Con Lula o sin Lula Sergio Moya Mena (*) El telón de la primera vuelta electoral cayó y la duda de una segunda vuelta se ha disipado ante la incapacidad del presidente Luis Inacio “Lula” da Silva del Partido de los Trabajadores PT, para alcanzar el 50% de los votos requerido para reelegirse. Le ha hecho falta apenas un 1.39% y consecuentemente deberá enfrentar el próximo 29 de octubre a Geraldo Alckmin del Partido de la Socialdemocracia Brasileña PSBD (derecha) y sus aliados del Partido del Frente Liberal (derecha). Difícil panorama para el que ha sido el primer presidente obrero en la historia de este país sudamericano. La victoria en la primera ronda no deja de tener un sabor de decepción para Lula y su entorno Algunos elementos coyunturales influyeron en el resultado electoral, como los numerosos casos de corrupción que han provocado una perdida de confianza del electorado, la decisión de Lula de no participar en los debates presidenciales o el descontento de miles de militantes del PT decepcionados por la política neoliberal del presidente y que decidieron dar su apoyo a la candidata de la extrema izquierda Heloisa Helena del Partido Socialismo y Libertad PSOL, quien obtuvo un 6.85%. No obstante es preciso leer los resultados como el producto global de los cuatro años de gestión del PT, con todos sus claroscuros: lo que hizo, pero también lo que no quiso o no pudo hacer.
La economía es mencionada como la faceta más exitosa del gobierno del PT. Este año se prevé una inflación de apenas 3,5%, lo cual implica el menor aumento de precios desde 1998 y el segundo más bajo en mucho tiempo. Se espera también que el Producto Bruto Interno (PBI) suba un 3,3%, después de un desempeño pobre el año pasado (cuando el PBI subió solamente un 2,5%). Por otra parte, la moneda brasileña, el Real, se fortaleció 39% de cara al dólar durante los cuatro años de gobierno y la inversión extranjera alcanzó los $21.500 millones, el nivel más alto desde la ola privatizadora del período 1998-2000. El riesgo-país descendió de un pico de 1440 puntos a un suelo de 230 puntos. El gobierno ha pagado aproximadamente 170.000 millones de dólares por concepto de capital e intereses de la deuda externa e interna entre 2003 y 2005. Las tasas de interés se mantuvieron muy elevadas, (14%), ubicadas entre las más altas del mundo y limitando el acceso al crédito y frenando el consumo y la inversión, pero en términos generales, haber mantenido las líneas básicas de la política económica monetarista de los gobiernos anteriores, le ha granjeado a Lula el “apoyo y reconocimiento” de los mercados y los organismos financieros internacionales. Por otro lado el gobierno ha implementado una serie de políticas sociales como Luz para todos o la Bolsa de Familia que ha permitido a las familias más pobres enviar sus hijos a la escuela, tener acceso a vacunas y otros servicios de salud. El salario mínimo aumentó en un 32% y se crearon casi 3,8 millones de puestos de trabajo en el sector formal, aunque muy lejos de los 10 millones que Lula había prometido en su primer campaña. Además, se amplió significativamente el crédito para la pequeña producción y la lucha por la reforma agraria no se ha criminalizado como en el gobierno anterior, a pesar de que la Comisión Parlamentaria que estudia el problema de la tierra considera la ocupación de tierras como un "acto de terrorismo". Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, pero según un estudio del Instituto de Encuestas de Economía Aplicada, IPEA (por sus siglas en portugués) publicado a fines del mes de agosto, la distribución del ingreso mejoró en forma consecutiva entre 2002 y 2004, siendo el 2004 el año de mejor distribución del ingreso de por lo menos 25 años. En el campo internacional, el gobierno de Lula ha sido la columna en la conformación de un eje progresista en Sudamérica (junto a los presidentes de Argentina, Venezuela, Uruguay y Bolivia ) que ha logrado frenar iniciativas como el Área de Libre Comercio de las Américas ALCA, la agresiva campaña norteamericana hacia Venezuela y el aislamiento de Cuba. Lula ha impulsado la conformación de una agenda de integración latinoamericana autónoma (algo inconcebible hace quince años) con un repunte del MERCOSUR, la creación en 2004 de la Comunidad Sudamericana de Naciones y la articulación de una audaz política comercial encabezando el G-20 en el marco de la Organización Mundial del Comercio OMC. Además, el país ha establecido importantes acuerdos estratégicos con África del Sur la India, China y el mundo árabe. La correlación de fuerzas políticas en el hemisferio se ha alterado creando cierto balance frente al unilateralismo impulsado por los Estados Unidos. Como lo ha dicho el religioso brasileño Frei Betto en una entrevista publicada por el diario argentino Página 12, “mientras él esté al frente del gobierno, se facilitarán las cosas para la Cuba de Fidel, la Bolivia de Evo y la Venezuela de Hugo (Chávez)". Una derrota de Lula tendría indiscutiblemente un impacto negativo en esta nueva geopolítica regional.
