Gramsci y Mariátegui
Profesor Titular.
Facultad de Filosofía. Universidad de La Habana
Antonio Gramsci, líder de la izquierda socialista, fundador del Partido Comunista Italiano, delegado a los congresos de la Komintern de 1922 y 1924, escritor hábil y polemista brillante, fue detenido y finalmente sentenciado a veinte años y medio de reclusión por el régimen de Benito Mussolini. En la cárcel frustró las aspiraciones de sus verdugos para "impedir que su cerebro funcione, "pues legó al pensamiento revolucionario cerca de tres mil páginas manuscritas que le dan contenido a su obra póstuma: Los cuadernos de la cárcel. Gramsci supo luchar contra las duras condiciones de la prisión fascista, burlar la vigilancia y censura policíaca y sobreponerse a los padecimientos físicos para producir una obra renovadora, rica y de incalculable valor teórico y revolucionario. Las reflexiones, valoraciones y notas críticas del italiano, interrumpidas por su muerte en 1937, se cuentan entre lo mejor que ha producido el pensamiento marxista en este siglo. No obstante su carácter inconcluso y no orgánico, impresionan favorablemente por la agudeza del análisis y su riqueza y diversidad temática. La historia, la filosofía, el arte, la filología, la literatura, la religión, la moral... formaban parte del universo de reflexión del revolucionario sardo, quien trataba de explicar el complejo mundo del hombre y sus relaciones sociales tomando como punto nodal a la política. Desde este foco de atención se movía en diferentes direcciones, pues incursionaba en las más disímiles temáticas que pudieran arrojar luz en torno a las posibilidades del sujeto revolucionario para subvertir el orden burgués existente y construir una sociedad nueva. El estudio de la interrelación entre el Estado y la sociedad civil, y los mecanismos de control de la clase dominante, en especial el papel que en el ámbito social ejerce la ideología como instrumento de dominación, es centro de la preocupación de Gramsci. Sus análisis contienen indicaciones de gran valor para la actividad revolucionaria, pues precisa el conocimiento de los métodos y formas directas e indirectas en que una clase detenta su hegemonía. A su vez, sugiere nuevas vías para que la clase proletaria y su vanguardia puedan acceder al cambio social, incluido el cambio de la conciencia cotidiana de toda la población. Este pensamiento creativo se distanciaba, por un lado, de la visión "positivista" del marxismo de la Segunda Internacional, mientras que por otro, rechazaba toda interpretación dogmática y estereotipada de la teoría revolucionaria. Para Gramsci el marxismo no era un recetario de soluciones dadas de una vez y para siempre. La filosofía de Marx, renovada por Lenin, tenía para él una dimensión teórico-práctica que hacía de la realidad su fundamento y su necesario punto de confrontación y referencia. El análisis gramsciano profundiza el conocimiento acerca de las verdaderas relaciones de poder de una clase y penetra con agudeza en el funcionamiento de los nexos y vínculos entre los individuos, grupos y clases sociales con el Estado. No hay que olvidar, además, que Gramsci debía encontrar las causas del fracaso del movimiento revolucionario y explicitar, a su vez, los factores que propiciaron al ascenso del fascismo como fenómeno político de masas en la Italia de su tiempo. La necesidad de dar respuesta a estas y otras cuestiones lo llevó por caminos poco transitados por la teoría marxista hasta ese momento. Al abordar problemas relativos al lugar y papel de la ideología, de la tradición y la herencia culturales, del individuo y su conciencia cotidiana, y de los intelectuales y su rol social, el comunista italiano trazó pautas de significativa importancia para la teoría y la actividad práctica de todo movimiento revolucionario que aspirase no sólo a conquistar el poder, sino también a retenerlo. Para Gramsci, la filosofía marxista tenía por objeto el mundo del hombre con las relaciones sociales que éste había creado a lo largo del decursar histórico. La naturaleza no