Después de La Meca Sergio I. Moya Mena La Prena Libre 26-2-07
Frente a un panorama político que a menudo luce desolador, el acuerdo alcanzado recientemente en La Meca entre el Movimiento de Resistencia Islámica Hamas y Fatah no sólo trae esperanza a Palestina y replantea el tema de un acuerdo de paz con Israel, también evidencia un interesante acomodo de los intereses y protagonismos político-diplomáticos en la región.
El pacto, a pesar de su fragilidad, representa el posible fin de un vergonzoso enfrentamiento armado que cobró la vida de casi noventa personas y estaba al borde de provocar una guerra civil inter-palestina. La tensión entre las facciones se había intensificado debido al aislamiento internacional y las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea contra el gobierno de Hamas, agravaron la ya deplorable situación económica de los palestinos, el 60% de los cuales vive en condiciones e pobreza.
Dicha crisis tuvo episodios inéditos, casi surrealistas. El que EE.UU. e Israel manifestaran su “apoyo” al débil presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas y le prometieran ochenta y seis millones de dólares para entrenar y armar a su guardia presidencial, desconcertó -con razón- a muchos palestinos, que no entendían ese “súbito cambio” en las simpatías de sus antagonistas tradicionales.
En todo caso, el acuerdo parece reconocer que la defensa del interés nacional palestino no puede ser patrimonio de una sola facción; se requiere la unidad de todos los sectores políticos. Algo que ciertos sectores de la comunidad internacional parecen no acabar de entender. Como lo reconoce el primer ministro egipcio Ahmed Nazif, obviar el hecho de que Hamas es una organización representativa que ganó las elecciones de enero de 2006 con casi el 45% de los votos y pretender que “no existe”, parece no llevar a ningún lado.
Los EE.UU. y los otros miembros del Cuarteto (Naciones Unidas, la Unión Europea y Rusia) exigían al gobierno del primer ministro Ismail Haniye, de Hamas, “renunciar a la violencia, aceptar los acuerdos con Israel y reconocer la existencia del Estado Judío”, pero esto último era un tema que no estaba en la mesa de discusión en La Meca. Dicho reconocimiento es previsible a largo plazo, y de hecho el líder de Hamas, Khaled Mescal, admitió hace algunas semanas que “Israel es una realidad”; pero el reconocimiento formal estará sujeto al establecimiento de un Estado palestino.
La constitución de un gobierno de unidad nacional refuerza la posición palestina de cara al restablecimiento de un proceso de negociación con Israel, pero ya el primer ministro Ehud Olmert y la Secretaria de Estado de los EE.UU. Condoleezza Rice, han afirmado que boicotearán al nuevo gobierno si Hamas -que forma parte del mismo- no cumple las condiciones exigidas. Esta actitud no representa ninguna novedad. Es parte de la tradición estrategia israelí de dilatar perennemente un acuerdo justo en la región. En alguna medida Israel, a través del principio de “divide y vencerás” se ha beneficiado del caos palestino de los últimos meses para expandir sus asentamientos ilegales en Cisjordania y Jerusalén. Parece entonces claro que, sin importar cuantas concesiones estén dispuestos a hacer los palestinos, nunca cumplirán las expectativas israelíes.
En el ámbito regional, el acuerdo de La Meca hace de nuevo brillar la estrella saudí como poder diplomático regional. Arabia Saudita ha venido jugando un rol de estabilizador en varios escenarios de crisis como Líbano, a cuyo gobierno -que enfrenta una creciente oposición de los chiitas- “donará” 1.100 millones de dólares, o Irak en donde ha aumentado su compromiso público, especialmente en defensa de las comunidades sunitas.
Por un lado, el patrocinio que ha tenido Arabia Saudita en este acuerdo busca neutralizar la creciente influencia de Irán en la región; por otro lado, los saudíes parecen desmarcarse de la política norteamericana de no hablar con Hamas, Irán o Siria, compenetrándose en la discusión de los principales problemas regionales, muchos de los cuales estaban amenazando sus intereses inmediatos. Tal es el caso del ascenso político de los chiitas en Líbano después de la guerra entre Hezbollah e Israel, o el propósito del presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad de dotar a su país de un programa nuclear. Los saudíes quieren estabilizar la región y evitar cambios en el statu quo, y si esto implica tener que negociar con interlocutores incómodos como los iraníes, lo harán. De hecho, el príncipe Bandar, uno de los personajes más influyentes del reino saudí, ha dialogado directamente con Teherán sobre temas de seguridad regional.
El protagonismo saudí, que ya no se circunscribe al área del Golfo Pérsico, contrasta con la decreciente influencia de Egipto en la diplomacia regional. En los últimos años este país había sido el principal mediador entre las facciones palestinas, pero sus recientes esfuerzos habían fracasado. Además, muchos perciben la voz del Cairo como una caja de resonancia de Washington en la región.
Los acuerdos alcanzados en La Meca, si bien cierran un episodio muy triste, no resuelven los problemas más graves de los palestinos. No obstante, demuestran la pertinencia que tienen en estos momentos el pragmatismo político y el diálogo en Medio Oriente.
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