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¿Hasta cuando?
Sergio I. Moya Mena
Publicado en
Webislam 06/04/2010
La reciente “crisis”
diplomática entre los Estados Unidos e Israel generada a partir del
anuncio del gobierno de este país de construir 1.600 nuevas
viviendas en el asentamiento judío ilegal de Ramat Shlomo, en
Jerusalén Oriental (parte árabe de la ciudad), justo cuando el
Vicepresidente de los Estados Unidos Joseph Biden se encontraba de
visita oficial en Israel es reveladora en muchos sentidos.
El gobierno de los EE.UU. había venido censurando la ampliación de
los asentamientos porque los considera un obstáculo para la
reanudación de las negociaciones de paz con los palestinos, de
manera que la decisión israelí no podía verse más que como un
“insulto” a los EE. UU y particularmente una humillación para Biden.
Poco les importó a los israelíes, que este funcionario fuera uno de
los más importantes amigos de Israel en Washington, que durante sus
35 años en el Congreso votó sistemáticamente apoyando los intereses
de ese país y que solía describirse a sí mismo como “orgullosamente
sionista”.
¿Qué capital político le permite a los gobiernos de Israel hacerle
estos desplantes a su principal aliado y patrocinador, que según
cifras del Congressional Research Service, le entrega año tras año
un promedio de tres mil millones de dólares?: la seguridad de que
pase lo que pase, no importa todo lo que los gobiernos de Israel
hagan para sabotear los esfuerzos encaminados a lograr la paz, sus
intereses en Washington están bien resguardados gracias a la
influencia política que tienen en esa capital grupos de presión como
el Comité de Asuntos Públicos Israelí-Norteamericano, AIPAC, que se
opone a un acuerdo justo con los palestinos y que todos los años
reparte millones de dólares entre los miembros del Congreso para
“garantizar” que el apoyo absoluto a Israel no se altere; o los
grupo cristianos-sionistas, cuya lectura apocalíptica y
fundamentalista de la Biblia en la que Israel es el “principal
instrumento de Dios en la historia”, es compartida por vastos
sectores protestantes de los EE.UU.
Estos grupos de presión hacen verdaderamente difícil que los EE.UU
modifiquen su política de apoyo incondicional a Israel y asuman un
rol más ecuánime como mediador y patrocinador de un proceso de paz.
De manera que, pese a ser en muchos sentidos un país dependiente de
los EE.UU., Israel y su lobby pueden torcer brazos en Washington
para salvaguardar sus intereses. Así lo hicieron en 1975 cuando el
presidente Gerald Ford, después de culpar a Israel por el
rompimiento de las negociaciones con Egipto sobre el retiro de la
península del Sinaí, anunció que daría un discurso en el que
plantearía una “reevaluación” de la relación con Israel. AIPAC se
movilizó en el Congreso y patrocinó una carta firmada por 76
senadores que advertía al presidente “no amenazar las relaciones con
Israel”. Algo similar sucedió en 1991, cuando el presidente George
Bush había decidido imponer su veto a un préstamo a Israel. Cuando
se enteró que el lobby proisraelí había sumado los votos suficientes
votos para anular su veto, Bush echó marcha atrás sumisamente. En
marzo de 2002, en medio de la operación militar Escudo Defensivo que
el ejército israelí llevaba a cabo contra varias ciudades en
Cisjordania y que cobró la vida de 500 palestinos, el presidente
George W. Bush hizo un llamamiento al primer ministro Ariel Sharon
para que se retirara de la asediada ciudad palestina de Jenin, pero
el lobby pro-Israel y la derecha cristiana inmediatamente
organizaron un bombardeo mediático contra la Casa Blanca. Más de
100.000 mensajes de correo electrónico y llamadas telefónicas fueron
hechos instando al Presidente y sus funcionarios a dejar que Israel
“terminara el trabajo”. Bush simplemente dejó de presionar a Sharon.
Días después no quedaba duda de quién había impuesto su voluntad. El
predicador fundamentalista Jerry Falwell decía: "Creo que ahora
podemos contar con el presidente Bush para hacer lo correcto para
Israel siempre."
La reciente crisis no se ha saldado de manera distinta. Varios
funcionarios de la Administración Obama, incluso su asesor más
cercano David Axelrod y la Secretaria de Estado Hillary Clinton,
protestaron por la decisión israelí de ampliar los asentamientos y
Washington suspendió la visita del enviado especial a Medio Oriente,
George Mitchell. Pero al final la fuerza del lobby se impuso y la
misma Hillary Clinton debió tragarse su inicial indignación y
afirmar que “entre los EE.UU. e Israel había una unión estrecha e
inquebrantable”. Todo volvió a la normalidad, al punto que en medio
de la crisis diplomática entre ambos países, el primer ministro
israelí Benjamin Netanyahu participó en la Asamblea anual de AIPAC
en Washington donde dio un discurso lleno de falacias e
inexactitudes históricas y en el que se dio el lujo de afirmar: “El
pueblo judío construyó Jerusalén hace 3.000 años y el pueblo judío
está construyendo Jerusalén en la actualidad. Jerusalén no es un
asentamiento. Es nuestra capital.” Así las cosas, Israel puede
burlarse de su principal aliado y salir airoso, puede también
robarse doce pasaportes británicos (ante la ira temporal de los
ingleses, otros de sus principales aliados) para cometer una
ejecución extrajudicial y “aquí no ha pasado nada señores”.
La acción del lobby no sólo constituye un impedimento para arribar a
una solución pacífica al conflicto palestino-israelí, lo cual le da
a los extremistas un pretexto para perpetuar la violencia en todo el
Medio Oriente y en el mundo en general, constituye también un
problema para la seguridad de los EE.UU. Hace algunas semanas el
General David Petraeus, jefe del United States Central Command,
CENTCOM, afirmó en una comparecencia ante el Senado, que la
persistencia del conflicto palestino-israelí fomentaba el
sentimiento anti-estadounidense debido a la percepción de
favoritismo de los EE.UU hacia Israel y limitaba la intensidad y
profundidad de las alianzas de EE.UU. con los gobiernos y pueblos de
la zona. Perpetuar el statu quo, continuar negándoles a los
palestinos el derecho a tener un estado funcional y con plenos
derechos, es una amenaza a la seguridad e interés nacional de los
EE.UU. ¿Hasta cuándo van a terminar de entender esto los políticos
de Washington?
Sergio I. Moya Mena es Profesor de la Universidad de Costa Rica.
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