socializada era un dato de poco interés para el filósofo y el político que debía penetrar en los rasgos esenciales de las complejas relaciones humanas. Este punto de vista difería de la interpretación soviética del marxismo y explica que sus ideas no fueran bien acogidas, se malinterpretaran o silicenciaran en los países del hasta hace poco llamado "socialismo real" en Europa. Cabría preguntarse si este "silencio cómplice" contribuyó en cierta medida a no valorar en su justa dimensión cuestiones vitales en la construcción del socialismo, tales como la necesidad de la transformación de la conciencia cotidiana, la satisfacción de las necesidades espirituales y humanas del individuo en el marco de la sociedad civil. Una acogida diferente encontró el pensamiento de Gramsci en el mundo occidental. Las vanguardias intelectuales de Europa y América vieron en su obra un ejemplo de las potencialidades creadoras de la teoría marxista, pues en aquella encontraron sugerencias y apreciaciones que contribuían a dar respuesta a demandas de sus realidades respectivas. Es significativo que en América Latina el interés por Gramsci ha decaído desde la época de la publicación en español de Los cuadernos de la cárcel. Desde luego, Cuba no estuvo ajena a esta influencia. Su obra fue conocida y divulgada durante los primeros años posteriores al triunfo revolucionario, hasta que la "ortodoxia", mimética de la concepción soviética, se encargó de calificarla como dudosa. Afortunadamente, esta situación se encuentra en franco proceso de superación y el interés por Gramsci aparece renovado y fortalecido. Sin embargo mucho antes de que Antonio Gramsci dejase de ser una referencia abstracta en algún periódico que trajese noticias sobre Europa y la lucha antifascista, éste ya era respetado por uno de los marxistas más importantes que ha dado nuestro continente. Me refiero al peruano José Carlos Mariátegui, que en la década del veinte tuvo contactos con el comunista italiano. José Carlos Mariátegui, organizador del Partido Socialista y de la Confederación de Trabajadores del Perú, realizó una encomiable labor en la divulgación de la teoría revolucionaria, y la educación política de las masas y los sectores de la intelectualidad de izquierda en los momentos en que el Perú vivía bajo los efectos de la dictadura de Augusto Bernardino Leguía. " Marxista convicto y confeso", como él mismo sé autodefinió, estableció una alianza temporal con Haya de la Torre-- rota al agudizarse las divergencias en torno al APRA.-, fundó y dirigió Amauta, revista de repercusión continental ( 1), y dio vida al periódico obrero Labor, de indiscutible calidad. Pero no es la divulgación de la teoría, ni la actividad febril y un tanto agónica a la que se entregó desde su retorno de Europa, lo que distingue a Mariátegui y hace de él un marxista de primera magnitud. Lo que hace al peruano una figura verdaderamente relevante es su interpretación del marxismo, y dentro de ella, su comprensión de que América Latina es otra realidad que no puede ser explicada exclusivamente bajo el prisma del esquema del desarrollo histórico europeo. Estos elementos se combinan y conforman una concepción única, original y creativa que sentó pautas al pensamiento marxista latinoamericano. El hecho de que en Gramsci y en Mariátegui el marxismo se interpreta como esfuerzo de creación intelectual y política, más la similitud de puntos de vista en el análisis de algunos problemas, ha dado lugar a la hipótesis de la dependencia intelectual del peruano con respecto al comunista sardo. El nexo Gramsci-Mariátegui y la influencia del primero sobre el segundo es un tema de interés y debate para los estudiosos de la obra de ambos autores. Sin lugar a dudas, existen apreciaciones asombrosamente coincidentes en el pensamiento de estos dirigentes revolucionarios. A ello se debe un cierto paralelismo en el destino posterior de sus ideas, ya que la validez teórica y revolucionaria de sus concepciones fue cuestionada por el marxismo de corte estalinista. En el caso de Mariátegui, es conocido