Capitalismo de cruzada
JOSÉ VIDAL-BENEYTO
26/01/2008
El sábado pasado señalé la aparición
en Europa -sobre todo España, Francia, Italia- de comportamientos
propios de lo que ha comenzado a llamarse ya fundamentalismo capitalista,
directamente importado de EE UU y de sus neocons, del que parece
muy próximo el presidente Sarkozy. Resultado de la fusión
del integrismo religioso, que caracteriza hoy la doctrina y las
practicas de la mayoría de las iglesias, en particular y
por lo que nos concierne de la católica, con las formulaciones
más elaboradas de la ideología de la empresa y de
su función en el mundo.
Ian Davis, gurú del management empresarial, apoyándose
en el concepto de Responsabilidad Social Corporativa (CSR, en inglés)
base de la nueva filosofía de los negocios, afirma que el
cometido de las grandes empresas, de modo especial las multinacionales,
no puede limitarse a producir beneficios y a enriquecer a sus accionistas,
sino que tienen que asumir las consecuencias de su compromiso básico
con la sociedad. Compromiso derivado de su condición de beneficiarios
principales de la comunidad en la que intervienen, lo que nos obliga
a completar el paradigma weberiano de la relación entre religión
y economía, según el cual el éxito económico
es consecuencia a la par que prueba de la predilección divina,
para agregarle una voluntad política, un racionalismo mercantil
y una fe en la creación de riqueza que son los que aseguran
la obtención de beneficios y su capitalización.
Razón por la cual hay que situarlos en el centro de esta
nueva formación social, que es quizá la ultima versión
de la religión civil americana que nos presentó en
los año 70 Robert Belloch ( Beyond Belief. Essays on Religion
in a Post-Traditional Society, Harper & Row), en la que funcionan
como desencadenantes y argamasa de una fusión entre política,
religión y negocio.
Dicha fusión los hace pronto indistinguibles en su funcionamiento
conjunto y se traduce en la plena intercambiabilidad de las posiciones
y funciones de sus actores mayores. De aquí que sea no solo
legitimo sino inevitable que los grandes empresarios sean también
los grandes protagonistas de la política, de igual manera
que los líderes políticos acceden sin otras pruebas
ni méritos a las posiciones cimeras del principal protagonismo
económico. Y así hoy Schröder decide en el gigante
ruso de la energía Gazprom; Aznar es consejero privilegiado
con mando en plaza en el imperio Murdoch; Blair, que se ha revelado
de una insaciable capacidad en el acaparamiento de posiciones de
poder, es enviado especial para el Oriente Próximo de las
cuatro grandes potencias mundiales, a la par que desempeña
funciones dominantes, con honorarios millonarios, en el grupo bancario
J. P. Morgan; Rato, que ha dejado el FMI para especializarse tal
vez por determinaciones familiares en cúspides bancarias,
se ha incorporado ya a las del Santander y Grupo Lazard; y, finalmente,
en itinerario inverso, Manuel Pizarro, después de su impresionante
y vertiginoso autoenriquecimiento en la empresa privada, se ha incorporado
al PP y milita como gran adelantado en la falange de cruzados del
capital que forman todos ellos.
Frente al frenesí del siempre más y a la voracidad
de dinero y poder que les devora y que Sarkozy representa de forma
máxima, la Política de Civilización de Edgar
Morin, que el presidente francés invoca con obsceno cinismo,
es su antónimo paradigmático. Sus principios y propuestas
han sido objeto de una larga elaboración que se formula por
primera vez en su Introducción a una política del
Hombre (Seuil 1965), se desarrolla en Tierra-Patria (Seuil, 1993)
y toma forma definitiva en el libro que le lleva por titulo (Arlea,
1997) y del que acaba de reeditarse, en una publicación separada,
el primer capítulo (Arlea, 2008).
Donde los cruzados y Sarkozy dicen más y más, Morin
retrueca menos y mejor; frente a la cantidad de los primeros, Morin
reclama calidad; en lugar de pedir más bien-estar, que con
frecuencia acaba en mal-estar, Morin contrapropone bien -vivir como
el más seguro compañero de la felicidad. El pensador
de la complejidad nos recuerda que en la realidad contemporánea
los componentes del bien y del mal se interpenetran y forman una
trama interrelacionada en bucle, en la que cada uno de ellos es
causa y efecto, productor y producto y en el que la fuerza revolucionaria
está ya en la potencia autotransformadora de las sociedades
que queríamos cambiar, en forma de contracorrientes y contratendencias.
Opuesto a la hipertecnificación que descalifica a la mayoría
y que nos atomiza y separa a todos, propone la creación de
nuevos ecoempleos y de trabajos solidarios, de prácticas
conviviales que se opongan a la exclusión y a la soledad.
La Política de Civilización es una convocatoria general
a la resistencia. Desde la alimentación industrializada y
la hipermedicalización hasta la destrucción del medio
natural, la degradación de ciudades y barrios, y la cretinización
mediática. Frente al inventario de gadgets para dopar el
crecimiento que Attali acaba de proponerle a Sarkozy, nuestro pensador
convoca a la restauración ética de la esperanza.
|