EL ENEMIGO DE LA PAZ

Sergio Moya Mena

La Prensa Libre 3-2-2001

           Hace algunos días en un acto de campaña del candidato a primer ministro israelí, Ariel Sharon, una joven de 16 años  interpeló al veterano político de la derecha israelí: “Ariel Sharon, usted mandó a mi padre a la guerra de Líbano, yo lo acuso de haberme hecho sufrir por 16 años, yo lo acuso de muchas cosas que han hecho sufrir a muchas personas en este país”.

Las próximas elecciones israelíes significarán más que un simple relevo en la conducción de los asuntos nacionales. Son una verdadera disyuntiva entre guerra o paz. Cuando el Ministro de Exteriores de Israel  Shlomo Ben Ami anunció al final de la reciente ronda de negociaciones de Taba, que nunca como ahora  palestinos e israelíes habían estado tan cerca de la paz, lo cierto es que también  nunca  la anhelada  paz, desde la conferencia de Madrid hasta Taba, había estado tan amenazada como ahora. Una victoria de Ariel Sharon  puede suponer el fin mismo  de 10 años de proceso de paz.

Es obvio que tanto palestinos como israelíes han incumplido de una u otra manera los compromisos acordados en las distintas rondas de negociaciones. Ni la Autoridad Palestina ha podido garantizar la seguridad de los ciudadanos judíos y la supresión de los grupos  terroristas,  ni los israelíes han cumplido con temas como la devolución de territorios y el desmantelamiento de asentamientos. Aquí es preciso resaltar que  el  Primer Ministro  Barak ha tenido una actitud  zigzagueante y contradictoria en muchos temas. A pesar de su retórica pacifista, los asentamientos ilegales en territorio palestino se han incrementado espectacularmente y han muerto mucho más palestinos en promedio por día, que en la primera Intifada de 1987, debido a un uso excesivo y brutal de la represión que ha sido condenado por organismos como Amnistía Internacional, e incluso por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Todo esto ha afectado a los sectores progresistas y al  movimiento pacifista. En una reciente visita a Israel, pudimos comprobar como dentro de la  propia izquierda  existen criterios muy contrapuestos y ha venido creciendo el descontento contra Barak entre los pacifistas, el ala progresista del laborismo y el Partido MERETZ. Para estos sectores el candidato ideal de la izquierda hubiera sido el ex Primer Ministro Shimón Peres, a quien las encuestas  ubicaban  en una mejor posición para vencer a Sharon.

Una victoria de Sharon implicaría un no explícito de la sociedad israelí a la alternativa de la paz. El Sharon que se presenta a las elecciones a la cabeza del Partido Likud es el  mismo general que encabezó la invasión a Líbano en 1982 que costó la vida a 20000 personas y que fue  acusado por la gubernamental Comisión  Kahan, de ser indirectamente responsable de la matanza de miles de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en 1982. Acusación   que le obligó a renunciar al gabinete de Menahem Beguin. Es el mismo extremista que siempre ha rechazado todas los acuerdos de paz y ha  saboteado toda iniciativa de reconciliación. El mismo que conociendo la consecuencia de sus actos, ingresó desafiante a la Mezquita del Al Aqsa, provocando la ira de los palestinos y el inicio de la nueva Intifada.

El futuro es absolutamente sombrío con Sharon a la cabeza del gobierno. Él ya ha adelantado que en caso de ser electo, no cederá  más allá del 45% del territorio de la Ribera Occidental, y que potenciará los asentamientos judíos en el Neguev, Cisjordania y  las Alturas del Golán, lo cual contraviene los acuerdos alcanzados con los palestinos y que seguramente perpetuará la Intifada y la violencia.  En esta campaña Sharon se ha aliado con los sectores más retrógrados y fundamentalistas de la política israelí. Tal es el caso del Partido Shas del rabino Ovadia Yosef,  que en sus sermones suele referirse a los palestinos como “víboras”  y “chacales” y quien ha asegurado que “votar por Sharon es un acto sagrado, mientras que hacerlo por Barak es un pecado”. 

Quizás  Barak no ha sabido asumir el legado de Yitzak Rabin, por el cual fue inmolado, quizás ha comprendido muy tarde que una paz duradera y justa tiene su precio y no puede ser impuesta unilateralmente, quizás no ha sabido movilizar todas las energías de su pueblo hacia el campo de la paz.  Pero hay que reconocer que entre él y Sharon el triunfo de Barak es la única y quizás la última  alternativa para la paz en la región. Ningún otro dirigente israelí  ha llegado tan lejos como él poniendo sobre la mesa de negociación cuestiones tan controversiales como el retorno de los refugiados palestinos, los asentamientos, las fronteras,  el estatus de Jerusalén y la soberanía sobre   Haram El Shariff, en la ciudad vieja de Jerusalén.

En el futuro de esa región del mundo no deberá haber campo para extremismos de ningún signo. Ambos pueblos -como lo ha dicho Peres- están condenados a vivir en paz. ¿Hasta cuando tendrá que seguir derramándose  sangre por las calles de Ramallah, Gaza o Jerusalén  por la intransigencia y el fanatismo de extremistas como Sharon?  En un momento tan decisivo en la historia del Estado de Israel, la paz merece una nueva oportunidad. Una oportunidad que entraña rechazar la alternativa guerrerista de Sharon y apoyar a Ehud Barak. Solo así podrá construirse una paz verdadera y sustentable que se afirme sobre las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y el derecho de ambos pueblos a vivir seguros y en armonía.

 

 

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