que algunas de las posiciones que sustentaba en relación con el indio, el problema nacional, el nombre del partido y otras, fueron objeto de crítica por algunos de los participantes de la Primera Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina, efectuada en 1929 en Buenos Aires. Después de su muerte, ocurrida en 1930, sus concepciones fueron combatidas como nocivas y no enteramente marxistas-leninistas por Eudocio Ravines y el partido que el propio Mariátegui había organizado (2). Las orientaciones emanadas de la Komintern y la política sectaria del Partido Comunista Peruano, que seguía al pie de la letra la táctica de clase contra clase, se hacían inaceptables a un Mariátegui que entendía el marxismo como creación heroica, que rechazaba el calco y la copia, y que poseía una percepción más exacta y acabada del indio, del problema nacional y de la alianza de clases, que la propugnada por el partido en los años treinta. Estas vicisitudes continuaron cuando, a inicios de la década del cuarenta, el historiador soviético V. M. Miroshevski lo estigmatizó, al catalogarlo como populista (3). Si bien Jorge del Prado salió en su defensa e inició el rescate de su pensamiento, no es hasta la década del sesenta que se aprecia un cambió sustancial con el despertar del interés nacional e internacional por su ideario. Parte acompañante de este proceso es la aparición en la arena política peruana, del mariateguismo. En nuestros días resultaría prácticamente imposible entender la evolución de las ideas y de los movimientos políticos en el Perú sin un conocimiento y una valoración del pensamiento de José Carlos Mariátegui. El movimiento guerrillero, la revolución velazquista, la Izquierda Unida-- para citar algunos de los acontecimientos de las décadas del pasado reciente-- han fundamentado muchos de sus presupuestos teóricos en la interpretación de las ideas de Mariátegui. Esto, sin considerar la historia del partido comunista, del movimiento sindical, en que es imprescindible considerar la actuación y pensamiento de este revolucionario. Al estudiar la figura de Mariátegui, el investigador se encuentra ante una encrucijada teórica en lo relativo a la interpretación de su pensamiento. Resulta éste de una riqueza conceptual sorprendente en cuanto a la diversidad temática, los matices que asume en el abordaje de los problemas, las soluciones que propone y las fuentes de que se nutre para fundamentar sus posiciones teóricas. En la evaluación del pensamiento de Mariátegui, algunos estudiosos de su obra han insistido en destacar o presentar como dominante la filiación del peruano con una determinada figura que le sirve de fuente. De tal suerte, Mariátegui es presentado, por ejemplo, como croceano, soreliano ambiguo, nietzcheano o discípulo de Gramsci. En un intento por sintetizar esta multiplicidad de fuentes y posibles influencias, Jaime Concha, en un trabajo publicado hace algunos años señalaba: " De hecho, para situar las influencias que se ejercen sobre Mariátegui, habría que trazar una cuádruple coordenada. Ella pasa por el pensamiento marxista europeo, desde Marx hasta Lenin, incluyendo a Kautsky, Hilferding y otros más; por las elaboraciones critico-filosóficas que conoce durante su estancia en Italia entre 1919 y 1923 ( Croce y especialmente Gobetti); por una tradición del ensayo hispanoamericano desplegado entre Echevarría y Vasconcelos y, en fin, por una cadena de contribuciones locales que parte con Manuel González Prada, el indudable iniciador de la crítica moderna en el Perú, remontando en la rica producción de los veinte." ( 4) Este espectro tan amplio de influencias no agota en su análisis el problema de como entender la propuesta marxista de Mariátegui. No basta conocer los posibles autores de referencia y precisar su peso específico en la concepción del peruano, para develar los elementos esenciales que organizan y estructuran su reflexión teórica. Un procedimiento valioso para este empeño, resulte del despeje de factores intermedios en la relación necesaria que se establece entre el