La tragedia del neocolonialismo

 

Sergio Moya Mena

La Prensa Libre, 21 sep. 2007

           El esperado reporte Petraeus-Crocker sobre la situación en Irak ante el Congreso norteamericano, demuestra el verdadero carácter neo-colonial de la presencia estadounidense en este país árabe. Los iraquíes pueden tener un gobierno propio, pero éste no es más que un administrador colonial supeditado en el ejercicio de su soberanía o autodeterminación a los designios de la metrópoli.

El reporte, que dibuja una situación de “reconciliación sectaria” y afirma que “se están cumpliendo los objetivos militares”, lo cual permitiría el retiro de 30 mil de los 138 mil soldados de la Coalición desplegados en el país, convence a muy pocos. Obviamente, ha sido recibido críticamente por los demócratas, que cuentan con más posibilidades de vencer en las elecciones del 2008. Ni Hillary Clinton ni Barak Obama desean “heredar” el compromiso de una guerra crecientemente impopular y que sólo el 5% de los norteamericanos confía en ganar. Por su parte, precandidatos republicanos como Rudolph Giuliani o Mitt Romney apuestan a mantener la ocupación militar hasta que se alcance una “victoria frente al terrorismo”. Las diferencias en Washington respecto a la guerra y en general sobre la política exterior no habían sido nunca tan polarizadas como ahora.

Esto implica que para desgracia de los iraquíes, la guerra se ha convertido en el tema principal de la campaña electoral en los Estados Unidos, haciendo que cualquier consideración sobre su propio destino quede supeditada al interés electoral de Republicanos y Demócratas. Frente a los cálculos políticos y estratégicos, la situación y el sufrimiento de los iraquíes parece ser algo que pasa a segundo término, se invisibiliza, convirtiéndose en una rutina que a pocos interesa. Al igual que en otros conflictos coloniales como Argelia, Congo o Vietnam, las víctimas locales cuentan poco. Las masacres diarias, la destrucción de la infraestructura y la desventura de los desplazados, ya no ocupan los titulares de los medios de prensa más importantes.

            La situación humanitaria, si bien se ha deteriorado gravemente después de la invasión, tristemente no es un fenómeno nuevo. Desde la Guerra del Golfo en 1991, las Naciones Unidas implementaron un embargo contra el régimen de Sadam Hussein que, no sólo dejó intacto el poder del dictador, sino que tuvo un impacto devastador en la población civil. El embargo, que implico entre otras cosas la imposibilidad de reparar el suministro de agua o electricidad después del conflicto, importar medicinas, reparar camas pediátricas o sustancias vitales para la cirugía pues “podrían utilizarse para la construcción de armamentos”, fue responsable -de acuerdo a organizaciones humanitarias- de la muerte de al menos 100 mil niños iraquíes, un “efecto colateral” que Occidente asumió sin ningún pudor. Cuando se le preguntó a la entonces embajadora de los EE.UU. en las Naciones Unidas Madeleine Albright, cuál era su reacción a esta matanza de niños afirmó “consideramos que el precio lo vale”.

           La invasión del país en 2003, aunque provocó muchas bajas civiles no generó inmediatamente una crisis humanitaria, que sí se desencadenó cuando la Coalición inició la lucha contra la insurgencia. Tan sólo hasta el mes de julio de 2006 la revista médica británica The Lancet, había estimado en 654.965 el número de iraquíes muertos a consecuencia de la guerra, un promedio diario de 150. La situación más de un año después es una verdadera catástrofe. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), hay 1.9 millones de desplazados internos y otros 2 millones han tenido que huir a países vecinos, especialmente Jordania y Siria. El 70% de los iraquíes carecen de acceso al agua potable y el 80% no cuenta con servicios sanitarios efectivos, lo cual ha provocado -entre otras cosas- que enfermedades como el cólera reaparezcan. El 40% de la población vive en una situación de pobreza absoluta y el desempleo ronda el 50%.  Más de 8 millones de iraquíes requieren asistencia de emergencia, de acuerdo a un informe de la organización humanitaria Oxfam Internacional.

          Inexorablemente la guerra golpea a los más vulnerables. La violencia y la desintegración familiar han obligado a miles de mujeres ha asumir las tareas de jefes de hogar, llevando al  menos a 50.000 a ejercer la prostitución para mantener a sus familias. También los niños pagan las consecuencias de esta guerra insensata: el 28% presenta desnutrición, frente a un 19% antes de la invasión. El 70% no va al colegio, casi 800 mil han abandonado el colegio y el 92% de quienes han permanecido presentan alguna dificultad de aprendizaje, debido a la situación generalizada de temor. Toda una generación de iraquíes crece ahora sin educación y alienada.

           Lo peor de todo es que, a pesar de la evidente incapacidad de los EE.UU. para mejorar la situación política y humanitaria en Iraq y ante la inexistencia a corto plazo de condiciones para una solución política a la guerra civil, la retirada de la Coalición militar podría ocasionar una tragedia humanitaria de mayores proporciones, pues la guerra sectaria terminaría desmembrando al país. La dependencia con la metrópoli ocupante ha quedado sellada por mucho tiempo.

 

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