Nubarrones sobre Annapolis

Sergio I. Moya Mena

La Prensa Libre 27-11-07

Pocas conferencias diplomáticas han sido precedidas de tantos llamados a la cautela como la cumbre de Annapolis, convocada por el Gobierno de los Estados Unidos para finales de noviembre y que pretende ser el primer paso hacia un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos. La canciller israelí Tzipi Livni anticipa que “no se tratará de una conferencia de paz”, sino de un comienzo para establecer el marco de las negociaciones bilaterales entre Israel y los palestinos, mientras advierte a estos “que no vayan con muchas esperanzas”. Por su parte, países árabes como Jordania, Arabia Saudita y Egipto aseguran que participarán con muchas reservas.

El interés por Annapolis radica en que es la primera vez que se replanteará un proceso de negociaciones de alto nivel entre las máximas autoridades palestinas e israelíes desde que las conversaciones de Camp David II -patrocinadas por el ex presidente Bill Clinton- fracasaran en el 2000. En esa oportunidad se acusó al líder palestino Yasser Arafat de haber rechazado la “generosa” oferta que le había hecho su contraparte israelí Ehud Barak, pero en realidad el rechazo de Arafat estaba plenamente justificado: el Estado Palestino que le ofrecía el magnánimo Barak era un Estado sin fronteras, sin Jerusalén Este, sin soberanía y geográficamente discontinuo, una suerte de bantustán similar a los creados en la Sudáfrica del apartheid para segregar a la población negra.

Pero si el proceso de Camp David II fracasó, no parece que Annapolis presente un porvenir más halagüeño. De entrada, la conferencia parece convocada por las razones equivocadas: tanto George W. Bush como el primer ministro de Israel Ehud Ólmert y el presidente palestino Mahmoud Abbas tienen liderazgos altamente cuestionados en sus respectivos países. Cada uno requiere desesperadamente de una “victoria política” y ven en Annapolis la oportunidad para ello. Otro problema es que, a Annapolis no han sido invitados todos los actores políticos cuya presencia es imprescindible para negociar un proceso de paz verdaderamente sólido, como el Movimiento de Resistencia Islámica Hamas. Tampoco es seguro que participe el Gobierno de Siria. Además, las partes ni siquiera se han puesto de acuerdo en la elaboración de una agenda mínima y consecuentemente, no hay garantía de que se vayan a discutir temas vitales como el derecho de retorno de los refugiados palestinos, el estatus de Jerusalén Este o los asentamientos judíos.

La Autoridad Palestina quiere un retiro israelí de toda Cisjordania con la posibilidad de cambiar de un 3% a un 5% de dicho territorio por una similar cantidad de territorio israelí, pero Israel insiste en retener los grandes asentamientos judíos construidos alrededor de Jerusalén Este desde 1967, como Adomin, Pisgat Ze'ev o Har Homa y compensar a los palestinos con algún  territorio en el inhóspito desierto del Neguev.

Incapaces de ponerse de acuerdo en éste y otros temas, ambas partes han decidido re-adoptar el Mapa de Ruta para la paz propuesto por los EE.UU. como marco de negociación durante y después de Annapolis, pero no hay siquiera acuerdo respecto a qué significa exactamente ese Mapa de Ruta. Así, para los israelíes éste incluye el compromiso dado en abril de 2004 al entonces primer ministro Ariel Sharon por el presidente Bush (y refrendado por el Congreso norteamericano) de “retener” los asentamientos judíos más grandes en Cisjordania en el contexto de un acuerdo final con los palestinos. Esta posición es naturalmente rechazada por los palestinos, no sólo porque socava la Resolución 242 de Naciones Unidas que es vista como base imprescindible para la creación del Estado Palestino, sino porque dichos asentamientos, en los que viven alrededor de 460 mil judíos, son ilegales de acuerdo con el Derecho Internacional. 

El tema de los asentamientos es quizás el más delicado, pero no resulta menos polémica la pretensión de Ólmert de que los palestinos reconozcan a Israel como “Estado del pueblo judío”. Para los palestinos aceptar esta demanda -que algunos ven como racista- es inaceptable, pues supondría en el futuro la posibilidad de que Israel expulse del país a la población palestina, que constituye el 25% de la población de Israel.

En estas condiciones, resulta bastante improbable que en Annapolis pueda surgir una propuesta de paz sólida. Es obvio, también, que la parte más débil en la mesa son los palestinos. Divididos (en parte por la ingerencia de quienes ahora se presentan como pacificadores) y con su experimento democrático aniquilado, no pueden en forma realista esperar mucho de esta reunión. Al contrario, corren el riesgo de volver a ser embaucados como en los Acuerdos de Oslo que, tal y como lo reconoció el ex-canciller israelí Shlomo Ben-Ami, “se fundamentaron en una base neocolonialista, una vida de dependencia de uno respecto al otro para siempre”.

La negociación de una parte muy fuerte con una muy débil no puede generar un resultado justo y todo apunta a que Annapolis va a reproducir todos los errores que en el pasado impidieron una paz con justicia.

 

INICIO

 

contacto | artículos de Sergio Moya Mena | enlaces | Altermundo

articulos | filosofía de Abya Yala | consejo editorial | pueblos originarios

© wiphala.org - San José, Costa Rica. Apartado postal 109-7050 Cartago