maestro Marx, y el discípulo Mariátegui, pues contribuye a precisar cómo el último captó las intenciones y objetivos teórico-prácticos del primero. Junto a esto y no en rango de menor importancia, el develamiento del andamiaje conceptual que organiza la obra Mariátegui y hace posible penetrar la estructura propia del pensamiento de éste con el fin de acercarnos a sus fundamentos esenciales. Al analizar la obra de Mariátegui, se hace evidente que en su interpretación del marxismo se destacan dos elementos sustanciales: el marxismo como método y el papel de la subjetividad humana. Uno y otro se imbrican y complementan, conduciendo de manera lógica al análisis diferenciado de la realidad peruana, Estos elementos no lo distancian de Marx o de Lenin, y lo hacen coincidir en diferentes cuestiones con Gramsci. Hay que reconocer, al margen de la similitud en el tratamiento de algunas cuestiones y problemas sociales, que la influencia teórica de Gramsci sobre Mariátegui, aunque admisible, es punto menos que improbable; al menos, si por influencia se entiende aquella que es básica para la comprensión de la estructuración orgánica de la obra y pensamiento de un autor dado. Mariátegui conoció a Gramsci durante su estancia en Italia. Allí fue espectador de las huelgas políticas de masas de Milán, leyó en " L`Ordine Nuovo " el programa en que Gramsci abogaba por la renovación del partido socialista y criticaba el reformismo y pasividad de la burocracia del partido. También el peruano asistió en enero de 1921 como corresponsal de El Tiempo al Congreso de Livorno, donde gracias a la actividad de Gramsci y otros líderes de la izquierda, se constituyó el partido comunista. Es innegable que estos acontecimientos dejaron su impronta en el joven intelectual latinoamericano. Pero ello no da pie a fundamentar la existencia de una marcada influencia gramsciana en el revolucionario peruano. Basta solamente señalar que el grueso de la producción teórica del primero no fue conocida por el segundo. Sin pretender negar que Mariátegui pudo haber asimilado una u otra idea de Gramsci, sostengo el criterio de que estamos en presencia de un fenómeno de coincidencia en ambos pensadores, explicable además por factores históricos, culturales y políticos. Es preciso considerar que el universo económico, político y cultural en que Gramsci se desenvolvió no era desconocido para Mariátegui. Este asimiló, desde su arribo a la península mediterránea, las distintas manifestaciones del arte, la literatura, la filosofía y la política. No fue ajeno a las condiciones económicas y sociales allí existentes, ni a ninguno de los acontecimientos políticos que estremecieron a la Italia de la primera posguerra. Allí recibió de manera más directa el aliento renovador de la revolución de octubre y admiró, junto a los revolucionarios italianos, la proeza de Lenin. Conoció, como antes le pasó en Francia, de la búsqueda de una lectura más fresca del marxismo, que rescatara su esencia y espíritu revolucionario y se opusiera a la visión fosilizada y positivista de los teóricos y dirigentes oportunistas de la II Internacional. En Italia Mariátegui estableció, además, relaciones con Benedetto Croce, destacado filósofo neohegeliano; conoció a Gobetti, y mantuvo contactos también con Terracini. Supo de la pujanza del movimiento operario y presenció la irrupción en la arena política de la manifestación más bárbara, degradada y reaccionaria de la burguesía: el fascismo. Si apreciamos en su justa dimensión histórica los elementos arriba señalados, no es de extrañar que se presenten coincidencias y puntos de vista semejantes en ambos pensadores. Mariátegui recibió, al igual que Gramsci, el impacto de la época y bebió, en parte, de las mismas fuentes que el italiano para conformar su visión del marxismo. Antonio Melís, en un trabajo ya clásico, señala que el dato que más impresiona es la coincidencia de ambos en rechazar toda reducción positivista o sociologista del marxismo (5). Efectivamente, tanto el uno como el otro reaccionan en contra de la lectura