Pero lo que para unos es virtud, es pecado para otros. La principal critica que Lula recibe desde la izquierda es haber continuado el modelo económico liberal heredado del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. A pesar de que el gobierno ha impulsado las políticas sociales más audaces en los últimos veinte años, no se han tocado los grandes problemas estructurales que históricamente han producido enormes desigualdades en el país. La reforma agraria no ha avanzado lo suficiente (frente a una expansión de las grandes plantaciones agro-exportadoras), y el desempleo y la marginación siguen afectando a millones de brasileños. El triunfo de Lula en 2002 generó muchas esperanzas dentro y fuera de Brasil. Algunos compararon su triunfo con la victoria de Salvador Allende en Chile en 1973. Para entonces Lula manejaba un lenguaje mucho más radical, con el que amenazaba con romper con las estructuras capitalistas. Si algún país podía empezar una transición hacia el post-neoliberalismo ese era Brasil, la economía más grande de Latinoamérica y la décima en el ámbito mundial. Pero eso no sucedió. Una vez en el poder Lula se preocupó de enviar señales de “confianza” hacia los grandes capitales para evitar ansiedad bursátil y fuga de inversiones. Inmediatamente designó en puestos claves a reconocidos neoliberales como Antonio Palocci en el Ministerio de Economía y a Henrique Meirelles (ex-presidente del Bank of Boston) y moderó notablemente su discurso. Si se puede hablar de “grandes ganadores” en estos cuatro años de gobierno de Lula, sin duda habría que hablar de los banqueros, que se han beneficiado del hecho de que la mitad de la deuda publica es interna y se ajusta a la tasa de interés de referencia SELIC que esta cerca del 20% (frente a una inflación del 5% en 2005), haciendo que los títulos constituyan una excelente fuente de ganancias. Los bancos son compradores de esos títulos, lo que ha incrementado enormemente sus ganancias. Solo en el 2004 las entidades bancarias ganaron 11.000 millones de dólares. Así, mientras el gobierno transfiere diez mil millones de reales a los proyectos sociales, otorga ciento cuarenta mil millones de reales al sistema financiero que le facilita el dinero necesario para llevar adelante su política y le permite pagar las cuentas gubernamentales. Algunos críticos como el teólogo Leonardo Boff señalan una dolorosa contradicción que muestra como “la macroeconomía neoliberal sigue chupando la sangre del pueblo”. Frente a esto, la insatisfacción de amplios sectores de la izquierda es especialmente fuerte en movimientos sociales como la Central Unitaria de Trabajadores CUT o el Movimientos de Trabajadores Rurales sin Tierra MST, para quienes el balance del gobierno de Lula no ha estado a la altura de las expectativas históricas de la izquierda partidista y social brasileña. Ciertamente los movimientos sociales brasileños han venido en un proceso de reflujo desde 1989, lo que le ha restado poder y consecuentemente capacidad para incidir en las políticas del gobierno. Pero la verdad es que el gobierno del PT no ha tenido interés en incentivar la movilización popular que históricamente ha sido una seña de identidad fundamental de la izquierda brasileña. Ni siquiera el poderoso MST que afilia a cientos de miles de familias ha logrado obligar a Lula a que cumpla sus promesas de dar tierra a 400.000 familias y tampoco ha podido evitar que el gobierno haya privilegiado el modelo agro-exportador basado en la producción de monocultivos en latifundios para la producción de soja, algodón y eucalipto.
