LULA NO CUMPLE Sergio Moya Mena wiphala.org Luís Inacio Lula da Silva cumple dos años de mandato en enero. El primer presidente obrero de Brasil, se prepara para la segunda mitad de su gestión como líder de la novena economía del mundo. Un mandato que presenta muchos contrastes, y al que es preciso juzgar desde las expectativas que su histórica victoria representó para las fuerzas de izquierda en ese país y Latinoamérica.
Durante muchos años, el Partido de los Trabajadores, PT de Lula se convirtió en el principal referente de la nueva izquierda latinoamericana surgida en los años ochenta y que poco a poco empezó ocupar espacios de poder a lo largo del continente. La victoria del PT -producto de un trabajo de construcción política de veinte años, en los que se consolidó un bloque de poder popular junto a movimientos sociales como la Central Única de Trabajadores, CUT, o el Movimiento de Trabajadores sin Tierra, MST- fue vista por amplios sectores de la política latinoamericana como el inicio de un giro hacia la izquierda en la política continental, que permitiría romper con el modelo neoliberal impulsado por el Consenso de Washington. Ciertamente nadie esperaba que la victoria implicaría una rápida “transición al socialismo”, o la inmediata abolición de más de quinientos años de opresión. El propio programa electoral de gobierno del PT advertía que la transición sería lenta y producto de una amplia negociación política. Una negociación que hizo necesaria incluso la alianza del PT con sectores de la derecha como el Partido Liberal. No obstante, después de dos años de gobierno, la gestión de Lula deja muchas dudas y no poca decepción.
Aun y cuando la transición estructural hacia un modelo de desarrollo más humano evidentemente no es una tarea fácil, el gobierno no ha dado ninguna señal que demuestre la más mínima voluntad de iniciar dicho cambio. La primera gran sorpresa fue la conformación del gabinete, en el que Lula no incluyó prácticamente a ningún economista del PT ni de ningún otro sector de izquierda, mientras que se designó en puestos claves a reconocidos neoliberales como Antonio Palocci en el Ministerio de Economía y a Henrique Meirelles (ex-presidente del Bank of Boston), como presidente del Banco Central. Así, la “herencia maldita” de la política económica neoliberal del gobierno de Fernando Henrique Cardoso se ha mantenido y profundizado. El equipo económico ha intensificado el ajuste fiscal, ha congelado recursos con el fin de obtener superávit fiscales superiores incluso a los solicitados por el Fondo Monetario Internacional, FMI, ha privilegiado las exportaciones en detrimento del mercado interno y ha impulsado medidas como la reforma de las pensiones, que han favorecido a los planes privados de previsión social.
El gobierno presume de la mejora en los índices financieros y macroeconómicos: la economía ha crecido un 5% en el 2004; la inflación pasó del 9.3% en diciembre del 2003 al 7.4% en diciembre del 2004 y las exportaciones brasileñas han experimentado un crecimiento vigoroso. Todo esto tiene muy contento al FMI y a las elites brasileñas, que ven como su situación mejora. Frente a esto, los índices sociales se han deteriorado: el desempleo ha pasado del 10% al 13%, el consumo agregado de la población pasó de $533 billones de dólares a $300 entre 1997 y 2003 y la distribución de tierras es todavía muy lenta entre los campesinos.
Ciertamente ha habido oposición a la línea conservadora del gobierno dentro del propio PT. El gabinete de Lula es un escenario de disputa entre los sectores neoliberales comandados por Meirelles o Palocci y aquellos que apuestan a un giro social, como José Dirceu o Tarso Genro (ex alcalde de la sureña ciudad de Porto Alegre), pero que ven frustrados sus planes ante la ortodoxia económica.
El descontento de los trabajadores se ha incrementado, debilitando la base social del gobierno, que ha tenido que afrontar varias huelgas (una de las cuales llegó a movilizar a 430 mil trabajadores), así como movilizaciones estudiantes. Esta situación también ha tensado las relaciones entre el gobierno y los principales movimientos sociales, que, aun y cuando son severos críticos de la política económica, mantienen un “apoyo crítico” al gobierno. Este es el caso de la CUT y el MST, que exigen medidas favorables a la clase trabajadora y al conjunto del pueblo. Para ellos, enfrentar directamente al gobierno sería "hacerle el juego a la derecha". Sin embargo, es previsible que la institucionalización de la política neoliberal y la cada vez más lejana posibilidad de un giro social en el gobierno, tarde o temprano desembocarán en un rompimiento con los sectores populares organizados. El descontento también se ha expresado en la
quiebra de las alianzas que el PT estructuró al inició
del mandato. La primera ruptura fue la escisión de un sector
trotskista del PT que ha fundado el Partido Socialismo y Libertad,
PSOL. Más adelante, fue el Partido Democrático Trabalhista
(miembro de la Internacional Socialista), que rompe con el PT en
el 2003, mientras que un sector del Partido Popular Socialista (ex
comunistas) deja el gobierno en 2004.
Esta situación representa un gran desafío para la izquierda social. Para los movimientos sociales de masas -tal como lo reconoce Joao Pedro Stedile, líder del MST- la victoria de Lula no ha significado una derrota estratégica para la clase dominante y su modelo neoliberal, pues no sólo el PT debió de recurrir a aliados de derecha, sino que la victoria se produjo en un momento de descenso del movimiento de masas. La última gran ofensiva de la clase trabajadora brasileña ocurrió en la década del '80. Época en la que se obtuvieron importantes conquistas para el proletariado, pero que fue seguida de una fuerte ofensiva burguesa que se inicia en la década del '90. La nueva correlación de fuerzas también incide en el giro conservador que el PT inicia en 1998, cuando Lula es derrotado por Cardoso y empieza un proceso de acercamiento a los sectores de clase media y al empresariado. A partir de ahí, el PT moderó sus posiciones políticas e ideológicas en búsqueda de medios para acceder al poder.
Lamentablemente, la falta de voluntad política para iniciar el cambio hacia un modelo post-neoliberal tendrá incidencias en el resto del continente. Ningún otro país -por el tamaño de su economía y por la madurez del proyecto político de la izquierda- reunía tantas condiciones para ensayar un modelo alternativo al neoliberalismo. Como lo plantea el sociólogo argentino Atilio Borón: “si Lula no pudo, ¿podrá Tabaré Vázquez en Uruguay, o un eventual gobierno de Evo Morales en Bolivia?”. El PT ha sido unos de los grandes promotores del Foro Social Mundial, pero desde el gobierno, no se ha comprometido con la reglamentación del capital financiero internacional, ni la suspensión del pago de la deuda, ni la protección del medio ambiente, ni la lucha contra los organismos genéticamente modificados, todas propuestas surgidas dentro del FSM.
Precisamente el pasado mes de julio en Quito, sede del primer Foro Social de las Américas, ya se hizo patente la decepción que el gobierno de Lula ha traído para los movimientos sociales continentales, mientras que experiencias como las de Bolivia, Argentina y Venezuela, que expresan tendencias a acciones directas del movimiento de masas, se convierten en referentes más interesantes para la izquierda social latinoamericana.
¿Culminará el proceso brasileño confirmando la tesis del There is no alternative del Pensamiento Único? En este país se han ensayado las formas de movilización y organización popular mas avanzadas de Latinoamérica, así como las prácticas de democracia radical más exitosas. La esperanza sigue viva. Dependerá de un enorme esfuerzo de parte de las fuerzas populares para consolidar su hegemonía dentro de la sociedad y modificar las condiciones objetivas y subjetivas de cara a construir alternativas políticas que propicien un verdadero cambio.
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