cientificista del marxismo, pues ésta introduce un determinismo objetivista que no deja lugar a la actividad transformadora y consciente del sujeto revolucionario. A su vez, rechazan la identificación del materialismo histórico con una mera teoría sociológica. Para ellos, la concepción materialista de la historia posee un carácter filosófico con un contenido más general y totalizador. Para ambos, el núcleo de la teoría filosófica del marxismo está constituido por uno de los descubrimientos más importantes realizado por Marx: la concepción materialista de la historia. Esta le confiere un contenido y sentido totalmente nuevo al materialismo marxista con respecto al materialismo precedente y al idealismo filosófico, al superar--gracias a la comprensión de la praxis-- el carácter contemplativo del primero y la visión abstracta de la actividad del sujeto del segundo. Este nuevo materialismo traza las pautas para despejar uno de los enigmas del proceso histórico, al explicar desde una perspectiva materialista y dialéctica, la correlación entre las determinaciones objetivas y la actividad consciente del sujeto histórico. El reconocimiento del lugar central del materialismo histórico no entraña en el caso de estos líderes revolucionarios, una mera negación del materialismo dialéctico como se ha afirmado por algunos autores. El rechazo a una cosmovisión teleológica que confiere escaso margen a la creación humana, no conduce necesariamente al desconocimiento de la dialéctica materialista, ni al significado de sus principios y leyes. Desde luego, la naturaleza que es motivo de reflexión en estos pensadores no es una esencia encerrada en sí misma, inmutable y eterna, sino aquella que ha sido transformada por el hombre. Se trata de la segunda naturaleza o naturaleza socializada, según Marx, con lo cual el análisis se acerca a sus planteamientos originarios. Después de responder de manera materialista al problema fundamental de la filosofía, es imprescindible trascender sus estrechos marcos y comprender que la teoría dialéctica sobre la naturaleza presupone la existencia de un sujeto que piensa, conoce y transforma su entorno, transformándose a sí mismo. Si la importancia de la creatividad y la voluntad humanas es subestimada, no es posible evaluar en su justa dimensión el lugar y significado cosmovisivo de la relación sujeto- objeto en el marxismo, pues el momento de la acción revolucionaria siempre se pospone para un mañana inalcanzable, dependiente exclusivamente de las regularidades objetivas. No se puede perder de vista que Marx no creó sólo una teoría científica para explicar el mundo, sino también una concepción revolucionaria para transformarlo. Su sujeto es, sobre todo un sujeto activo que pretende superar --en la acepción dialéctico hegeliana del término-- la sociedad capitalista y construir una sociedad más justa, plena y humana. Gramsci y Mariátegui optaron por una apreciación del sujeto como ente creativo que retoma lo apuntado por Marx, por lo que su interpretación de la teoría le confiere un lugar primordial a la subjetividad humana. Entender el significado de la subjetividad no implica renegar del factor económico, ni anular las condicionantes objetivas. Es, sobre todo, reconocer el lugar de la conciencia, la volunta y la decisión humanas en la sociedad y la historia. Asimismo, es evaluar el papel que desempeñan factores tales como la psicología, la tradición, la cultura, las esperanzas, utopías y mitos en el complejo cuadro de nexos e interrelaciones sociales, y en la conformación y desarrollo de la personalidad del hombre. Tal percepción del marxismo llevó a que Gramsci y Mariátegui incursionaran en diferentes manifestaciones de la actividad del sujeto y pudieran abordar problemáticas poco trabajadas por la teoría revolucionaria hasta esos momentos. Esta incursión, como es lógico, los acercó en el método y las conclusiones en torno a algunas cuestiones y los distanció en otras. En los dos puede observarse un acentuado interés por la política. Para Mariátegui existía un vínculo muy