Ganancias
y pérdidas de las elecciones
Emir Sader
Sin Permiso
Termina la más larga campaña electoral de la historia
del Brasil. Podemos situar su inicio un año y medio atrás,
cuando la oposición comenzó con las denuncias de lo
que fue llamado "mensalâo" (mensualidades), en abril
de 2005. O puede también ubicarse su inicio en las elecciones
municipales de octubre de 2004 cuando, animada por los resultados
obtenidos, la oposición eligió a su candidato -Severino
Cavalcanti, posteriormente procesado por acusaciones de corrupción-
presidente de la Cámara de Diputados; derrotando al gobierno
que apoyaba a Luiz Eduardo Greenhalg, un representante del PT, como
candidato.
A partir de allí se fueron constituyendo los dos bloques
políticos que se enfrentaron a lo largo de todos estos meses,
configurando finalmente la polarización entre la derecha
y la izquierda, tal como se presentó con claridad en el segundo
turno de las elecciones presidenciales. El segundo turno posibilitó
el enfrentamiento entre los dos mayores bloques de fuerzas, los
que tienen potencial hegemónico, definidos en torno a sus
características diferenciales.
La victoria de Lula representa la expresión electoral de
que el pueblo brasileño considera que la desigualdad social
es el problema central del país. La diferenciación
significativa entre las intenciones de voto de los estratos mas
ricos, de mayor nivel educativo y del Sur del país -diferenciado
de las otras regiones por el nivel de vida más alto, además
por el mayor acceso a la educación y por una composición
étnica mayoritariamente blanca-, de un lado, y, del otro,
los más pobres, de menor nivel de educación y de las
otras regiones, es suficientemente significativo para no dejar ninguna
duda sobre el resultado final.
Del 60 por ciento que manifiesta su intención de voto por
Lula, el 74 por ciento corresponde al Nordeste, el 56 por ciento
al norte, 54 por ciento al sudeste y 44 por ciento al sur. Recibe,
asimismo, el 64 por ciento de los que tienen escolaridad primaria,
56 por ciento de los que pasaron por la enseñanza media y
el 40 por ciento de los que poseen estudios superiores. Lula cuenta
con el 64 por ciento de los que reciben hasta dos salarios mínimos,
56 por ciento del estrato entre 2 y 5 salarios mínimos, 50
por ciento de los que están entre 5 y 10 salarios mínimos
y del 38 por ciento de los que ganan más de diez salarios
mínimos. Lula pierde apenas en este último segmento,
los de mayor escolaridad y en la región sur del país,
ganando en todos los demás. Esto también significa
que el apoyo que recibe Lula no se limita al voto de los pobres,
porque triunfa también en la región Sudeste, entre
los de escolaridad media y los que ganan entre 5 y 10 salarios mínimos.
Además de ser expresiva la intención de voto en el
Sur, entre los que más ganan y tienen escolaridad superior.
El país no está dividido socialmente entre derecha
e izquierda, pero el caudal de votos del bloque de izquierda es
significativamente importante entre aquellos que poseen menores
ingresos y menor escolaridad. No es la candidatura de Lula la que
introduce la desigualdad. Al contrario, son las políticas
de su gobierno las que, por primera vez en la historia de Brasil,
disminuyen esa desigualdad. Su candidatura expresa a nivel político
la voluntad de superación de la desigualdad, que está
inscripta en nuestra historia y en nuestra estructura social por
las orientaciones que los sucesivos gobiernos imprimieron al país.
Quienes consideran que esa configuración expresa la falta
de importancia atribuida por los más pobres a las cuestiones
éticas no miran la fisonomía de los que protagonizan
los escándalos morales del país, más allá
de los que han sido denunciados, y que proliferan a lo largo y ancho
del Brasil. No son los pobres, no son los trabajadores, no son los
de menor nivel de renta y escolaridad.
Los que piensan que las empresas estatales son los espacios privilegiados
para la corrupción no consideran que los mayores escándalos
de corrupción de la historia han sido protagonizados por
las grandes corporaciones privadas norteamericanas -con la Enron
en primer lugar- y solamente no mayores porque cuentan con la complacencia
de los gobiernos y las instancias que deberían fiscalizarlas,
protegidas además, en general, por los grandes medios de
comunicación -con los que acostumbran a tener relaciones
promiscuas- y por los secretos en el funcionamiento de las empresas.
Las empresas estatales son objeto de controles, de denuncias, de
superación por el voto popular, por los gobiernos y por los
parlamentarios.
Se aproxima la hora de hacer un balance de las ganancias y las pérdidas
de esta larga y casi interminable campaña. Las ganancias
seguramente se ubican en la expresión socialmente significativa
del voto de extracción social popular y de la polarización
más clara entre derecha e izquierda en el segundo turno.
Las pérdidas, en el debilitamiento de la política
y de los partidos y en el papel manipulador -aunque derrotado esta
vez- de los grandes medios monopólicos privados.
Derrotados el bloque de la derecha y sus mayores caciques particularmente
perdedores: Tasso Jereissatti, Jorge Bomhausen, Antonio Carlos Magalhaês,
Fernando Henrique Cardoso, así como los grandes medios de
comunicación. Victoriosos, Lula y la izquierda, que se movilizó
en el segundo turno para alcanzar la victoria. Resta saber como
cada uno de ellos leerá los resultados y actuará posteriormente.
Tal como la historia de América Latina, la historia brasileña
insiste en mantenerse abierta a las grandes transformaciones del
nuevo siglo.
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