¿Hacia donde va Israel?

Sergio I. Moya Mena

Profesor de Historia de las Relaciones Internacionales

La Prensa Libre

1-12-2006

Hay momentos en la historia de cada país en que se impone hacer un alto en el camino para corregir un rumbo equivocado. Este es el caso de Israel, que vive una profunda crisis que amenaza su identidad como nación democrática y su futuro en Medio Oriente. El barco se dirige hacia un precipicio sin que su clase política tenga la visión y coraje para leer los signos de los tiempos.

El reciente fracaso militar y político ante la organización chiíta Hezbollah ha replanteado un reacomodo del equilibrio de poder en Medio Oriente. Hace 10 años el ex Primer Ministro israelí Shimon Peres presentaba su sueño de un “Nuevo Medio Oriente” en el que los pueblos de la región trabajarían juntos para construir una paz basada en la cooperación socioeconómica. Hoy día el panorama no podría ser más distinto. Efectivamente, después de la guerra de julio y agosto de este año se puede hablar de un nuevo Medio Oriente, pero en este escenario uno de los elementos más evidentes es la erosión de la influencia y poder de disuasión israelí en la región.

A diferencia de todas las guerras que ha enfrentado el país desde 1948, en ésta no se alcanzaron ninguno de los objetivos tácticos y políticos oficiales: no se liberó a los dos oficiales capturados por las milicias chiítas y no se debilitó sustancialmente la infraestructura militar de Hezbollah, que según su líder el Sheik Hassan Nasrallah, cuenta todavía con 12.000 cohetes Katyusha. La guerra tuvo más bien un efecto “boomerang”, pues la capacidad de resistencia demostrada por Hezbollah catapultó su prestigio entre la población libanesa y en general en todo el mundo árabe y las desproporcionadas acciones militares israelíes que afectaron severamente a la población civil libanesa, indispusieron aún más a la opinión pública internacional contra el gobierno israelí.

Si ya antes del conflicto Israel era una sociedad marcada por hondas contradicciones religiosas y culturales (especialmente por las divisiones entre judíos ortodoxos y laicos), la “derrota” sufrida este año ahonda aun más la dimensión política e institucional de la crisis. El liderazgo del país está severamente cuestionado y sin credibilidad. Una encuesta publicada después de la guerra muestra que el 53% de los israelíes considera que el Primer Ministro Ehud Olmert, el Ministro de Defensa Amir Peretz y el Jefe del Estado Mayor del Ejército Dan Halutz, deben renunciar por haber conducido al país a una guerra insensata y pésimamente dirigida, mientras que otro sondeo publicado en el diario Maariv, muestra que el 42% de los entrevistados considera a Olmert como corrupto o muy corrupto.

Lejos de haber hecho una valoración objetiva y mesurada de las nuevas circunstancias geopolíticas regionales y la posición del país en Medio Oriente, el gobierno de Olmert se ha embarcado en una senda de extremismo, intransigencia y desprecio por la vida humana. El último episodio de esta peligrosa tendencia ha sido el operativo del Ejército Israelí en la aldea palestina de Beit Hanun en Gaza, que terminó con la vida de 19 civiles, incluidos muchos niños. La “masacre” -como la denominó el pacifista judío Uri Avneri- fue condenada por la Unión Europea y la Asamblea General de Naciones Unidas, mientras que Olmert respondía cínicamente cuestionando lo que llamó “altanería moral de los miembros de la comunidad internacional”.

Beit Hanun no ha sido un episodio aislado, el extremismo y la intolerancia parecen arrastrar -con muy pocas excepciones- a toda la clase política israelí. Hace unas semanas Olmert incorporó a Avigdor Lieberman en su coalición de gobierno, un demagogo racista que propone intercambios territoriales y de población entre Israel y la Autoridad Palestina "para crear dos Estados étnicamente homogéneos". La plataforma electoral de Lieberman proponía retirar el derecho de voto a los no judíos (árabes israelíes) y limpiar étnicamente a los palestinos de Galilea, Cisjordania y Gaza a través de la expansión de los asentamientos judíos y confinando a los árabes en “bantustantes” como los del Apartheid de Sudáfrica. Lamentablemente estas no son las únicas señales de extremismo. A principios de este mes el diputado Effie Eitam afirmó ante la radio que los ciudadanos árabes israelíes (más o menos el 25% de la población) eran una “quinta columna” y que el Estado debía “alentarles” a irse. Estas circunstancias naturalmente alejan aun más la posibilidad de un acuerdo de paz con los palestinos. La falta de voluntad política de Olmert quedó patente al rechazar hace unos días una iniciativa de paz impulsada por el Primer Ministro español .

Que todo esto ocurra en lo que algunos consideran “la única democracia de Medio Oriente”, resulta muy preocupante. Los líderes de ese país deben entender que los tiempos han cambiado. Ningún pueblo puede ser verdaderamente libre ni democrático si oprime a otro. Ciertamente Israel tiene derecho a defenderse, pero el uso desmedido de la fuerza militar contra sus vecinos -especialmente los palestinos- más que prueba de fuerza, es señal de la debilidad y bancarrota moral de los líderes, que no parecen entender que la seguridad del país no podrá seguir garantizándose a través de la ley del “ojo por ojo”, y saboteando perennemente un acuerdo con sus vecinos basado en la justicia y la equidad.

 

 

inicio | contacto | artículos de Sergio Moya Mena | enlaces | Altermundo

articulos | filosofía de Abya Yala | consejo editorial | pueblos originarios

© wiphala.org - San José, Costa Rica. Apartado postal 109-7050 Cartago