Una
alternativa para el bosque de los miskitos
Gilberto
Lopes
Tomado de MEMORIA
Los bosques
vírgenes de la costa Atlántica de Nicaragua son escenario
de la vida de una comunidad indígena que lucha por preservarlos
consciente de que su futuro depende de estos árboles milenarios.
Estas tierras
ancestrales de la mosquitia, en la zona atlántica nicaragüense,
han sido, desde el siglo pasado, escenario de fantásticas
operaciones comerciales. Hace cien años por aquí fluía
oro, plata, cobre, zinc, madera y banano desde tierra adentro hasta
desembocar en el mar Caribe, para abastecer los mercados de Estados
Unidos y de Europa.
La mosquitia, territorio indígena que Nicaragua comparte
con Honduras, veía así drenados sus recursos por la
venas de ríos maravillosos que la recortan en complicados
arabescos. La Región Autónoma del Atlántico
Norte (RAAN), en el Caribe nicaragüense, tiene 58 mil km2,
algo más que la extensión de la vecina Costa Rica,
pero aquí viven sólo 231 mil habitantes, mucho menos
que los casi cuatro millones de costarricenses; la mayoría
de la etnia miskita, pero también hay sumos e hispanoparlantes.
Aquí está cerca de 60 por ciento de los bosques vírgenes
que restan a Nicaragua. “Es la zona donde hay más recursos
forestales, marinos y una naturaleza espectacular, pero la región
es la más pobre del país”, explica Centuriano Knight,
representante de la organización indígena Yatama y
miembro del gobierno regional.
La RAAN y su hermana, la Región Autónoma del Atlántico
Sur (RAAS), reciben apenas 0.93 por ciento del presupuesto estatal,
dice Knight. En Prinzapolka, por donde hace cerca de un siglo se
escurría la riqueza mineral, la caoba y el cedro real, el
ingreso per cápita es de 28 dólares anuales, destaca.
Tierra
mágica
Era noche
cuando llegamos a la comunidad de Layasiksa, al sur de Puerto Cabezas,
en el atlántico nicaragüense. Aquí vamos a dormir,
en hamacas. No hay luz, agua ni teléfono. Construidas sobre
estacas, las casas, de madera –o “casas de tambo”, como las llaman–,
se esparcen por el enzacatado. Los animales –cerdos, gallinas, vacas–,
sueltos, buscan qué comer desde temprano. Los hombres cazan
y pescan; las mujeres también.
Son 136 familias, algo menos de mil personas, en las orillas de
la laguna de Layasiksa, en cuyo curso sus aguas convergen con el
río Kukalaya fluyendo en la laguna de Wouhta, hasta desembocar
en las aguas “esmeraldas” del Caribe. Siembran algo en tierras cercanas:
frijol, arroz, maíz, yuca, pero aquí no hay trabajo
asalariado, salvo para los profesores de la escuela o una enfermera.
La comunidad tiene unas cien mil hectáreas de tierras, de
las cuales son 35 mil de bosques, 4 mil 500 son sometidas a un plan
de manejo. Cerca de otras cinco mil han sido dadas en concesión
a la empresa maderera PRADA, que las trabaja también con
un plan de manejo certificado.
Es aquí donde el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) está
desarrollando su trabajo para al conservación del bosque,
una de las áreas de selva tropical más importante
de Centroamérica. “Hemos iniciado tres líneas de trabajo:
conocer los recursos, elaborar un plan de manejo y evaluar su impacto
ambiental”, explica Steve Gretzinger, director forestal de WWF Centroamérica.
¿Qué vamos a hacer con la madera?, se pregunta Gretzinger.
La comunidad es rica en maderas preciosas y también en pino
Caribe, además de otras especies. Las alternativas, por ahora,
son dar la tierra en concesión, vender la madera en rollo,
aserrada, o elaborar productos de artesanía y muebles. “La
madera preciosa, como la caoba o el cedro real, se aprovechó
sin manejo y casi no queda”, asegura Ronaldo Ocampo, un miskito
de 25 años ahora miembro del Comité Forestal Comunitario
de Layasiksa. Actualmente, queda apenas una reserva de cuatro mil
hectáreas, que piensan mantener así, pero las presiones
son permanentes.
