte, estudia, se
organiza. Y entonces, “lo que queremos es lo que vamos
a construir”. Porque lo que nombramos comienza a existir. Estos
hombres y mujeres del subsuelo se han propuesto no cambiar a un
presidente, tampoco poner a un partido en lugar de otro, sino construir
otro país, otro mundo, donde no haya abajo ni arriba. Estos
personajes del subsuelo son nadie para la sociedad del poder. Nadie
es invencible porque es invisible, porque es inexplicable e inaprensible.
Los habitantes del subsuelo ya no están dispuestos a
ceder el paso, ni bajan la cabeza frente al poder. Esa no es una
transformación cualquiera. Desde luego no tiene mucha importancia
para aquellos que, desde la derecha o la izquierda, califican a
la gente a partir de cómo recibe sus análisis profundos
sobre los “grandes temas nacionales”. Pero tiene un gran significado
para la construcción de la otra gramática que, desde
luego, en el fondo son muchas gramáticas: la de la rebeldía.
En ese espacio la dignidad ocupa el lugar de honor. Los poderosos,
el capital, el Imperio tienen un gran enemigo enfrente y, a pesar
de lo que muchos podrían pensar, no se trata de un candidato
a la presidencia, o de un líder de masas, mucho menos de
un partido, ni un ejército revolucionario o rebelde, o un
Subcomandante. Se trata sí de la gente, la que todos los
días se baja al metro, se sube en trolebuses o microbuses;
las decenas de miles de indígenas y campesinos que llegan
todos los días a la ciudad o se van a trabajar a los Estados
Unidos; los millones que generan la riqueza de este país;
los millones que producen los alimentos; las comunidades zapatistas
que han dicho basta y están construyendo nuevos espacios
de convivencia logrando una modificación de sus relaciones
sociales; los émulos de Gavroche de los Miserables de Victor
Hugo, niños de las barricadas de Oaxaca. A pesar de que son
la mayoría de este país no se dejaban ver mucho, salían
cuando querían manifestarse contra una injusticia o cuando
quieren reivindicar sus derechos. Abajo se está tejiendo
una serie de vasos comunicantes que parece que ahora salen a la
superficie con sus propias palabras, sus propias demandas y con
su propia organización. La salida está abajo y a la
izquierda porque arriba y a la derecha sólo hay muerte, hipocresía
y miseria. 4. En la base del nuevo pensamiento rebelde
se encuentra la necesidad de escuchar. “El objetivo de la Otra Campaña
es escuchar a todas esas personas. Escuchar, ése es el espíritu
que anima a la Sexta Declaración de la Selva. A quienes invitamos
a preparar y a realizar la Otra Campaña los invitamos a preparar
y construir un espacio de escucha, uno nuevo, uno sin precedentes,
uno muy otro, como decimos los zapatistas. Un espacio que es el
lugar donde la palabra nace, donde agarra su modo, su manera de
nombrar la injusticia, la explotación, el desprecio, la represión,
la discriminación, el dolor y también su forma de
nombrar la lucha, la resistencia, el no dejarse, el no rendirse.
El volver una y otra vez por lo que nos pertenece legítimamente:
la Democracia, la Libertad y la Justicia” (2). Con esto
el zapatismo está haciendo una reflexión sobre lo
que fue su experiencia propia desde que se formó el EZLN
en 1983, con los pueblos indígenas del norte, los altos y
la selva de Chiapas. Como ellos lo han contado insistentemente,
cuando llegaron a esos lugares lo que llevaban consigo eran grandes
palabras: programa, estrategia, táctica, partido, revolución
socialista, etcétera. En la confrontación con los
pueblos indios, esos jóvenes revolucionarios tuvieron la
capacidad de poder escuchar lo que se les decía: que su palabra
era dura, que de esa manera nadie los iba a entender, que lo mejor
era que se callaran y escucharan. Y entonces tardaron más
o menos diez años, según dicen ellos, hasta que agarraron
el modo de las comunidades. Nosotros, la izquierda que
viene de una experiencia diferente, normalmente tenemos o teníamos
(los golpes de la vida enseñan) una hipótesis de poder,
un programa, una estrategia, un instrumento político. La
base de nuestra teoría casi nunca era nuestro pueblo, sino
otros pueblos y otras épocas. Nuestra concepción se
basaba en un diseño analógico, con lo cual empobrecíamos
no sólo nuestra experiencia sino el proceso real de los diversos
pueblos en cuestión. Con la Sexta Declaración,
el zapatismo nos plantea un nuevo reto: trabajar al revés.
