Estado palestino ahora

 

Sergio I. Moya Mena

La República, 18-1-2002

 

Shireen Toufig es una madre palestina residente en Hebrón, Cisjordania. Cierto día de agosto de 1998 notó como uno de sus hijos, Qussai, de apenas tres meses, presentaba grandes dificultades para respirar y vomitaba violentamente. Rápidamente decidió llevar a su hijo al hospital más cercano, pero de camino,  soldados israelíes  en un puesto militar le impidieron el paso al hospital. Después de varias horas de angustiosa espera, Shireen se las ingenió para eludir el puesto militar y llegar al hospital. Cuando llegó, su hijo ya había muerto debido a una neumonía aguda no tratada a tiempo

Este es apenas un episodio de la cadena de ignominias que diariamente sufre la población palestina y de las cuales los costarricenses saben poco o nada. Una combinación de intereses de muy diversa índole, con la complicidad de una parte importante de la clase política de este país y de ciertos medios de prensa, ha hecho que desde los inicios del conflicto palestino-israelí, al pueblo de Costa Rica solo se le haya mostrado una de las caras de la moneda, ocultándose por completo el contexto y la realidad de lo que en los últimos 50 años ha sucedido en esa parte del mundo. La guerra de propaganda ha sido evidentemente ganada por Israel.

Esta situación tiene su expresión más simbólica en la política oficial de Costa Rica de mantener -a contrapelo del Derecho Internacional y de las Resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas  ONU-  nuestra embajada en Jerusalém.

La tragedia del pueblo palestino es uno de los dramas más trágicos que la humanidad ha visto en los últimos sesenta años. Palestina ha sido sometida a una de las ocupaciones militares más largas de la historia contemporánea. Esta ocupación israelí, viola las normas básicas del Derecho Internacional Público, cantidad de  resoluciones de ONU,  todas la Convenciones de Ginebra y ha desprovisto a los palestinos de los derechos más fundamentales. Después de la primera guerra árabe-israelí en 1948, el 68% de la población fue expulsada, debiendo permanecer hasta ahora 4.5 millones de palestinos en campos de refugiados. Los que se quedaron en su tierra, han tenido que oponer una resistencia heroica a los  vejámenes más inhumanos.

Recientemente, con el ascenso al poder de Ariel Sharon al cargo de Primer Ministro israelí, el nivel de represión ha adquirido niveles de barbarie increíbles. Según la ONG de derechos humanos israelí B´Tselem, desde el inicio de la Intifada Al-Aqsa en septiembre del 2000, han sido asesinados 582 palestinos, de los cuales 161 eran niños. Este es un conflicto sumamente desigual. Como instrumentos de esta represión atroz,  Israel ha usado tanques, helicópteros Apache artillados y Jets F-16, contra una población, que en la gran mayoría de los casos (tal y como ha sido documentado por los principales organismos de derechos humanos) solo se defiende  con piedras. Otras prácticas que violan las normas más básicas del humanitarianismo son las deportaciones forzosas, la demolición de viviendas, las incursiones del ejército israelí en ciudades palestinas  y los castigos colectivos. Es paradójico que en  esta “democracia ejemplar” que es Israel, “enclave de la civilización occidental en el bárbaro mundo árabe”, hasta 1999 la tortura no era ilegal. No fue sino hasta ese año que una decisión de la Corte Suprema de Justicia de Israel determinó que los Cuerpos de Seguridad no estaban autorizados a usar “medios físicos” durante los interrogatorios de sospechosos. ¿Acaso los derechos humanos de los palestinos no valen lo mismo que los de cualquier ser humano? ¿Por qué la comunidad internacional ha sido tan negligente para acabar con este sufrimiento?

Después de 11 años de negociaciones con los israelíes, es muy poco lo que los palestinos han logrado. Desde las pláticas de Oslo en 1993 hasta las de Taba en 2001, La Autoridad Palestina solo ejerce una frágil soberanía sobre el 70% de Gaza y el 17,1% de Cisjordania. Aun en estos territorios los palestinos viven hacinados  en 63 cantones no contiguos, cercados por tropas israelíes y rodeados por más de 200.000 colonos judíos establecidos en 140 asentamientos ilegales.

La población  se enfrenta a una economía devastada  y a un deterioro progresivo de sus condiciones de vida: el 60% esta desempleada y el 50% vive en condiciones de pobreza.

La humanidad y especialmente países como Inglaterra y los Estados Unidos tienen una deuda histórica con el pueblo palestino. Los hechos del 11 de septiembre y la guerra en Afganistán, han confirmado a muchos, que la lucha contra el terrorismo  fundamentalista y la estabilización del Medio Oriente, requiere indefectiblemente la solución al problema palestino. Así lo han reconocido incluso los Estados Unidos, el más grande patrocinador de Israel, que desde 1967 le ha proporcionado 92 billones de dólares en  ayuda económica y militar.

La solución definitiva y sólida debe implicar en primer lugar  el despliegue de una fuerza internacional que proteja la seguridad de los palestinos y el desmantelamiento de los asentamientos en Gaza y Cisjordania. Posteriormente se deben acatar las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad y la 194 de la Asamblea General de la ONU, que implican el fin  la ocupación militar israelí y el retorno de los refugiados palestinos a su tierra; como pasos previos a la constitución de un Estado Palestino con absoluta continuidad territorial y con Jerusalém Este como capital.

Judah L. Magnes, antiguo rector de la Universidad Hebrea de Jerusalem dijo una vez: “no estoy dispuesto a alcanzar la justicia del judío mediante la injusticia del árabe”. Sus palabras son tan válidas hace 54 años como ahora. El tiempo para revertir las injusticias cometidas contra el pueblo palestino es este.

 

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