Y se abrirán las anchas alamedas Por Sergio Moya Mena Veinticinco años ya de aquel 11 de
septiembre de 1973, en que el Palacio de la Moneda fue bombardeado
por los militares y se puso fin al gobierno legítimamente
constituido de Salvador Allende Gossens en Chile. Allende había
llegado al poder en 1970, iniciándose uno de las experiencias
de transformaciones democráticas más amplias que ha
tenido América Latina. Como presidente, se propuso una transición
pacífica y democrática al socialismo, basada en una
transformación de la base económica y de las relaciones
de producción, pero siempre, dentro de¡ marco de la
institucionalidad. Esto parecía posible porque existían
los elementos dentro del marco político y social que vivía
Chile, que favorecían ese cambio. No solo se contaba con
una gran confianza en la flexibilidad de las instituciones políticas,
sino que había una apertura en el plano ideológico,
dada por un amplio cuestionamiento al sistema capitalista vigente
y confianza en la legitimidad del cambio que proponía la
Unidad Popular. El proceso de cambios impulsados por Allende
tuvo en todo momento un apoyo mayoritario del pueblo chileno, no
solo desde que fue ratificado como presidente con el apoyo de los
partidos de la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, sino también
cuando su gobierno tomó algunas de las medidas más
audaces de su gestión, como la nacionalización del
cobre, que fue aprobada como reforma constitucional con el apoyo
unánime del parlamento. Incluso cinco meses antes del golpe
de septiembre de 1973, la Unidad Popular obtenía el 44% de
los votos en las elecciones legislativas. Pero la marcha de un pueblo que se sacudía
del letargo y decidía asumir su propio destino obviamente
afectó los intereses de los sectores oligárquicos
y transnacionales, que veían su hegemonía debilitada.
Las circunstancias del golpe son ampliamente conocidas. Sectores
económicamente poderosos afectados por las nacionalizaciones
y la Reforma Agraria de la Unidad Popular, se aliaron con un sector
del ejército que hizo caso omiso de su lealtad a la constitución
y propiciaron el golpe de septiembre. Todo con la complacencia y
el apoyo de la Embajada de los EE.UU. Es preciso reconocer que desde la propia
izquierda y la Unidad Popular también se cometieron errores
de orden táctico, creándose condiciones que favorecieron
el golpe. Sectores ultraizquierdistas como el* Movimiento de
Izquierda Revolucionaria MIR, o algunas facciones del Partido Socialista, obstaculizaron
sistemáticamente la labor del Presidente Allende, haciendo
demandas descabelladas o francamente ridículas
y realizando innecesarios actos de provocación hacia los
sectores derechistas. Para estas facciones sectaristas, el objetivo
era transformar a Chile en Cuba, único referente "verdaderamente revolucionario- para ellos. Muy tarde comprendieron que el
proceso que ellos llamaban peyorativamente "reformista', era en realidad un proceso de alcances revolucionarios
incuestionables. Salvador Allende había hecho en tres años
más que cualquier otro revolucionario socialista en ese mismo
período. Ahora bien ¿Qué valoración
podemos hacer de este período después de un cuarto
de siglo, cuando ya ha nacido y crecido toda una generación
de chilenos y latinoamericanos? ¿Que lecciones podemos extraer
de dicha experiencia política que podamos considerar de provecho
en nuestros tiempos? En primer lugar la democracia. La defensa
incondicional de la legalidad y las instituciones. Allende defendió
con su vida el mandato que libremente le había conferido
el pueblo y rechazó cualquier pacto o componenda con los
fascistas. Esta defensa de la democracia no parece como algo ocioso
de rememorar a veinticinco años del golpe militar cuando
ésta, es todavía amenazada por el autoritarismo en
países como Perú, o Paraguay. En segundo lugar el cambio social, la voluntad
de soñar y luchar por una sociedad mejor. Hace veinticinco
años existía en los chilenos un deseo de cambio social,
pero las condiciones internacionales y específicamente el
marco de la Guerra Fría, constreñían cualquier
iniciativa de cambio social por más reformista que fuera
y cada conflicto político era supeditado en alguna medida,
a los intereses de las grandes potencias. Hoy día, cuando persiste en millones
de latinoamericanos la aspiración a un orden social más
justo y democrático, la figura de Allende emerge de nuevo
como símbolo de honestidad, de entrega a una causa en la
que se cree con todas las fuerzas del corazón, de consecuencia
con lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Sus últimas
palabras, en medio del ataque de los golpistas, son la expresión
nítida de lo que fue el sentido de su vida: "sigan ustedes sabiendo que mucho más
temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas
por donde pase el hombre digno para construir una sociedad mejor
.. Y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano...
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