Cambios y desafíos en Medio Oriente

 

Sergio I. Moya Mena

La Prensa Libre

30 diciembre de 2006

 

El año 2006 ha estado marcado por cambios verdaderamente significativos en Medio Oriente. Desde la radicalización de la guerra en Irak y Afganistán, hasta la crisis política inter-palestina, la región sigue siendo el área de mayor interés geopolítico en el planeta y lo será probablemente también en 2007.

El elemento más trascendental del año ha sido el erosionamiento del poder e influencia estadounidense. Un proceso catalizado por el fracaso de la intervención en Irak, la incapacidad para estabilizar Afganistán y la falta de pericia diplomática y voluntad política para enfrentar los temas más espinosos, como el conflicto palestino-israelí o la guerra Hezbollah-Israel. Las aventuras de Afganistán e Irak no han hecho más que abrir la Caja de Pandora liberando una serie de nuevas amenazas que la administración Bush claramente ha sido incapaz de enfrentar.

Estas políticas no solo no han traído estabilidad o prosperidad, sino que han tenido el efecto contraproducente de reforzar al integrismo islámico y han terminado erosionado el prestigio de los Estados Unidos como un interlocutor confiable y comprometido con la libertad, los derechos humanos y la democracia. Lo anterior no significa que dicho país ha dejado de ser un actor político relevante en esta parte del mundo, pero así como la Crisis de Suez en 1956 marcó el fin de la hegemonía inglesa y francesa en Medio Oriente, el fracaso en Irak pone fin a la era de dominio hegemónico norteamericano en la región, iniciada a partir de la primera guerra de Irak. En adelante ese país deberá competir con la creciente influencia de poderes regionales como Siria e Irán o actores radicales no estatales como Hezbollah, que en el futuro jugarán un rol decisivo en los conflictos regionales.

Otro hecho históricamente inédito es la guerra entre chiítas y sunitas en Irak, dos colectividades que durante siglos habían convivido pacíficamente. El conflicto -desatado a partir de la invasión norteamericana- refleja en alguna medida el resurgimiento religioso y político de los chiítas, una comunidad islámica de más de 140 millones que se extiende desde Karachi hasta Beirut. La convivencia entre chiítas y sunitas será un factor decisivo para la estabilidad en los próximos años.

El “avance” democrático en el mundo árabe durante este año también merece reseñarse. El nuevo parlamento iraquí asumió funciones y se eligió a un nuevo gobierno; hubo comicios en Emiratos Árabes (los primeros de su historia); Bahrein y en la Autoridad Palestina. No obstante, se trata de progresos muy limitados, pues el simple hecho de llevar a cabo elecciones no resuelve los problemas de la región ¿De qué le sirvió a los palestinos elegir a un gobierno si éste fue inmediatamente vetado por la comunidad internacional precipitando una crisis institucional? ¿De qué sirve a los iraquíes tener un gobierno representativo si luchas sectarias se cobran la vida de decenas diariamente, 2,3 millones de iraquíes han abandonado sus hogares por la violencia y el país sigue bajo una ocupación militar extranjera que rechaza el 83% de la población? Una auténtica democracia requiere tolerancia, pluralismo y autonomía frente a poderes foráneos, elementos que lamentablemente no están suficientemente arraigados en la cultura política de los países árabes.

Finalmente otro elemento relevante ha sido el enfrentamiento entre facciones palestinas que en los últimos días del año amenaza con el espectro de una guerra civil. Esto no solo debilita las ya raquíticas bases de la Autoridad Palestina, sino que aleja aún más la posibilidad de un estado independiente. El conflicto entre Hamas y Fatah tiene como perdedor único al propio interés nacional palestino y obviamente favorece a Israel, que mientras tanto amplía los asentamientos ilegales en Cisjordania y persiste con su política de apartheid contra los árabes.

El panorama político para 2007 se presenta de nuevo marcado por el conflicto. En el caso de Irak, después de cuatro años de ocupación norteamericana resulta obvio que no existe “solución” militar. Así lo reconoce implícitamente el Informe Baker-Hamilton, que sugiere iniciar la retirada gradual de las tropas y un diálogo “constructivo” con Irán y Siria. Pese a esta sensata señal de alerta, Bush parece empeñado en continuar su fallida estrategia. Una mesiánica tozudez que expone a Estados Unidos no solo a un fracaso militar más contundente sino que incluso, aleja día a día la posibilidad de una salida honrosa de Irak. Esa misma testarudez es la que eventualmente le llevaría a atacar a Irán ya sea directamente o a través de Israel, un hecho que sin duda extendería la guerra por todos los estados del Golfo Pérsico, incluida Arabia Saudita. Con respecto al problema palestino-israelí, más allá del reciente encuentro que han sostenido Ehud Olmert y Mahmoud Abbas, sus gobiernos no contarán con suficiente legitimidad a lo interno de sus respectivos países como para encabezar negociaciones de paz sólidas.

En un Medio Oriente en el que se rompen hegemonías históricas y el poder se ha diluido, la solución de los complejos problemas políticos y religiosos requerirá un enfoque político-diplomático más multilateral. Esta es la piedra basal en la construcción de una paz duradera.

 

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