Las imágenes
del socialismo
Raúl
Zibechi
18 de
enero
La polémica nacida al calor de la reciente propuesta del
presidente Hugo Chávez de crear un partido único de
sus partidarios en Venezuela, que va de la mano de su iniciativa
de construir el socialismo del siglo XXI, parece una buena oportunidad
para alentar un debate siempre vigente y necesariamente inconcluso
sobre el mundo otro al que muchos aspiramos. Como señaló
el sociólogo venezolano Edgardo Lander, resulta imposible
avanzar en el debate sin hacer un balance del socialismo real. Para
quienes nos hemos formado en el pensamiento de Marx, la experiencia
pasada y presente del "movimiento histórico que se está
desarrollando ante nuestros ojos" (Manifiesto comunista) es
la referencia ineludible en este debate.
Las trayectorias de muchos movimientos sociales latinoamericanos
tienen estrecha relación con las metáforas a las que
Marx apeló para delinear sus visiones de la revolución
y el mundo nuevo. No se empeñó en formular una "teoría
de la revolución", como le endilgaron buena parte de
sus seguidores, sino que se limitó a pensar con base en imágenes
o parábolas si se prefiere nacidas de la experiencia
concreta. Sus construcciones teóricas pretendían impulsar
el movimiento real, no indicarle un camino único, atemporal,
ahistórico, válido para todos los tiempos y en todas
las latitudes.
Al hilo de la Comuna de París (en La guerra civil en Francia)
recordó que "los obreros no tienen ninguna utopía
lista para implantar por decreto del pueblo (...) no tienen que
realizar ningunos ideales, sino simplemente dar suelta a los elementos
de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva
en su seno". En otras ocasiones, acudió a la imagen
de la revolución como partera: no es la revolución
la que crea el mundo nuevo, sino que, "simplemente", lo
ayuda a nacer. Nunca apostó al Estado como clave de bóveda
de la construcción del socialismo, institución que
siempre consideró como obstáculo en el camino emancipatorio.
Ante nuestros ojos aparecen hoy multiplicidad de prácticas
de cambio social que crecen en el seno de los movimientos, de la
selva Lacandona a la Patagonia. Son creaciones originales de porciones
de esas sociedades otras (de indios, sin tierra, desocupados, pobres
de las periferias urbanas) que vienen cobrando forma en los márgenes
del mercado y a contrapelo de la acumulación de capital.
En general, no responden a diseños prefijados por tal o cual
corriente política "no se basan en ideas y principios
inventados por tal o cual reformador del mundo" como dice el
Manifiesto, sino que beben en los inagotables manantiales de
las culturas y tradiciones de los de abajo. Como todas ellas son
diferentes, sus creaciones son igualmente diversas y dispares.
En los territorios de los movimientos, que a menudo son sociedades
otras en movimiento, surgen prácticas educativas, de salud,
de producción, asentadas en relaciones sociales no capitalistas.
Obreros de fábricas recuperadas que producen sin capataces
y reinventan formas de división del trabajo que no generan
jerarquías; campesinos que crean asentamientos que suponen
una verdadera revolución cultural en la vida rural; indios
que recuperan sus saberes curativos ancestrales; desocupados que
inventan mercancías que intercambian con otros desocupados.
En estos espacios, la educación se convierte a menudo en
autoeducación y, por tanto, adquiere rasgos emancipatorios
al disolver la clásica relación sujeto-objeto que
reina en las aulas.
Si alguien pretende delinear el aspecto que tendrá el socialismo,
no tiene más que observar estos mundos otros para captar
rasgos que se van dibujando en pequeño, en multiplicidad
de prácticas que son embriones del mundo nuevo. Pero lo primordial
está por venir. Aún no sabemos cómo será
el socialismo porque, en lo fundamental, va cobrando forma en las
diferentes experiencias de los oprimidos en la medida que van desplegando
sus potencias creativas. Todo lo contrario de esa imagen tan apreciada
por ciertos revolucionarios que asegura que "la senda está
trazada" y sólo falta recorrerla. El socialismo entendido
como propiedad estatal de los medios de producción y desarrollo
de las fuerzas productivas fracasó estrepitosamente. El mundo
nuevo crece de adentro hacia fuera y se expande horizontalmente,
por fuera y a contramano de las instituciones. Para el parto de
esta sociedad nueva parece necesario contar con una herramienta
de carácter estatal la fuerza, la violencia organizada,
esos fórceps que ayudan a "romper el cascarón"
por volver a imágenes de Marx. Luego los fórceps deben
ser descartados para que no se vuelvan un fin en sí mismos
que terminen desfigurando el mundo nuevo.
En Venezuela, el socialismo tiene dos caminos. O se asienta en las
miles de iniciativas de los de abajo, en los más de 6 mil
comités de tierra urbana o en las 2 mil mesas técnicas
de agua, por poner apenas dos ejemplos, donde millones de personas
se hacen cargo de sus vidas; o se asienta en el aparato estatal.
En este caso, el Estado toma a su cargo la producción, la
salud y la educación, y con el tiempo todos los aspectos
de la vida. Será un Estado cada vez más fuerte, más
poderoso, más centralizado, que formará una sociedad
a su imagen y semejanza: homogénea, idéntica a sí
misma, sin espacios para la diferencia y la disidencia. Es un camino
conocido. Con toda seguridad conduce a la mejora de los estándares
de vida de la población, pero no tiene nada que ver con el
socialismo ni con la emancipación. La relación mando-obediencia,
uno de los ejes del sistema capitalista y del Estado, seguirá
ocupando un lugar dominante.
Este modelo tiene a su favor la previsibilidad. Se sabe hacia dónde
conduce, quiénes tienen el timón y quiénes
ejecutan las órdenes. Por el contrario, los caminos que llevan
a un mundo otro, al socialismo digamos, son inciertos, imprevisibles
y deben reinventarse siempre. No hay modelos. A mi modo de ver,
la experiencia de autogobierno de los de abajo más avanzada
que hoy existe son las juntas de buen gobierno, de Chiapas, donde
todos y todas aprenden a gobernarse, disolviendo así el Estado.
Lejos de ser un modelo son apenas un punto de referencia, la prueba
palpable de que es posible ir más allá de lo que existe,
y de los caminos trillados que la historia de más de un siglo
ha mostrado que reproducen formas de opresión intolerables.
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