Si hace un siglo salían de aquí maderas preciosas
y oro para los mercados de Estados Unidos y Europa, ahora hay cierta
reticencia para comprar maderas de bosques tropicales. La conciencia
ecológica provoca resistencia entre grupos europeos que ven
con preocupación su destrucción. Tienen razón.
Si no puede aprovecharse la madera, los bosques de las comunidades
de Layasiksa no tendrían ningún valor, aunque seguirían,
probablemente, siendo talados de forma ilegal por quienes controlan
los mecanismos que les permiten hacer llevar esta madera preciosa
a mercados sofisticados, hambrientos de un producto cada vez más
escaso, o simplemente se tumbaría la madera para crear tierras
de pasto y poder sobrevivir.
La comunidad de Layasiksa ha elaborado un plan de manejo del bosque.
El plan consideraba el aprovechamiento de un área de 200
hectáreas el año pasado y de 204, este año.
De eso se trata el plan de manejo: utilizar el bosque de manera
racional, aprovechando aquellos árboles que ya no van a crecer
más y dejando que se desarrollen los que todavía no
han llegado a un nivel adecuado de aprovechamiento, y también
aquellos más viejos, que sirven para semillas, que permiten
reproducir la especie. Ese plan tiene la virtud de evitar la destrucción
del bosque y de permitir a la comunidad miskita salir, poco a poco,
de la dramática pobreza en que vive.
Manejo
adecuado del bosque
Es precisamente
con esta visión de asegurar calidad de vida a quienes viven
del bosque, en especial si son indígenas, como en 1993 se
formó en Oaxaca, México, el Consejo de Manejo Forestal
(FSC, por sus siglas en inglés), que hoy tiene su sede en
Alemania. Se trata de la unión de diversas ONG y dueños
de bosques empeñados en promover la idea de un manejo responsable
del recurso forestal.La FSC elaboró estándares de
manejo forestal sostenible, incluyendo una cadena de custodia de
toda la línea de producción, cuyo punto de partida
es que la operación sea legal, que se respeten los derechos
de las comunidades indígenas y se analice el impacto ambiental
del aprovechamiento. En Nicaragua, hay ya más de 13 mil hectáreas
certificadas según patrones estrictos de aprovechamiento.
Ocampo explica, con palabras sencillas, los procedimientos de certificación
de la madera y cómo deben seleccionarse los árboles
aptos para ser talados en el bosque. En pocas semanas, los líderes
miskitos aprenden las normas básicas de la conservación
que luego explican, con mucha propiedad, a sus hermanos y a los
propietarios de tierras en la zona. Desde luego, hay todavía
un largo camino por recorrer antes de que la certificación
se consolide en esta remota zona. Pese a los problemas, los indígenas
reconocen hoy que es mejor realizar un manejo adecuado del bosque
que talarlo de forma desmedida, pues el bosque es su banco, su futuro
asegurado por la madera que provee y por los beneficios asociados
a la salud del ambiente natural. La propuesta de un manejo racional,
promovido por instituciones globales de conservación como
WWF, y de programas que ayuden a las comunidades indígenas
a aprovechar las enormes riquezas naturales que poseen, ofrecen
una alternativa para enfrentar la pobreza y respetar el ambiente.
“WWF no puede dejarnos; si nos sueltan, nos caemos; tienen que apoyarnos
hasta que estemos preparados”, dice el síndico de Layasiksa.
“Si nos va bien, vamos a recibir unos 50 mil dólares este
año”, añade. “Quince mil para cubrir gastos y el resto
para mejorar el nivel de vida de la comunidad, contratar una enfermera,
comprar remedios, apoyar el estudio de los jóvenes”, dice
Rufino Johnson.
El Plan Nacional de Desarrollo de Nicaragua, recientemente aprobado,
propone la formación de conglomerados (o clusters) industriales
para el desarrollo del país. El sector forestal es uno de
esos clusters. Carlos Zúñiga, de la Comisión
Presidencial de Competitividad, estimó que WWF es el tipo
de socio para impulsar el desarrollo del cluster.
Estamos todos
en este barco, ¿qué otra alternativa hay para promover
el desarrollo de esas comunidades empobrecidas y asegurar un aprovechamiento
racional de sus recursos naturales? Por ahora, no la hay.
El
autor es periodista brasileño radicado en Costa Rica.
Fuente: Ecoportal, 2004.
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