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Ramadán en Damasco Sergio
I. Moya Mena
Faltan apenas unos minutos para las siete de la noche, el almuecín de la Mezquita Omeya de Damasco llama a la oración “la Allahu Ákbar, Ash-hadu an-laa ilaaha íll-Allah” (Dios es grande, doy que Fe que nadie merece ser adorado excepto Dios). La oración Maghrib anuncia el fin del ayuno diario que casi 1500 millones de musulmanes en todo el mundo llevan a cabo durante el mes sagrado del Ramadán, en el que se abstienen de comer, beber y tener relaciones sexuales entre el alba y el ocaso.
El Ramadán es el noveno mes del calendario islámico y este año ha coincidido con el mes de septiembre del calendario gregoriano. El año lunar islámico es de 11 a 12 días más corto que el gregoriano, lo que significa que si este año empezó el 1 de septiembre, el año entrante empezará entre el 21 y el 22 de agosto. Todos los musulmanes adultos que estén en su sano juicio, tengan capacidad y fortaleza física y no estén de viaje, tienen que cumplir con el ayuno. Aunque como cualquier práctica religiosa puede devenir en un mero ritualismo, el Ramadán significa para los musulmanes autodisciplina y obediencia celosa de los mandatos de Dios. Es un periodo de intensa oración y lectura del Corán. Los últimos diez días del Ramadán son un tiempo de poder espiritual especial, en los cuales el individuo trata de acercarse más a Dios a través de la devoción y las buenas acciones. La noche en la que el primer verso del Corán fue revelado al Profeta, conocida como la Noche del Destino (Lailat al-Qadr), es generalmente asumida como la noche número 27 del mes. El Corán afirma que esta noche es mejor que mil meses, por lo que muchos musulmanes pasan esa noche orando. Abstenerse de las comodidades mundanas por un tiempo hace al creyente desarrollar simpatía por los más necesitados y aprender a estar siempre agradecido por las dádivas que Dios otorga. El Imam Hussein, nieto del Profeta Muhammad, al ser consultado sobre el Ramadán dijo: “Se trata de que el rico pueda sentir los padecimientos del hambre y sepa entonces estimar lo que el pobre ha de soportar y por tanto comparta las generosidades de Dios con ellos." El Ramadán tiene también un sentido comunitario muy importante. Es una época que acerca a las familias y a los vecinos y amigos. Si la ciudad se ralentiza durante el día, en la noche, después de iftar, bulle con el movimiento en restaurantes y cafés o los petardos que hacen estallar los niños. El ayuno de los musulmanes influye también en la vida de todos, incluso en la de las comunidades cristianas armenias u ortodoxas que viven en Damasco y especialmente en la Ciudad Vieja, para quienes esta puede ser una época complicada. Pero la ciudad ha tenido desde hace más de mil años un carácter intercultural, y la tolerancia es un tesoro que casi todos saben apreciar y cuidar. Para el no-musulmán visitar Medio Oriente durante el Ramadán, puede resultar incómodo: la falta de alimento puede hacer que el humor de algunos se altere, las oficinas gubernamentales trabajan a un ritmo más lento y los restaurantes cierran durante el día. Si se tiene la suerte de conseguir algo de comida, comer o beber en público puede ser visto como irrespetuoso. No obstante, la experiencia de conocer en forma directa al Ramadán, que es uno de los cinco pilares del Islam, bien vale la pena.
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