Victoria chiíta

Sergio I. Moya Mena

La Prensa Libre 9 de junio de 2008

 

Después de seis meses en los que el palacio presidencial de Baabda permaneció vacío, los libaneses han elegido el pasado domingo 25 de mayo al general Michel Suleiman como nuevo Jefe de Estado. Esta designación pone fin —al menos por ahora— al bloqueo político que paralizó al país y lo llevó al borde una nueva guerra civil. Los dos bandos en disputa han acordado en Doha y con el patrocinio del gobierno del Emir de Qatar Hamad bin Khalifa, constituir un gabinete en el que la organización chiíta Hezbollah y sus aliados tendrán once puestos, así como el derecho de veto sobre cualquier decisión del gobierno.

Aparentemente, es un acuerdo que todas las partes firmantes alaban, pero en realidad, se trata de la ratificación de una querella que ha arrojado perdedores y ganadores. Entre los primeros hay que ubicar naturalmente al Gobierno del Primer Ministro Fuad Siniora (considerado como pro occidental) y sus aliados de la Alianza 14 de Marzo, encabezada por Saad Hariri, que han perdido la batalla campal en las calles de Beirut y la batalla política. La derrota arrastra a los aliados sunitas del Gobierno en el exterior y en especial a Arabia Saudita. Pero el Acuerdo de Doha es también una derrota diplomática para los Estados Unidos que se oponían a cualquier entendimiento entre el Gobierno (al que venían apoyando política y militarmente) y Hezbollah. En el momento más dramático de la guerra entre la milicia chiíta e Israel en julio de 2006, que pretendía, al igual que en Iraq y Afganistán, “redibujar” el mapa de Medio Oriente en función de una “Pax Americana”, la Secretaria de Estado Condoleezza Rice describió esa guerra como los “dolores de parto de un Nuevo Medio Oriente”. Rice acertaba al intuir el surgimiento de un nuevo orden geopolítico regional, pero ignoraba que en éste, el poderío y la influencia de Estados Unidos y sus aliados se verían erosionados.

El gran ganador de los Acuerdos de Doha es sin duda Hezbollah, así lo reconoce hasta el Ministro de Defensa israelí Ehud Barak. Hezbollah no solo logró que el ejército libanés revirtiera la destitución del Jefe de Seguridad del Aeropuerto Internacional de Beirut (un aliado de los chiítas), sino que evitó que el gobierno desmantelara la red telefónica de fibra óptica que la organización opera. La capacidad de Hezbollah de hacer que el Gobierno revoque decisiones tan vitales es señal inequívoca de un nuevo balance de fuerzas en el país de los cedros eternos. Hezbollah ha probado que, lejos de ser una organización marginal y sin arraigo como Al-Qaeda, cuenta con una base social muy fuerte entre los chiítas libaneses y su fortaleza contrasta con la debilidad del Estado libanés. Como lo dice la analista del Carnegie Endowment for International Peace, Amal Saad-Ghorayeb, Hezbollah es “un estado dentro de un no-estado”. Creada para hacer frente a la invasión israelí al Líbano en 1982, Hezbollah es mucho más que una milicia y un partido político: opera una extensa red de servicios sociales que incluye hospitales, escuelas y guarderías, un servicio de micro-créditos, un canal de televisión que difunde su señal en toda la región y una emisora de radio. Paradójicamente, todos los recientes intentos políticos y militares, orquestados desde Washington, París, Tel Aviv o Riyadh para debilitar a la organización, han terminado fortaleciéndola.

Con Hezbollah han ganado también sus aliados, especialmente Siria e Irán. Siria venía siendo objeto de una estrategia de aislamiento promovida por Francia y los Estados Unidos, pero ahora puede ver cómo sus intereses en Líbano son resguardados, al menos por el momento, y la dinámica política de Medio Oriente es ahora favorable al gobierno de Bashar al-Assad. La actitud reciente de Israel, parece reflejar el nuevo balance político regional: no es casualidad que justo ahora el Estado Judío, en una expresión de “realpolitik”, se embarque en negociaciones con Siria respecto a las Alturas del Golán y proyecte un intercambio de prisioneros con Hezbollah. Irán, que según el periodista Robert Fisk entrena mensualmente a 300 milicianos de Hezbollah, también puede reclamar crédito en la victoria chiíta libanesa y su impacto regional. La muestra más significativa fue el infructuoso intento del Presidente George W. Bush —en su pasada gira regional de mayo— de obtener un compromiso más sólido de los países del Golfo Pérsico para aislar a Irán.

La victoria de Hezbollah es sintomática del ascenso y creciente politización de los chiítas en Medio Oriente, que en países como Líbano, Iraq y Bahrein habían sido marginados y considerados como ciudadanos de segunda. ¿Implica esto una amenaza adicional a la ya menguada estabilidad de la región? No necesariamente. La politización de las comunidades chiítas en varias partes de la región corresponde más a procesos de maduración política locales, que a una “conspiración regional”. Por eso, resulta inapropiado hablar de una “Creciente chiíta” que se extendería desde Líbano hasta Irán pasando por Siria e Iraq. La referencia a esa supuesta “Creciente chiíta” de la que hablan personajes como el Rey Abdullah II de Jordania, parecer ser más bien una ficción creada por algunos regímenes árabes, autodenominados “moderados”, con la esperanza de amedrentar a la población sunita de la región y unirla frente a Hezbollah o Irán, que son vistos por algunos sectores como modelos de resistencia a los planes neoimperialistas en la región.

Las diferencias sectarias en Medio Oriente son un hecho objetivo, pero no sería ésta la primera vez que se intenta exacerbarlas con fines políticos. “Divide et impera”: lo hicieron en el pasado los otomanos, los británicos y lo hace ahora Estados Unidos en Iraq.

 

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