Escuchar, dejar que la gente hable y a partir de ahí crear
el espacio de la palabra nueva, lo cual permitirá establecer
el programa anticapitalista y antineoliberal y la visión
de construcción de una nueva Constitución, que no
quiere decir otra cosa que construir un país nuevo, diferente.
Pero igualmente importante es el señalamiento sobre
el espacio donde la gente humilde y sencilla toma sus decisiones
políticas. La otra política no privilegia el mitin,
o la asamblea de los sabios que tienen línea política
para no importa qué país del mundo (es decir para
ninguno), o líderes sindicales o sociales con treinta años
como secretarios generales. La idea es partir al revés. Ahí
donde la gente vive, trabaja, se divierte, hace deporte, se junta,
convive, se organiza; ahí en el espacio público cada
vez más violentado por el capital y por el sistema de dominación;
ahí se va a reconstruir el pensamiento, la acción,
el programa y la práctica de la otra izquierda.
5. La otra política busca construir su propuesta global,
su Programa Nacional de Lucha, a partir de las microhistorias que
se están contando en el transcurso de la gira que se está
llevando a cabo. En esas microhistorias se condensan los grandes
relatos del capital, es decir los grandes procesos de la destrucción.
Nada ni nadie puede sustituir el proceso de toma de conciencia que
significa nombrar al monstruo. En esa dinámica de autoconocerse,
autoevaluarse y nombrar a su contendiente se va generando una energía
social que no puede existir cuando se piensa que la conciencia política
se introduce desde afuera y que los que escuchan son pasivos objetos
que están esperando la buena nueva de la palabra revelada.
En el atreverse a nombrar, a definir, a contar, a relatar, a analizar,
se muestra la fuerza de la identidad que se va creando, que se va
generando. Todavía se trata de un relato en voz
baja, que no logra acallar el impresionante ruido del show de los
políticos profesionales, pero que, poco a poco, al juntarse
con otros relatos, van conformando un coro poderoso que abre una
brecha en el terreno de la dominación, mostrando su voluntad,
su vocación por no permitir su continuidad. La fuerza de
estas microhistorias y de estos pequeños relatos es que nos
hablan, se hablan, de algo que nos es común a todos y, por
lo tanto, se convierten en nuestros relatos, en nuestras historias.
Todo esto va conformando un espacio común desde donde comenzamos
a reconstruir nuestra gran historia y nuestro gran relato.
6. La otra política establece un principio ético fundamental:
su punto de partida se encuentra en la asunción de que su
lugar privilegiado es entre los más explotados y los más
oprimidos. Desde luego, esta decisión no tiene que ver con
fortalecer los mecanismos de división que desde el poder
del dinero se han establecido para hacerle creer a los trabajadores
que siempre hay algo más que perder. Una de las tragedias
en el campo de los explotados y los oprimidos ha sido no entender
la responsabilidad que se tiene con los más desfavorecidos.
El capital siempre ha generado el temor hacia el extranjero pobre,
o hacia el migrante desarrapado, o hacia la mujer que exige sus
derechos, hacia el diferente, el otro, el enfermo, el que porta
algún tipo de contagio, el feo, el “contrahecho”, el que
usa huarache, el de ojos negros que no sonríe, etcétera.
La otra política abre un espacio de expresión
hacia todos esos seres humanos donde pueden levantar la cara y verse
con otros como ellos y con otros que, quizá sin saberlo,
muy pronto estarán como ellos. La otra política abre
un espacio de dignidad donde existan las condiciones para que los
“otros” cuenten su dolor, nombren a los responsables del mismo,
encuentren a sus aliados y ganen la confianza que les faltaba.