La corrupción ha sido sin duda el flanco más débil del gobierno de Lula. Durante los cuatro años de gestión del PT, un partido fundado en 1980 haciendo de la ética una de sus principales banderas políticas, se han conocido cuatro grandes escándalos de corrupción: como primer capítulo de una repugnante saga, un video mostró al asesor de la Presidencia de la República Waldomiro Diniz extorsionando a un infractor siendo todavía funcionario del gobierno de Río de Janeiro; más adelante legisladores del PT fueron acusados de recibir dinero de empresarios y haber pagado millones para obtener el apoyo de otros partidos en el parlamente para aprobar leyes de derecha; después el ministro de Economía, Antonio Palocci, transgredió el secreto bancario de un obrero que lo acusaba de negocios oscuros; finalmente, recientemente algunos petistas fueron apresados con $800.000 cuando trataban de comprar un documento que, supuestamente, contenía graves denuncias contra José Serra, del PSDB, que disputaba el gobierno de São Paulo con Aloysio Mercadante, del PT.
Aun y cuando muchos en los movimientos sociales e incluso en la izquierda partidista puedan sentirse decepcionados e incluso traicionados por Lula, es previsible que la decisión del 29 de octubre no implique ningún dilema: se trata de escoger entre el regreso al pasado que representa retomar el modelo neoliberal en su expresión más pura (privatizaciones, criminalización de los movimientos sociales, fin de la reforma agraria; detener las inversiones públicas en comunicaciones, rutas, educación salud; precarización del empleo; desbaratar las alianzas estratégicas con el MERCOSUR, Venezuela, Bolivia, etc.) o un gobierno popular que aunque limitado en su capacidad operativa, al menos ha representado cambios sociales importantes así como un nuevo papel de Brasil en el mundo. En este sentido, el propio presidente de la Central Única de los Trabajadores (CUT), la mayor central sindical del país ha anunciado que su organización redoblará los esfuerzos para movilizar apoyo político para Lula. Aunque Lula no haya roto con el neoliberalismo y ni siquiera ha intentado cuestionar sus bases, definitivamente los sectores populares tienen mucho que perder con un gobierno de Geraldo Alckmin. Las primeras encuestas señalan una ventaja de Lula para la segunda ronda el 29 de octubre, pero el camino no será fácil. La sombra de los casos de corrupción y sus inconsistencias posiblemente seguirá afectando la imagen del presidente. De hecho el tema de esta segunda ronda sigue centrado en la ética. En la construcción de alianzas necesarias para la esa ronda el apoyo de sectores centristas y conservadores como el Partido Movimiento Democrático Brasileño PMDB, que contará con una fuerte bancada electoral, resulta muy importante. Pero también será vital conquistar el corazón de los seguidores del PSOL. La candidata del PSOL Heloisa Helena, antigua senadora del PT expulsada de ese partido en 2003 por oponerse a la reforma del sistema de pensiones, ha liberado a sus seguidores para que voten como quieran, lo cual supondría que entre Alckmin y Lula optarán por el petista. El 41,64% obtenido por Alckmin -muy por encima de las previsiones- constituyó sin duda una sorpresa para los observadores. Alckmin, ex gobernador de São Paulo es muy cercano a los sectores empresariales y defiende la eficiencia en el gasto público. En São Paulo redujo los impuestos y privatizó el mantenimiento de las carreteras. Para Alckmin, el exceso de crecimiento del sector público brasileño es el responsable del bajo crecimiento de la economía. En un gobierno de Alckmin se privilegiarían las políticas convencionales de libre comercio, el ALCA y un acercamiento a los Estados Unidos a través de un tratado de libre comercio. Dos visiones de país están en juego, pero independientemente de quien sea el ganador, el panorama post-electoral exige a la izquierda una profunda reflexión sobre su política de alianzas y su relación con los movimientos sociales a fin de rescatar todo el potencial construido durante treinta años de luchas sociales y que Lula no ha querido aprovechar. Hasta el momento, haber privilegiado la acumulación de fuerzas en el campo electoral e institucional no ha sido suficiente para alterar la correlación de fuerzas en la sociedad brasileña. Un segunda mandato de Lula puede ser una oportunidad para retomar el camino de lo popular.
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