El regreso de los halcones

Sergio Moya Mena

Semanario Universidad  22-6-2001

El Muro de Berlín y el Bloque Soviético pudieron haberse derrumbado hace ya más de 10 años, pero la Guerra Fría esta de vuelta, o al menos varios de sus actores. Las fricciones de  los EE.UU. con China y Rusia vienen acompañadas a nivel hemisférico con el nombramiento de varios “halcones” que el  presidente George W, Bush ha designado en cargos clave de la diplomacia norteamericana: Otto Reich como Subsecretario para Asuntos Latinoamericanos, John Dimitri Negroponte como embajador en Naciones Unidas y Roger Noriega, ex asesor del ultraconservador senador Jesse Helms, como representante ante la Organización de Estados Americanos. Estos nombramientos vienen a confirmar una vez más el carácter extremamente conservador de la administración Bush y vislumbran un panorama incierto en las relaciones continentales. En casos como el de Negroponte, se trata de un tema muy polémico, por su asociación a uno de los periodos más oscuros y delicados de las relaciones de Centroamérica con los EE.UU.

Pero ¿cual es background de estos personajes que los hace tan polémicos? Otto Reich –quien hasta hace poco fuera director del derechista Centro para una Cuba Libre- presenta como aspecto más destacado de su hoja de servicio el ser un veterano de la operación de apoyo a la contrarrevolución que implementó la  Administración Reagan. De 1983 a 1986 Reich fungió como director de la Oficina para la Diplomacia Pública para América Latina, desde la cual –según la revista In These Times- instrumentalizó una unidad especializada en “vender” a la opinión pública norteamericana, las bondades de la guerra contra las fuerzas de izquierda en Centroamérica. El objetivo de esta operación en la que se involucró el Pentágono, la CIA e incluso varias transnacionales, era crear un ambiente favorable a la contrarrevolución nicaragüense y a la intervención norteamericana en la crisis centroamericana. Reich llevó a cabo eficazmente esta tarea a través de un estricto control de los medios de comunicación y del enfoque que éstos hacían de la guerra en Nicaragua y El Salvador. Siempre que dichos enfoques periodísticos no reflejaran el interés de la política gubernamental hacia Centroamérica, Reich  realizaba una visita al medio periodística para “explicar” cual era la “verdadera” situación de los hechos.

Sobre estos operativos, en 1988 un informe del Comité de Asuntos Externos del Congreso, concluyó que un grupo de agentes de la CIA con experiencia en operaciones encubiertas, inteligencia militar y operaciones psicológicas, había estado profundamente involucrado en una operación de propaganda para  influenciar al Congreso y a la prensa y de esta manera, manipular a  la opinión pública. En los últimos años Reich se ha convertido en una de las principales figuras del anticastrismo más recalcitrante y se dice que su designación esta asociada a la deuda que tanto George como Jeb Bush tienen con este sector del exilio que se mantuvo fiel al Partido Republicano en la pasada y controvertida elección presidencial en la Florida.

Otra figura polémica es John D. Negroponte, quien iría a ocupar el cargo de embajador ante la ONU. Este diplomático ha tenido una impresionante carrera como articulador de operaciones encubiertas, Habiendo servido en Vietnam, Grecia,  y Ecuador, fue nombrado embajador en Honduras en 1981, justamente cuando se iniciaban las actividades de la contrarrevolución nicaragüense y el presidente Ronald Reagan había definió como sus prioridades en el área, la Desestabilización del gobierno sandinista y el bloqueo hasta su destrucción del movimiento guerrillero salvadoreño. La misión encomendada a Negroponte, requirió aliarse con los intereses más ultraderechistas de Honduras y amparar a una dictadura responsable de haber violado sistemáticamente los derechos humanos. En esos tiempos el hombre fuerte en Honduras era el General Gustavo Adolfo Álvarez, entrenado en la Escuela de las Américas, pero ciertamente Negroponte ejercía una gran influencia y según  la revista Newsweek, era el orquestador de los ataques contrarrevolucionarios contra Nicaragua desde Honduras.

Como parte de su gestión la ayuda militar pasó de 3.9 millones de dólares en 1980 a 77.9 millones en 1984. Su  paso por Honduras “coincidió” también con el periodo en que operó el tristemente célebre Batallón 316, una unidad de inteligencia militar entrenada por la CIA y responsable de la desaparición, tortura y muerte de cientos de hondureños e incluso de dos costarricenses. Años después, documentos desclasificados han revelado el involucramiento de sectores de inteligencia de los EE.UU. con el Batallón 316. Resulta muy difícil creer que Negroponte desconociera esta situación. Su propio antecesor en el cargo de embajador Jack Bins, afirmó a la revista In These Times, que Negroponte tuvo que haber estado ciego para no darse cuenta de la violación metódica de los derechos humanos que se estaba dando  en Honduras.

Aún y cuando el nombramiento definitivo de estos funcionarios aún no es definitivo -sobre todo ahora que la renuncia del senador James Jeffords al Partido Republicano le da a los demócratas el control del Senado, órgano que debe confirmar los nombramientos- de ratificarse, el panorama de las relaciones hemisféricas parece incierto con este equipo de línea tan  extremista.   Es muy posible que un endurecimiento de posiciones norteamericanas en temas como el Plan Colombia, el bloqueo a Cuba o el ALCA lleve a confrontaciones con las cancillerías latinoamericanas. ¿Se ahondarán aún más las diferencias con el presidente Hugo Chávez? ¿Qué  sucedería ante un eventual y nada improbable triunfo de partidos de izquierda en países como Nicaragua, Brasil o Uruguay? ¿Insistirán los EE.UU. en marginar a Cuba del Sistema Interamericano?

Tal parece que los estrategas y operarios de la política exterior de Bush se sienten mejor trabajando en un ambiente como el de la Guerra Fría. Pero el mundo ha cambiado mucho en los últimos 12 años. Los retos y desafíos de la comunidad internacional han cambiado radicalmente y las relaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica no deberían estar marcadas por los anacronismos. En entendimiento mutuo, el respeto y la colaboración en temas de comercio, integración, migraciones y medio ambiente requieren ver siempre hacia el futuro, nunca hacia atrás.

 

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