Cambios en la diplomacia norteamericana Sergio Moya Mena Slovo 3-6-2001 La reciente crisis diplomática entre Estados Unidos y China ha sido el primer desafío en materia de política exterior que ha afrontado el gobierno de George W. Bush. Un desafío cuyo manejo ha planteado muchas dudas. Si a esto sumamos la expulsión de 50 diplomáticos rusos, el rechazo al Protocolo de Kyoto y al Tratado de Prevención Completa de Pruebas Nucleares y la insistencia en la creación de un National Missile Defense, surgen grandes interrogantes: ¿Hacia dónde se dirige la política exterior de la primera potencia mundial? ¿Qué intereses e ideologías representan los tomadores de decisiones? La política exterior jugó un papel muy marginal -a excepción del segundo debate- en la reciente campaña por la presidencia. Con el final de la Guerra Fría y la amenaza inminente que ésta representaba para la seguridad nacional de Estados Unidos, los temas internacionales ya no encabezan la agenda de los políticos en Washington. Esto ha hecho también que se rompa el bipartidismo entre republicanos y demócratas en materia de política exterior. Un bipartidismo que se remontaba al gobierno de Harry Truman. No es, por lo tanto, extraño que se verifiquen cambios sustanciales respecto a la política exterior de Bill Clinton. Estos cambios pasan por la redefinición del interés nacional" que ha planteado la administración Bush. Quizás el cambio más importante que esto implica es el hecho de que Estados Unidos no asumirá más el papel de "nación indispensable", del que hablara la anterior secretaria de Estado, Madeleine Albright, y que llevó a Estados Unidos a intervenir militarmente en Haití, Bosnia, Somalia y Kosovo. Este país será mucho más reticente a intervenir en futuros conflictos y el interés nacional ya no se definirá por el humanitarismo. La nueva consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, ha sido más que elocuente al respecto: "La 82a. división de paracaidistas no ha sido creada para llevar niños a las guarderías de Bosnia y Kosovo". Esta nueva posición se expresa en la "Doctrina Powell", que establece que la fuerza militar debe ser usada únicamente para apoyar un objetivo político claro y con suficientes recursos que aseguren el éxito. Una posición encuadrada en el "realismo", que contrasta con el espíritu "wilsoniano" de muchas de las actitudes de Clinton en política exterior y que seguramente implicará un retraimiento de Estados Unidos de sus compromisos multilaterales. El nuevo "unilateralismo" está claramente asociado a la naturaleza conservadora de la mayoría de este equipo de funcionarios. Si bien el proceso de formulación de la política exterior en Estados Unidos es complejo, ésta será en gran parte determinada por los intereses e ideas del equipo humano que Bush ha seleccionado. Muchos de ellos tienen una amplia trayectoria en temas de política exterior y defensa, habiendo servido en las administraciones de Ford, Reagan y George Bush. Tal es el caso del pragmático Colin Powell y Condoleezza Rice. En el Pentágono, Donald H. Rumsfeld es un "halcón" encuadrado en el marco de la Guerra Fría que se ha rodeado de asesores de línea dura como Paul B. Wolfowits, Peter W. Rodman (ambos miembros del derechista Nixon Center) y Douglas J. Feith, miembro del también conservador Center for Security Policy. Es también previsible que el vicepresidente Cheney -quien fue secretario de Defensa en el gobierno de George Bush- juegue un papel muy importante en la política exterior del actual presidente y se espera que se alinee al bando de Rumsfeld en temas como la defensa antimisil o la política hacia Irak. Powell, por su parte, ha constituido un equipo de especialistas ideológicamente mixto, en el que conviven desde el subsecretario de Estado, Richard Armitage (quien fue ligado al escándalo Irán-Contras), hasta el moderado Richard Hass, exfuncionario del Brooking Institution y quien ha abogado por el aflojamiento de las sanciones a Irak. Es previsible que los intereses de las grandes corporaciones norteamericanas se verán bien representados con este "equipo" que privilegia más el libre comercio y menos los derechos humanos. De hecho, casi todos ellos tienen o han tenido intereses en los grandes negocios. Rumsfeld fue gerente de G.D. Seark y de la General Instrument; Rice fue miembro del cuerpo director de Chevron y Cheney fue gerente de la petrolera Haliburton. Por supuesto, uno de los sectores privados que más provecho sacarán de esto es la industria militar, especialmente empresas como Lockheed Martin, Boeing y Raytheon. Estas tres compañías tienen especial interés en el desarrollo del National Missile Defense. Hace 40 años el entonces presidente Dwight Eisenhower advirtió sobre la excesiva y perniciosa influencia que venía adquiriendo el "complejo industrial militar". Hoy día esta advertencia sigue siendo válida. El gasto militar en Estados Unidos asciende actualmente a $300 billones, 22 veces el presupuesto combinado de sus más temidos enemigos: Libia, Irak, Norcorea, Sudán, etc. En dólares ajustados por inflación, Estados Unidos hace más gastos militares que en 1961, cuando Eisenhower hizo su advertencia. El National Missile Defense, diseñado contra un eventual ataque con misiles de algún Estado "paria", pretende construir un escudo contra ataques misilísticos sobre todo el territorio norteamericano y se constituye en el principal elemento de la política exterior de Bush en materia de defensa. Su más enconado promotor es el secretario Rumsfeld, quien se ha convertido en santo patrón del lobby de esta nueva "Guerra de las Galaxias". Powell, por su parte, se ha manifestado más precavido y reiteradamente ha apostado por reducir el valor de las armas nucleares, afirmando que cualquier estrategia en materia de misiles debe lograrse a través de un consenso con los aliados e incluso con Rusia. El NMD no solo es altamente polémico y caro (costará alrededor de $240 billones) sino que es unilateral -Rusia advirtió que violaría el Tratado SALT de 1972- y su necesidad es bastante dudosa. La misma CIA elaboró un reporte hace pocos años en el que se desestimaba una amenaza de armas nucleares contra Estados Unidos por parte de países como Irak, Libia o Norcorea. Eventualmente, el NMD se convertirá en otro elemento de discordia entre Estados Unidos y países como China y Rusia. Estas naciones verán el NMD como una amenaza a su ambición de superioridad estratégica sobre Japón y como una barrera para el uso de la fuerza contra Taiwan. La hegemonía conservadora tanto en el Congreso como en el Ejecutivo y la renovada influencia de los sectores militaristas prevén un endurecimiento de las posiciones en temas de defensa, seguridad y medio ambiente. Situación que ya ha empezado a preocupar no solo a "rivales estratégicos" de Estados Unidos sino también a sus aliados históricos. La actitud arrogante respecto a China y Rusia recuerda episodios propios de la Guerra Fría que se creían superados y que sin duda no contribuyen a la estabilidad y la convivencia en un mundo globalizado y cada vez más interdependiente.
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