7. La otra política recupera la idea de que existe un
conflicto (muchos conflictos) que no puede ser pasado por abajo
del tapete con el único fin de hacer creer a la gente que
el arte de la política es evitar los conflictos. Más
aún, la otra política ubica cuatro conflictos como
los básicos (pocos pueden regatearle al zapatismo la capacidad
para sintetizar y ordenar en pocas palabras, diáfanas y precisas,
grandes fenómenos): explotación, despojo, desprecio
y represión. Al enumerar estos cuatro conflictos
se plantea que el arte de la política consiste en ubicar
el espacio y el tiempo de la confrontación, mientras que
la política tradicional busca afanosamente desdibujar el
conflicto ubicando un espacio y un tiempo de la desavenencia. Ahí
el espacio son las urnas y el tiempo el 2 de julio. Confrontación
y desavenencia. En la primera hay explotación, en la segunda
una distribución poco equitativa de la riqueza. En la primera
hay despojo, en la segunda hay ayuda a los pobres. En la primera
hay desprecio, en la segunda hay algunos excesos. En la primera
hay represión, en la segunda hay Estado de derecho.
8. En relación lógica con lo anterior, el problema
que se plantea la otra política no es responder a la típica
pregunta paternalista y asistencialista: ¿qué hacemos
con los pobres? Sino una pregunta esencial: ¿Qué hacemos
con los ricos? La primera pregunta no tiene salida sin resolver
la segunda. La pobreza, más allá de los proyectos
demagógicos tipo “hambre cero” de Brasil, o los dos que se
han implementado en México en este sexenio (Progresa de Vicente
Fox y el de la pensión universal de López Obrador,
ambos herederos legítimos de Solidaridad de Salinas de Gortari)
no es el resultado de una mala distribución de la riqueza,
sino que tanto la pobreza como la distribución de la riqueza
son el producto de un sistema de explotación y despojo. Decir
lo anterior es visto como una banalidad, pero como decía
un querido amigo suizo: “la amnesia de las banalidades habla más
del que olvida que de lo olvidado”. Resolver el problema de la existencia
de 11 personas que poseen más de mil millones de dólares—y
que aparecen en la lista de la revista Forbes de los 500 hombres
más ricos del mundo—es más sencillo que resolver la
existencia de 65 millones de pobres que viven con menos de tres
salarios mínimos. Porque, ahora sí, como decía
Maquiavelo: “es una maldad no llamar maldad a la maldad”.
9. La política tradicional no ha hecho otra cosa que interpretar
lo que la gente quiere y necesita cuando que, en la otra política,
de lo que se trata es de generar los espacios para que los trabajadores
del campo y la ciudad puedan tener el monopolio de la decisión
política, retomando el viejo precepto político que
dice: “lo que a todos afecta debe ser resuelto y decidido por todos”.
La premonición Hace algunos años, el
Subcomandante Insurgente Marcos escribió lo siguiente: “Así
es la lucha nuestra, me dice el Viejo Antonio. En la montaña
nace nuestra fuerza, pero no se ve hasta que llega abajo ... Y respondiendo
a mi pregunta de si él cree que ya es tiempo de empezar,
agrega: ‘Ya es tiempo de que el río cambie de color'. El
Viejo Antonio calla y se incorpora apoyándose en mi hombro.
Regresamos despacio. Él me dice: ‘Ustedes son los arroyos
y nosotros el río … Tienen que bajar ya …' Para agregar más
adelante: ‘los arroyos cuando bajan ya no tienen regreso … más
que bajo la tierra'”. Los zapatistas (el arroyo) van a
un nuevo encuentro con un río (los obreros, los campesinos,
los indígenas, las mujeres, los homosexuales, las lesbianas,
las trabajadoras sexuales, los niños explotados, etcétera)
mucho más grande, que cruza México de Tijuana a la
Realidad. Esta otra política zapatista no tiene regreso.
Notas 1. Maquiavleo, Nicolás. Discursos sobre
la primera década de Tito Livio. p. 37. Alianza editorial.
Madrid. 1987. 2. Resumen del Subcomandante Marcos en la
reunión con las organizaciones sociales. Recursos
Laura Carlsen, “An Uprising Against the Inevitable,” IRC Americas
Program (Silver City, NM:International Relations Center, April 18,
2006). http://americas.irc-online.org/am/3217 - Sergio
Rodríguez Lascano es economista y director de la Revista
Rebeldía, y colaborador con el IRC Programa de las Américas.
Fuente: Programa de las Américas del International Relations
Center (IRC)
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