De Martí a Evo Sergio I. Moya MenaProfesor de Relaciones InternacionalesCuando en Costa Rica la amenaza de una consolidación del neoliberalismo parece inminente, América Latina (en el sentido opuesto), continúa sacudiéndose de ese modelo que, tras veinticinco años, ha erosionado democracias y multiplicado las desigualdades sociales. Esta vez es en Bolivia en donde un sencillo ex trompetista de banda, ex dirigente futbolístico y cultivador de hoja de coca, se ha convertido en el primer presidente indígena de Sudamérica. Se trata de un acontecimiento que amerita una profunda reflexión para todos los latinoamericanos, pues su trascendencia va mucho más allá de los Andes. Evo Morales y su Movimiento al Socialismo, MAS, han alcanzado en la elección presidencial un impresionante 54% de los votos, algo sin precedentes en la política boliviana (en 2002 el último presidente electo, Gonzalo Sánchez de Lozada obtuvo apenas el 22.5%), lo cual otorga una indiscutible legitimidad al nuevo mandatario, pero más importante aun, rompe con la tendencia histórica de la izquierda boliviana a la dispersión. Esta última elección sepulta el corrupto sistema de partidos que durante veinte años amparó -a través del “pactismo”- la dilapidación de las riquezas nacionales, la corrupción y la exclusión de los indígenas. Este último elemento constituye sin duda alguna el aspecto central de la victoria de Evo: por primera vez en 500 años los indígenas recuperan la conducción de sus destinos. El movimiento indígena indoamericano se convierte progresivamente en un actor político imposible de ignorar. Primero, la insurrección zapatista de 1994, exigiendo “un mundo donde quepan todos”; más tarde, los levantamientos indígenas en Ecuador. Ahora, el caso de Bolivia es también el resultado de un acelerado crecimiento de la combatividad y las movilizaciones populares que los indígenas han protagonizado en defensa de recursos naturales como el agua y el gas, contra el racismo y la política neoliberal, y básicamente, en defensa de sus identidades culturales y nacionales, deliberadamente ignoradas por un Estado constituido sobre la base de la exclusión y la dominación de una pequeña minoría blanca. Detrás de la victoria de Evo está la reivindicación de una cosmovisión ancestral con 500 años de resistencia. Una cosmovisión que no pretende ser superior a ninguna otra, simplemente pretender ser. Frente al fracaso del capitalismo salvaje que se instauró en Bolivia con el polémico Decreto 21060 de 1985, los indígenas reclaman un modelo económico basado en la solidaridad, la reciprocidad, la comunidad y el consenso. Un ambicioso proyecto de socialismo comunitario que concibe a la Madre Tierra, o Pachamama, como algo viviente, cuya realidad abarca tiempo, espacio, vida y conciencia; un cosmos activo en permanente recreación y en el cual el ser humano vive en relación simbiótica. El triunfo del pasado 18 de diciembre constituye el más reciente capítulo de una historia de lucha por la libertad y la emancipación de los pueblos aymaras, quechuas y guaraníes de Bolivia. Hace resonar el grito rebelde de Tupak Katari, de Zárate Willka y reivindica a Gualberto Villarroel y a Marcelo Quiroga Santa Cruz. Para los latinoamericanos, la victoria indígena reivindica a José Martí quien, como ningún otro supo entender la necesidad de reorganizar América Latina desde su real multiculturalidad. Cuando Martí propone Nuestra América como utopía histórico-social enmarcada en la lucha por la emancipación política y social de nuestros pueblos, asegura que esta América no se salvará “contra”, sino “con sus indios”. Ciertamente revertir tantos siglos de exclusión es una ardua tarea para Evo, pero no cabe duda que éste es el momento histórico preciso para fundar -a través de una Asamblea Constituyente- un Estado genuinamente multinacional, pluricultural, multiétnico y democrático. La consigna es clara: “mandar obedeciendo al pueblo”. Nunca más una Bolivia sin zampoña ni chullo, nunca más una Bolivia sin sus indígenas. |