estrecho entre marxismo y política. En los períodos tempestuosos de la historia, la política " no es una menuda actividad burocrática, sino la gestación y parto de un nuevo orden social" (6). En Gramsci el nexo de la filosofía marxista o de la filosofía de la praxis, como él la llamaba, con la política, era orgánico y fundamental. La filosofía, según Gramsci, es en cierta medida política en tanto deviene un instrumento cognitivo de ésta. La apreciación de que la política tiene un lugar central, denota la influencia de Lenin sobre estos pensadores. Los dos desplegaron su actividad inspirados por el ejemplo del revolucionario ruso y siguiendo de manera segura las pautas teórico-políticas que éste había trazado. Para ambos, Lenin no sólo era el artífice de la revolución socialista triunfante ( téngase en cuenta que en las décadas del 20 y el 30 la revolución rusa no había perdido la aureola romántica y liberadora que la acompañó), sino también el restaurador más enérgico del marxismo revolucionario, escamoteado por los líderes reformistas de la II Internacional. Por ello, reconocían a Lenin como el principal discípulo de Marx. Otro factor de confluencia descansa en su actitud ante la religión, pues ésta no se comporta a la manera tradicional critica ateísta. Gramsci y Mariátegui exploran otra faceta del fenómeno religioso al estudiarlo como una cosmovisión de carácter normativo y ético. Uno y otro pensó que el marxismo debía desarrollar convicciones que devinieran normas de conducta en el ámbito de la vida y la conciencia cotidiana, supliendo así el papel desempeñado por la religión. Para ellos, la concepción del mundo creada por Marx debía ser capaz de generar en el hombre la creencia y la fe combativa en sus propias fuerzas y capacidades humanas e históricas. Por último, no deja de sorprender al estudioso la relación teórica que cada uno de ellos estableció con el sindicalista francés George Sorel. Aunque Gramsci no se identificó nunca con las ideas de Sorel, no hay dudas que el activismo soreliano influyó en la recepción gramsciana del marxismo (7). En el caso de Mariátegui, resulta desproporcionada la admiración que profesó por el autor de Teoría de la violencia. No obstante, es necesario admitir que las ideas de Sorel en cuanto al mito fueron reelaboradas y reinterpretadas por el peruano con el fin de dar respuesta a problemas no abordados hasta entonces, y que dichas ideas no afectaron, sino más bien enriquecieron, su lectura creativa de Marx. Notas: 1 - Amauta era el nombre que recibía en el antiguo imperio inca el sabio, visionario. Por su papel en el desarrollo del pensamiento marxista, y en el análisis de la realidad peruana, José Carlos Mariátegui ha sido llamado como el Amauta. Pocos meses después de la muerte de este destacado intelectual, Juan Marinello publicaba en el No 47 de la Revista de Avance de junio de 1930, un artículo titulado " El Amauta José Carlos Mariátegui ", siendo uno de los primeros en denominarlo de esa manera. 2 - Revista Socialismo y Participación, No 11 1980. Lima Perú. Consultar además: La Internacional Comunista antes de VII Congreso. Moscú - Leningrado, 1935. Flores Galindo, Alberto: El pensamiento comunista. Antología. Edit. Mosca Azul. Lima 1982. 3 - Miroshevski, U. M. "El populismo en el Perú. El papel de Mariátegui en el pensamiento social latinoamericano." Revista Dialéctica, No 1, mayo-junio1942. La Habana. 4 - Concha, Jaime. "Mariátegui y su critica al latifundio". Revista Casa de las Américas, No. 140,1983, La Habana. 5 - Melís, Antonio. "Mariátegui, el primer marxista de América" en Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano. Cuadernos pasado y presente. México, 1980. 6 - Mariátegui, José Carlos. "Don Miguel de Unamuno y el directorio" en Obras Completas. Tomo7. Ed. Amauta, Lima 1975. 7 - Kolakowski, Lesek. Las principales corrientes del marxismo. Tomo III, La crisis. Alianza Editorial, Madrid, 1983. Te ruego me comuniques si el mensaje llegó bien. Un saludo de Oscar. Te abraza. 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