EL GRAN MITO DEL
“LIBRE COMERCIO”
Henry Mora Jiménez
Universidad Nacional
No, no me refiero al mito del “empleo
abundante” gracias a los tratados de libre comercio; tampoco al
mito de la lluvia de inversión extranjera “para el desarrollo”,
y menos aun al de los muchos artículos importados a precios
rebajados para el consumidor, gracias a los menores aranceles.
Estos no son mitos, sino simples y llanas mentiras, aunque por la
forma en que se los presenta a la población a través
de la propaganda manipuladora, se trata en verdad de una gran estafa.
Por mitos me refiero aquí (tal como lo he aprendido del maestro
Franz Hinkelammert), a marcos categoriales del pensamiento, cuyo
análisis crítico es tan escurridizo y complejo, a
la luz de las categorías de la racionalidad instrumental,
el principio de causalidad y los juicios medio-fin; que nos obliga
a situarnos en otro espacio del pensamiento y de la acción
humana: el espacio mítico.
Los hay por lo menos de tres tipos:
a) los mitos que aparecen más
allá de la razón instrumental, en tanto la irracionalidad
de esta razón los hace visibles, apareciendo como amenazas
a la vida (por ejemplo, los mitos de la cientificidad moderna, lo
mismo que los mitos religiosos),
b) los mitos que se crean en cuanto
apologías míticas de la racionalidad instrumental
(por ejemplo, el mito de la mano invisible del mercado),
c) los mitos sacrificiales, es decir,
mitos que niegan las amenazas para la vida de la irracionalidad
de lo racionalizado y que celebran la muerte como algo necesario
para que haya vida.
El gran mito del “libre comercio” (que es a su vez el gran mito
de la modernidad), se basa en el mito del mercado y su mano invisible,
pero su especificidad, que es la que nos interesa exponer aquí,
consiste en ser un mito sacrificial del tipo “dar muerte para que
haya vida”. Va más allá del mito apologético
del libre mercado, para convertirse en un mito del orden y del poder.
El espacio mítico y los
mitos sacrificiales
Siendo contingente el mundo, el orden de la sociedad no puede ser
un orden espontáneo, sino que se impone la institucionalización
de las relaciones sociales (y del ser humano con la naturaleza),
sin la cual la convivencia humana, y la propia sobrevivencia, no
serían posibles.
La institucionalización impone reglas de comportamiento,
que en la modernidad se presentan como leyes (por ejemplo, el código
civil). Pero como estas leyes no se cumplen espontáneamente,
la institucionalidad presupone el ejercicio del poder. Este poder
tiene que imponerse, lo que se hace, en última instancia,
por la amenaza del castigo y de la muerte(por ejemplo, el código
penal). Por lo tanto, la institucionalización de las relaciones
humanas, aunque en sí misma es inevitable (condición
humana), resulta ser, en última instancia, administración
de la muerte en función del orden.
Sobre esta base se levanta el mito del poder, que podemos resumir
así: hay que dar muerte para que haya orden, hay que dar
muerte para que haya vida. Hiroshima, la Operación Condor
y el terrorismo de estado son ejemplos de este mito del poder. Es
el mito sacrificial: dar muerte para asegurar la vida.
El mito sacrificial de la modernidad
En la modernidad, pero especialmente en la actualidad que hoy vivimos,
bajo la imposición de la llamada globalización y su
“libre comercio” (que todo sea transformado en mercancía,
que la libre circulación de los capitales no “sufra” ninguna
“distorsión”); este sacrificio humano es *calculado*, y se
basa, como propuso Hayek, en un “cálculo de vidas”: es necesario
sacrificar vidas humanas hoy para preservar un mayor número
de vidas, mañana.
Es un mito tan sacrificial como los sacrificios humanos al dios
Baal de los antiguos fenicios; como los sacrificios aztecas para
honrar a sus divinidades, o como el sacrificio de herejes por el
Gran Inquisidor. Pero los sacrificios modernos no son realizados,
fundamentalmente, por el poder político, sino por el poder
económico del mercado totalizado: laissez-faire, laissez-passer,
laissez-mourir.
Es el sacrificio humano realizado por la explotación, la
exclusión, el despilfarro, la injusticia y la destrucción
de la naturaleza. Y al igual que en las sociedades pre-modernas,
se lo reclama como un sacrificio fértil, necesario y justificado.
No importa que los sistemas de patentamiento de los medicamentos
promovidos por las grandes transnacionales farmacéuticas
excluyan a millones de personas de los sistemas de salud y del acceso
a medicamentos baratos. Es el precio –se nos dice-, para financiar
la innovación en nuevos medicamentos que salvarán
vidas mañana.
No importa que se patenticen (o cuasi patenticen) las semillas que
los agricultores utilizan para producir sus cosechas, convirtiéndolos
en siervos de transnacionales como Monsanto. Es el precio –se nos
dice-, para aumentar la eficiencia del sector agrícola, como
antes se prometió con la revolución verde.
No importa que se privatice el control y la comercialización
del agua, atizando el círculo vicioso de enfermedad y muerte
debido a la escasez provocada por el no acceso al agua para la vida
y el saneamiento. Es el precio –se nos
dice-, que debemos pagar por superar los servicios públicos
ineficientes y desfinanciados.
No importa que millones de campesinos pobres pierdan su fuente de
trabajo y de sustento debido a la importación de productos
agrícolas subsidiados que con el “libre comercio” provienen
de los países ricos. Es el precio –se nos dice-, para favorecer
la agroexportación que sí genera divisas.
No obstante, el cálculo sobre el cual se basa este mito es,
a su vez, perfectamente mítico. Se calcula la muerte presente
en relación a un futuro desconocido que se promete, pero
que nunca llega. *Una muerte presente y real se promete compensar
con promesas de vida perfectamente irreales*: 5000 niños
mueren cada día en los países en desarrollo por causa
de enfermedades, como la diarrea, causadas por el consumo de agua
no potable, muertes perfectamente prevenibles; mientras la NASA
busca agua en las lunas de Júpiter.
Es el mito presente de una sociedad calculadora de la eficiencia
abstracta, una sociedad que calcula la eficiencia de
los sacrificios humanos, aunque lo haga de una manera completamente
arbitraria y sin ningún fundamento real. Se perfila como
el mito del Siglo XXI, a menos, quizás, que desde este pequeño
país llamado Costa Rica le digamos al mundo que la vida humana
no es calculable ni sacrificable.
NO al
TLC.
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